Todo iba bien hasta que nací colombiano. Ser colombiano, lo sabemos, es malo en muchos sentidos. Pero sobre todo cuando se habla de fútbol.

Colombia es un país futbolero –a saber, un país cuyo deporte nacional es el fútbol– pero no sirve para jugar fútbol. Perdemos una y otra vez, y seguimos insistiendo en que vamos a salir adelante. Compramos la camiseta, vamos al estadio, pero una y otra vez nuestras habilidades futbolísticas nos decepcionan. Gana Falcao con el Porto, y creemos que eso tiene que ver con Colombia. Pero nos engañamos con eufemismo. Porque nos ilusionamos y al final perdemos.Y así será en la Copa América.

Digo que todo iba mal hasta que nací colombiano porque yo soy uno de ellos: de los que fervientemente se ve un partido de la Selección hasta el final, porque, dizque, la esperanza es lo último que se pierde'. Así no lo grite –por falta de personalidad– yo siento el ‘sí se puede’. En cuanto al fútbol, amo a mi país. Y ese es uno de los tantos eventos desafortunados con los que me encontré después de nacer.

Otro, evidentemente, fue nacer amante del fútbol en sí. Fue el colegio. Fue mi papá. Fueron mis amigos. Fue mi país. Entre todos ellos se encargaron de que lo primero que haga todas las mañanas desde que sé leer sea revisar las noticias deportivas. Y por eso los desprecio. Porque el fútbol es un amor innecesario. Una religión sin paraíso. Una victoria de un día. Sí, claro: es la mejor de las pasiones, la única válida de las religiones. Pero igual no vale la pena sufrir tanto.

Tengo un amigo que le da exactamente mismo si Colombia gana o pierde. El tipo no se deprime. Cuando Colombia juega, su domingo es como cualquier otro. Me ve pegado al televisor, como un zombi, y no me entiende. No entiende por qué un juego me saca tantas canas. Yo sí lo entiendo a él, porque el fútbol un juego por el que no vale la pena morirse. Pero no asimilo cómo lo hace. Quiero ser como él: que una pantalla con un partido de fútbol me dé lo mismo que una pantalla con un programa de televentas. La gente que se desentiende del fútbol se ahorra mucho sufrimiento y viven una vida mejor: lo aseguro.

Pero ser amante del fútbol y ser colombiano no bastó. Tenía que ser hincha de Millonarios. Yo lo quiero, lo adoro. Celebro desde mi computador cada vez que Millos gana. Pero lo odio. Porque, sobre todo, tiene connotaciones con las que no me identifico. Me ilusiono con la limpieza de José Roberto Arango y la clasificación a las semifinales. Pero sé que más temprano que tarde va a haber una nueva decepción. Nunca me ha tocado un título de Millos. Dicen que se ganó 13, pero como que todo fue comprado. Millos, como la Selección, es un equipo que si logra clasificarse a algo es con las uñas, amarillentas y mal cortadas. O con corrupción. El día que Millos gane algo lo voy a celebrar con las entrañas, pero seguiré pensando que habría preferido no ser amante del fútbol, y ya. No me veo siendo hincha de cualquier otro equipo en Colombia. Pero me habría encantado no ser hincha de Millonarios.

 

 

Pero esto no es nada. Con esto habría podido vivir. Faltaba más, resulto hincha del Real Madrid. Ahí sí que todo, íntegro todo, salió mal. Como me eduqué con la televisión por cable y el internet, resulté siendo hincha del Real Madrid. Qué mala suerte. Y no lo digo por sus recientes fracasos: gane o pierde, desprecio y adoro al Madrid. Pero qué desgracia. Porque el Real Madrid va en contra de todas las cosas que yo quiero ser como persona: es elitista, racista, pretencioso, exclusivista, gastador. Me da pena celebrar los goles de Cristiano Ronaldo. Niño bobo, ese. Inmaduro. Se la pasa echándose flores y ufanando de sus fanáticas en Twitter: el otro día trinó que él es jugador que más bicicletas hace en La Liga. ¿Y eso qué, señor? Esas bicicletas no sirven de nada: da la misma no hacerlas. Son pura parafernalia.

 

 

Pero es que, precisamente, el Madrid es un equipo de mera parafernalia, que vive hablando de su historia, como si en el fútbol la historia significara algo. Sus hinchas, por ejemplo, son el tipo de persona que me cae mal: franquistas, utilitarios, derechistas. De esos que, en el fondo, creen que la solución de la pobreza es matando a los pobres. De esos que prefieren un libro de historia a una novela. De los que creen tener la razón en todo. Que van a misa solo para salvarse en salud. De los que se emborrachan y o le pegan a uno o le hablan a dos centímetros de la boca. Gordos, corruptos, solapados. Piense en Berlusconi, Bush, Pinochet, Valencia Cossio. Así es el hincha del Madrid: que no sabe bailar, que le pone los cachos a su esposa, que le pone a su hijo su mismo nombre.

 

Así es el Madrid. Un equipo que, con el argumento viejo de la tradición y los legados, representa todo lo que yo no quiero ser: porque se inventa que los jugadores del Barcelona se dopan, porque hace trampas que solo violan códigos éticos, porque tiene un técnico arribista y arrogante. Un equipo en cuyas elecciones siempre hay escándalos de corrupción. Absurdo como suena, me encantaría no ser hincha de este equipo. Pero ya no puedo hacer nada: nací como soy, y con estas trabas voy a tener que vivir hasta la tumba.

Y es mi culpa: ya lo sé. Quién me manda. Estas instituciones están en todo su derecho de actuar como quieran. El problema soy yo, que resulté ferviente enamorado de sus colores. Y eso no va a cambiar. Sé de un hombre que, a los 50 años, decidió no volver a ver y hablar de fútbol. Y se retiró. Yo no tengo esa inteligencia. Y por eso voy a seguir siempre gritando los goles de Cristiano Ronaldo, así él sea la única persona del mundo que torturaría con placer. Porque mi odio se desvanece cuando me dan el placer de la victoria. Porque prefiero ver a la Selección Colombia, así pierda, que el sexo. Porque soy tan bobo, tan desafortunado y tan colombiano, que resulté siendo un apasionado seguidor del fútbol. Qué mala suerte.

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