No todo lo que brilla es oro. No todo lo que brilla es oro, ni plata , ni bronce. Nada  es como lo pintan y así funciona la vida y también el mercadeo y la publicidad. A veces lo que aparenta ser de una manera termina siendo de otra. Lo llamamos la diferencia entre la  percepción y la realidad, las cuales  nunca se logran juntar en un mismo punto. Talvez en eso radica la magia de la creatividad donde la publicidad siempre busca esos momentos sorpresivos que cruzan la vida con la observación o lo real con lo virtual.

Como  esta historia   reciente digna de un buen guión para un comercial.

Estaba yo jugando golf, deporte en el cual no brillo mucho, en un hermoso e inspirador campo al lado del mar  azul en el hoyo 4 en un par 3 al borde de un manglar que colindaba contra un lindo canal acuático .

Muy concentrado me disponia a salir con una madera 5, swing y la bola voló espectacularmente hasta que  una curva a la derecha llamada slice se apoderó de ella y terminó desviada  introduciéndose en el manglar. Decepcionado por el golpe 

caminé hasta allá con el objetivo de mirar si lograba rescatar mi bola. Busqué y busqué  en los límites del manglar y no apareció. Decidí entonces ir más adentro entre los arbustos  pero no encontré una, sino varias que yacían enterradas entre la superficie de barro. Orgulloso por el hallazgo masivo las tomé y  percaté que entre más entraba más bolas aparecían. Puntos blancos me rodeaban por todos lados enterrados en el piso húmedo. Sin saberlo me había encontrado con el templo de la bola perdida, testigo de cientos de malos golfistas como yo y de todos sus golpes errados.En ese momento ya el juego  no me importaba en lo mas mínimo y mi atención ahora se centraba únicamente en recolectar canastas llenas de bolas. Feliz con mi logro y con mi encuentro con lo desconocido  de repente observé dos bolas mas a unos metros de distancia. Las miré fijamente y me las imaginé como un nuevo trofeo por obtener, pero  sorpresivamente   se movieron un poco y  yo quedé confundido. Me concentré nuevamente en ellas hasta que me dí cuenta que no eran bolas, eran ojos , los ojos de un caimán al frente mío.No sabía  si el animal estaba durmiendo , descansando, refrescándose o haciendo la digestión, sólo sabía que estábamos cara a cara.  Petrificado  , poco a poco  empecé a dar reversa lentamente y muerto del susto  tiré el hierro que llevaba en mis manos y salí corriendo disparado hasta salir del manglar. Ya a salvo y respirando vertiginosamente entendí que me había metido donde no debía, haciendo lo que no tenía que hacer y confundiendo bolas de golf con ojos de caimán. Fue como un inolvidable encuentro cercano del tercer tipo  que me recordó contundentemente la diferencia que existe entre  la percepción y realidad .

Definitivamente el tigre no es como lo pintan y en este caso el caimán tampoco. Por lo menos ya tengo una historia de golf para contar que no se basa precisamente en mi baja calidad de juego.

jco

 

 

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