Nací rojiblanco.

Amo al Arsenal, al Bayern, a todo lo que combine el rojo con el blanco, y especialmente al Santafé.

Desde niño  fui al estadio, desde niño visité el Nemesio Camacho el Campín. Recuerdos de mi infancia, de mi familia, de mis amigos están ligados al estadio de la 57.

Como olvidar poner la ruana sobre el cemento  frío de las tribunas para sentarse, como olvidar en los intermedios de los partidos haber visto al león Monaguillo rugir en su jaula, como olvidar al hombre que hacía cabecitas en el medio del campo sin parar durante 15 minutos. Como olvidar preguntarle de todo a mi padre sobre el  fútbol y la vida mientras pasaban al frente mío desfilando los chicharrones con pelo.

Los colores rojo y blanco son parte de mi vida, pero también  lo es el azul como eterno rival de casa. Rojo y blanco no serían lo mismo sin Azul y blanco. Juntos hacen la fiesta, desarrollan el sentimiento, construyen la competencia épica y eterna.

Por eso su rivalidad se convierte en el elixir de su coexistencia, de su magia.Uno no puede vivir sin el otro.

Hace un tiempo estaba con un amigo en un clásico, aquel donde se debe ganar o perder pero nunca terminar con esa sensación neutra y lánguida del empate. Y este tristemente así terminó, en empate, aburridos ibamos hacia el parqueadero cuando vi que venía un abuelo con su nieto, vestidos de azul, caminando tomados de la mano. Pasaron por medio de un grupo de adolescentes vestidos de rojo que se movían en grupo y se comportaban como una manada. De repente observé como uno de ellos tomó unas piedras y empezó a tirárselas al viejo y al niño , simplemente por el hecho de portar camisas de color azul.

Un acto salvaje e irrespetuoso, digno de una bestia animal, que se sentía envalentonada y protegida por su grupo, pero que tenía la camiseta de mi mismo color.

Inmediatamente de manera autómata reaccioné y  me fui hacia él , rojo contra rojo, lo tomé de su camiseta y le dije en su cara : yo también soy un hincha rojo pero no un hijo de ...

Rápidamente recapacité y me di cuenta de lo que había hecho y con mucho sigilo le dije a mi amigo al oído: creo que nos van a matar, vámonos hacia el carro.

Y así empezamos a caminar esperando el ataque, pero este por suerte nunca llegó. Ellos se habían quedado quietos, tal vez sorprendidos o plasmados por nuestra reacción también roja.

Finalmente llegamos al carro y nos fuimos, sanos y salvos.

Y así la vida ha transcurrido y  hoy sigo siendo igual de rojiblanco, ahora tengo hijos pequeños  que quiero llevar al estadio, pero sobretodo ya tengo muy clara la diferencia entre un verdadero hincha, del color que sea, y un hijo de... .

Jco

 

 

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