La única manera de terminar de ver una película con una mujer, estando en casa, es que haya más gente en la habitación. Ninguna cinta independiente o súper producción de Hollywood supera la programación erógena que se transmite en rotativo en el telebichor que ellas llevan atrás.


Se requiere la presencia de un hermano menor, un primo o algo por el estilo. Solo así podrá meterse de lleno en la trama, y evitar meterse de lleno en la entrepierna de ella. Porque si están solos bajo las sábanas, es inevitable que la v.agina absorba la atención que debía centrarse en la pantalla.


Solo hay que bajar el telón de sus pantys, e iniciar la proyección de pene.


Metérsela es demasiado inmediato, cercano y tentador, en medio del plan de ver películas abrazados. No importa que vista escote, jeans o falda, aunque facilita mucho el recorrido de los dedos. Si es jean, la entrada más probable es por detrás, dado que no hay que bajar correderas: se aprovecha el abrazo para acariciar el conato de nalga, o alcancía, que se alcanza a asomar al final de la espalda gracias a la pose acurrucada. Ese gran invento llamado descaderado permite juguetear con su tanga. Y si es falda, o escote, todo está consumado.


La tarde de películas se suele dejar para el domingo. Días en los que el presupuesto ha sido socavado por sesiones de bebida y comida, que ahora solo permiten ir a la esquina a pagar un DVD de 2 mil pesos de producciones Jack Sparrow. Hay que cruzar los dedos para que los subtítulos sean legibles, la calidad de imagen y sonido medianamente comprensibles, y que esté libre de esas sombras fantasmagóricas que de repente se levantan de la nada a no dejar ver.

 

Eso puede no importar al final. La lógica indicaría que, debido a las sesiones de clavadas que protagonizó en los días clave del fin de semana, también está reducida la capacidad penetradora masculina. Pero no: las huevas siempre tienen una reserva de libido. Los espermatozoides nunca duermen.

 

El deseo va despertando a medida que avanza la trama, ante la cercanía de las pieles.


La entrepiernada favorece los roces malintencionados. Los pezones se alzan en la penumbra, e invocan los dedos, provocándolos con una redondez mucho más confortable que la que ofrecen los botones de Play y Stop en el control. O tú te recuestas en la comodidad de sus senos, o ella se encaja en ti a medio lado, aproximando su calor al tuyo.

 

La luz intermitente, las imágenes, colores y sombras vibrando al fondo; voces, canciones, ruidos repentinos… A nadie se le ocurre poner pausa. Las películas son un condimento de vértigo para el sexo. Hacerlo con el televisor o el pc encendido, es casi como hacerlo al fondo del baño de esa discoteca donde todavía no nos hemos atrevido.


Lamida de oreja, besos por el cuello, mano que sigue bajando hasta hundirse en la tibieza. Poing. El pantalón como una carpa, correderas abajo, y tenga, ya Samuel L. Jackson está volando por la ventana y no nos enteramos cómo sucedió. Mientras ella te chupaba tu lightsaber morado y te la templaba para que irrumpieras en su lado oscuro, el puto de Anakin se pasaba al lado oscuro de la Fuerza y te perdías el momento decisivo de la saga Star Wars.


Y así con todas. De pronto ya sabes que va a pasar al final, y no cómo sucedió o por qué. Te anticipaste impunemente, y no tienes claro en cuál escena perdiste el rumbo. Es el precio de creer que viendo películas se fornica rico; no desaprovechar la oportunidad de clavarla tiene un costo.

 

Metérsela es la misma película siempre: una historia de cavernas y luchas espasmódicas. No obstante, vale la pena repetirla cada vez. Como esas cintas en las que siempre se descubren cosas nuevas, como la placa del Transformer amarillo u otro lunar en el pubis.


Esa conciencia del desenlace que tendrá la historia, por culpa de un salto de 20 minutos en el tiempo, no genera un suspenso al estilo de Kubrick. Lo que produce es una frustración al estilo del amigo que te dijo: Bruce Willis está muerto, es un fantasma que el niño ve. Toca entonces retroceder y avanzar y retroceder, viendo escenas que revelan elementos que hubiéramos preferido conocer a su debido momento.


No importa que sea acción, ciencia ficción, comedia, etc. Por supuesto, se trata de películas que no fuimos a ver en cine. Lo he probado con todo tipo de filmes, y con todas me cuesta trabajo acabarlas: desde la Dama de Hierro, pasando por J. Edgar y Capitán América, vadeando El Resplandor, cayendo en la Supremacía Bourne, o en coleteras como The Pillow Book o Los Cuentos de Canterbury de Passolini. Hasta Ponyo, de Miyazaki, puede desembocar en un polvo.

 


¿Cierto que parecen espermatozoides?


Claro que hay algunas producciones que son particularmente anodinas. Sería ofensivo ponerse a ver en vez de culear, como las de Harry Potter. Son especiales para la peliculiada. Por eso se debe escoger bien la cinta a ver con la pareja, dado que se puede prestar para situaciones sórdidas. Como estar metiéndosela a ella en cuatro, y no poder evitar mirar la pantalla y toparse con Hannibal comiendo cerebros, o la bebita Down de Trainspotting gateando por el techo.

 

Cuando elija la película para su plan líchigo-casero tenga en cuenta que, en la mayoría de los casos, lo que hará es Peli-culear.


Por más que traiga las huevas vacías. No cuente con que la carga lasciva esté desvanecida. La máquina de producir orgasmos se recarga rápido, a base de contacto.


Antes de encender el televisor, considere que muy probablemente la terminará encendiendo a verga a ella a plena mitad de la historia.

 

Las películas podrán pasar meses en estantes o cajones, en un estado de perpetua indefinición. Un coitus interruptus cinematográfico: la trama cortada, empezada pero nunca resuelta. Es como sacarla en plena clavada porque no traes condón, y en el fondo de la mente llevas inscritas advertencias de tía: “no se vaya a dejar embarazar”.


El hilo conductor de la cinta será difícil de recuperar tras la abrupta interrupción. Y suena aburridor verla otra vez desde el inicio. A veces es ventajoso, en vista del huesazo que ella eligió. Pero si de verdad lo que quiere es ver el DVD, tal vez ayudaría tener sexo antes, despejar las cabezas. Hundirle el botón primero a ella, y luego presionar Play.

 

El problema será entonces la sensación de bienestar y relajación, fundida con agotamiento, somnolencia y ganas de arrunche, posteriores al polvo. Los párpados pesan y van en caída libre.


El plan de cine en pareja en casa solo puede terminar así: culeando o con uno de los dos roncando. Igual, viendo películas se duerme sabroso.

 

PROHÍBESE EL EXPENDIO DE BEBIDAS EMBRIAGANTES A MENORES DE EDAD, EL EXCESO DE ALCOHOL ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD.

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