Hoy estaba en un parque leyendo y se me sentaron al lado dos personas, un hombre –pelo corto de lado, candado, gafas de sol, botas, cerveza cuya marca desconozco, camisa azul pegada al cuerpo y metida en los jeans– y una mujer –que estaba de espaldas y solo pude ver su camiseta amarilla–. Y la verdad? es que nunca hubo oportunidad para pensar en la niña, porque el hombre lo copaba todo: no se callaba, se reía duro, preguntaba “¿sí me entiendes?” todo el tiempo, hacía sonidos después de cada sorbo de cerveza.

 

Fue imposible seguir leyendo: me tuve que ir. Un blasfema que pontifica de esa manera no deja concentrar ni a un sordo. La pobre mujer no podía hablar: a duras penas se reía con nervios. Y el hombre le seguía preguntando “¿sí me entiendes?”. Y ella le seguía responiendo: “claro”, “sí”, “obvio”, “no, me imagino”.

 

Sentado con las manos atrás, y con las piernas estiradas, y cruzadas, hacia el frente, el hombre empezó hablando de la fiesta del fin de semana. Le decía a la niña que no debió haberse acostado con equis hombre. Y que él le advirtió, como si tuviera la capacidad de predecir el futuro, que era un error. Nunca se preguntó, y la mujer no tuvo tiempo de preguntarle, por la mujer con la que él se acostó. Pero él sí no hizo más que hablar mal del tipo con el que se acostó la niña: que era feo, primero que todo. Y que era de mal gusto, que era un perro, que solo la quería por una noche, que estaba borracho, que ni siquiera es chistoso, que una vez se acostó con una fea.

 

Después, el señor pasó a hablar de las cosas que todo el mundo siempre habla: de otra gente, de películas, de fiesta, de las redes sociales, de las noticias. En la mayoría de los temas que tocaba, el tipo citaba al menos un estudio que comprobaba su posición. Empezaba con un “si mal no estoy...” y seguía contando lo que le parecía, y estaba seguro, que era la verdad absoluta.

 

La gente así no puede seguir sentándose en los parques. Van a acabar con el mundo, les juro.

 

Como ese tipo en la fila que hacen Annie Hall y Alvy Singer para entrar a cine en la aclamada película de Woody Allen. ¿Se acuerdan?

 

 

Ese: el que no se calla, que cita autores, que habla de su vida como si fuera un modelo para todos, que, cuando llega de un paseo, saluda con un “no sabes” y lo que sigue es una retahíla sobre lo divertido y único que fue su paseo. Y sobre lo que uno se perdió. “No te imaginas”, “de lo que te perdiste”, “increíble.”

 

Es más, ahora que lo pienso, esa no fue la única vez que Woody Allen habló de este personaje que está en la vida de cada uno de nosotros. En la última, en Medianoche en París, estaba: el tipo ese de barba, novio de la amiga de la novia del protagonista, que contradice a la guía del museo, que baila divino, que su trabajo es dar conferencias, que usa palabras como humeante?' o 'tánico' para decribir un vino, que se viste divino, que le habla a extraños sin pena, que critica al protagonista por estar enfrascado en el pasado. En fin. Ese tipo:

 

 

A este personaje se le puede culpar de muchas cosas. Desde Bush hasta Ahmadinejad, ese protohombre que cree que puede conquistar el mundo es lo que nos llevó, entre otras, a esta crisis financiera que cada vez tiene más cara de Gran Depresión. Necesitamos más ignorantes, sí. Sin embargo, no se necesitan argumentos para detestar a estos señores: los eruditos son, simple y llano, exasperantes. Y lo que más me preocupa es que la gente –las universidades y las entrevistas de trabajo y las mamás– cada vez prefieren un hombre así a un hombre sumiso e inseguro. Que la mayoría de mujeres prefieran un tipo así –“seguro de sí mismo”, dicen– me hace pensar peor del futuro de este mundo. Así que lo único que voy a hacer al respecto es nada: me voy a leer a mi casa.

 

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