Las controvertidas carátulas de las revistas Hola y Soho han creado un mano a mano dialéctico entre el blanco y el negro o el negro y el blanco inspirando así a un gran amigo del colegio, del fútbol y de la vida a narrar en este blog el conflicto de colores que ha llevado por dentro durante el transcurso de su propia existencia.

 

Por Luis Carlos Gualdrón: El lado oscuro de la luna

 

Cuando un gay decide asumir su condición y la cuenta sin tapujos se dice  que “salió del closet”. Llevo varios días pensando en qué “chapa” se le colgaría a alguien que decide reconocerse como negro y salir a contar su historia, sin miedos sin reparos, sin medias tintas, con la crudeza propia del tema. No problem baby, sin resentimientos. Finalmente le debo la vida a mis padres blancos, la amistad a mis amigos blancos, el conocimiento a mis profesores blancos, el primer amor a una mujer blanca. -Ser o no ser-  that is the question.

 

Mi amigo Ortiz, que conoce mi historia, me sacó del problema y me dijo - vea viejo, ud lo que está haciendo es salir  de la Oscuridad-, inspírese en “The Dark Side of de Moon” célebre canción de Pink Floyd, y así retumba en mi mente y me lleva a intentar transmitir  a través  de este blog que se siente  ser  negro. Porqué créame estimado lector, ser negro es como ser gay, te miran raro, te analizan diferente y en algunos casos te hacen a un lado, el Lado Oscuro de la Luna.

Medio jodida la vaina sobre todo cuando se nace blanco. Y aclaro, que no soy una mutación genética y menos aún el Michael Jackson colombiano. Simplemente soy el resultado mismo de una historia de amor: la de mis padres.

Tutty, el niño es negro , le diría mi padre a mi madre en la sala-cuna del convento de las "Hermanas de la Presentación" que fungía como casa de adopciones en el occidente de Bogotá , por allá en los años setenta. El bébé está divino y es el que quiero o que piensas?

Sí , por mí está bien respondió José, un recio ingeniero santandereano cuyas características caucásicas ligaban su pasado a alguno de los muchos alemanes que ingresaron a Colombia por tierras orientales. Se había enamorado de mi madre en Pamplona, una bellísima mujer de piel blanca y ojos color miel.

Y aquí estoy yo, 45 años más tarde contando esta historia y dedicándole este blog a mis padres ya fallecidos. Por ellos existo y existen mis tres adoradas hijas.

La vida está llena de caminos que se cruzan entre sí. Un amor prohibido entre un hombre negro y una mujer mulata en la isla de Providencia encontraría su camino en el amor católico y caucásico de Tutty y José  en Bogotá  durante la época del apartheid en Suráfrica, de Malcom y King luchando por la reivindicación de miles de negros en Estados Unidos, Obama creciendo en Hawaii, guerra de Vietnam y los Beatles convulsionando al mundo.

Un niño negro nacería blanco, así de bella es la vida.

Let it be. 

Solo. Absolutamente solo. Caras ajenas, distantes, sombrías. Eso era todo lo que mi mente de niño asustado captaba en ese primer día de colegio. 

¡Un negro! dijo con voz burlona una niña que me topé en mi recorrido de búsqueda del salón de clases. Todo me aturdía, me sentía perdido en un mundo intimidante que me atemorizaba con miradas de soslayo y la evidente pregunta que se dibujaba en sus retinas, ¿Qué, cómo, porqué, qué hace un negro en un Colegio de blancos ricos en Bogotá? Corría el año 1970, Martin Luther King, Malcom X, John F Kennedy habían caído asesinados y con ellos la esperanza de millones de negros en EE.UU que soñaban con un cambio, con una reivindicación de su dignidad humana, la misma que la señora Rose había abanderado en un sencillo pero impresionante acto de valentía humana al no ceder la silla en un bus urbano a un blanco, como lo imponían las leyes civiles norteamericanas del momento.

 

Y con el tiempo comprendí que son esos actos, en apariencia insignificantes y sin importancia, los que construyen la verdadera esencia de toda persona: su condición humana. Pero claro no es fácil ser valiente y mucho menos para un indefenso y asustado niño negro de cinco años atrapado en el color de su piel, al que el grito burlón de la niña blanca le anunciaba que era diferente, y que esa diferencia era la mejor excusa para la agresión ajena. Por eso cuando Pedro, un niño que destilaba riqueza, al que sus padres le habían inoculado toda la soberbia y la prepotencia que puedan caber en la mente enferma de un ser humano escupió en mi planilla de rayas y círculos, sentí lo único que puede sentir cualquier ser humano: humillación.

 

Pero también sentí lo único que puede percibir un ser humano frente a la agresión ajena: la necesidad de sobrevivir. Por eso simplemente forcé una risa fingiendo acompañar un juego inofensivo. Devolver la agresión hubiera implicado el ser tildado de “negro grosero” y hasta pude haberme ganado un severo castigo académico por indisciplina, aplicado por el rígido Monsieur le Directeur, un suizo alemán que dirigía el Colegio con disciplina de hierro. Así eran las cosas, lo que para el blanco Pedro era un juego inofensivo, para el negro “yo” era una conducta inapropiada y reflejo de la condición racial, porque claro “los negros son sucios y agresivos”, frase acuñada por la jerga popular que siempre se reproduce como el cáncer en el statuo quo.  

 

Años más tarde el padre de Pedro, fue detenido por corrupto, por defraudar el sistema financiero, de tal palo tal astilla. El sistema lo protegió y terminó disfrutando del botín en una isla caribeña, pero con la reputación por el piso. Así es la vida algunos escupen por joder, otros escupen “pa arriba y les cae en la cara”.

 

Ese día llegué a la casa como si nada, saludé cálidamente a mi madre y comprendí  que estaba solo, absolutamente solo.

 

¿Qué tal estuvo el primer día de Colegio? - Me preguntó desprevenidamente, sin sospechar siquiera el infierno que yo había vivido.

 

Bien  – le  contesté.

 

No hubo problema con la ruta del bus? Preguntó desprevenidamente.- Estaba preocupada por que el conductor de pronto se perdiera.

 

No, tranquila mamá, todo estuvo bien. Además hay más compañeros del Colegio que viven por aquí.

 

La Floresta, mi barrio de infancia, un barrio típico de clase media alta, con verdes  parques y casas florecientes. Siempre los domingos la misa en el parque con mis papás y mis hermanos era un  acontecimiento infaltable. Y pensar que ahora creo que la Religión Católica es como una multinacional alienígena que alimenta el ego humano desde lo más falso de su humildad fariseíca, construyendo la misma moral que permitió el genocidio de miles de negros sin que la conciencia blanca se diera por aludida.   

 

Esa tarde, al fondo sonaba Let it be, los BEATLES  ya eran una inspiración en mi vida, a mi madre le encantaban. Uno nunca sabe porqué le gustan las cosas, siempre he creído que existe una milimétrica cohesión de hechos, condiciones y circunstancias  que entrelazan unos con otros como arquitectos del destino, de  la vida de cualquiera de nosotros, como seres programados, títeres del universo, arlequines de la vida. Será por eso que hay tanto loco asesino por ahí y tantos cobardes que rinden pleitesía alimentando la máquina infernal.

 

Esa tarde en la soledad de mi cuarto y con el cálido arrullo de los  BEATLES  pensaba en si no haberle respondido al cretino del Pedro rompiéndole la cara, habría sido un acto de cobardía o de prudente inteligencia de mi parte.  Análisis muy complicado para una  mente inocente de un niño de cinco años. Lo que yo no sabía es que esa decisión  infantil que estaba por tomar marcaría el resto de mi vida.

 

¡A comer! , anunció mi madre.  En ese momento  el sonido del carro de mi padre entrando al garaje invadió la casa, además de un muy agradable olor a colonia Yves Saint Laurent.

 

Hamburguesas con papas fritas y Coca Cola esperaban en la mesa. Entró mi padre se sirvió un Old Parr y lo apuró satisfecho por un buen día en la oficina. El Banco le había aprobado el préstamo y era un hecho ganar la licitación para una importante obra de ingeniería con el gobierno. Mi hermano bajó a comer, renegando por no poder seguir viendo la Isla de Guilligan. Mi hermana tomaba  en la cuna la compota de frasco de guayaba que tanto le gustaba. La empleada de la casa sirvió la comida mientras mi madre se ajustaba un fino vestido de última moda para salir con mi padre al cine. El ambiente familiar pronto acaparó mis sentidos, mi color de piel cambió, era como el de mis padres y mis hermanos: blanco.

continuará.... 

@luisgualdron1

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