¿Domingo de desenguayabe? Sigue creyendo. En el vientre cargas una maldición que no te dejará descansar.

Una de las batallas más férreas que el hombre se ve obligado a librar en algún momento de la vida es contra su propia m.ierda, contra sí mismo. Y no se trata de combatir sus demonios internos, a menos que estos sean los que toman forma de excremento.


Tras una noche de rumba empapada en alcohol, al amanecer (tipo mediodía) lo único claro en la todavía-confusa mente es el deseo de pasar el día entero en modo hibernación. Pero a veces no puedes, porque tu organismo te ha tendido una trampa. Busca cobrar venganza.


El cuerpo comienza su vendetta con un dolor en el estómago. Con una estrangulación estomacal te hace pagar por lo bien que lo pasaste envenenándolo, agotándolo. Además del malestar general y el dolor de cabeza, sientes que por intestinos tienes una horda de serpientes removiéndose.


Toda la noche se estuvo gestando un monstruo, alimentado por la mezcolanza de comida chatarra, químicos, cervezas y licores de distintas calañas. En tus entrañas se incubó tu perdición, y no te dejará recuperarte de la jornada de bebida en la paz que ofrecen un par de senos.


Hablo de deposiciones, de heces fecales. Hablo de mojones malévolos.

Mojón, eso que los diccionarios definen como “porción compacta de excremento humano que (no siempre) se expele de una vez”. Y estos mojones nutridos de borrachera alcanzan proporciones mastodónticas. O como un primo cachaco los bautizó: son “bollos dinosaurio”. Aunque bollo, según los mismos diccionarios, sea “una pieza esponjosa cocida al horno, hecha de harina y masa”, no de m.ierda.


Las añejas plastas de enguayabado ostentan la peor hediondez imaginable. Le ganan a las alcantarillas y camiones de basura. Tan nauseabundo que crees que algo se te pudrió por dentro. Es el aliento del diablo. Los mojones post-borrachera podrían servir de arma biológica. Tragos como Ron Medellín deberían traer en sus etiquetas esta marca: riesgo de cagada radiactiva:


Y por supuesto, un inodoro sano se indigesta con tremenda porción de carga orgánica maligna. No hay problema que esto pase en la casa, en el trabajo, en la universidad, o donde una tía. Es hasta divertido. Lo tétrico es que suceda donde tu novia.


Por líchigo, por tacaño y por penoso, uno no se va directamente a la solución. Va intentando paulatinamente con las opciones más económicas, hasta que el asunto se vuelve comunitario.


No me gusta enamorarme. Siempre creo que las “mariposas en el estómago” son una cagada embolatada, y paso horas en el inodoro. Allí en plena sesión de reflexión, me asalta el temor de que en cualquier momento un aluvión de m.ierda obstruye-cañerías me sorprenda al lado de la mujer amada, y la m.ierda termine mandando todo a la m.ierda.

 

Entonces pasa. La faena es ineludible. Le puedes decir adiós al sueño de que la resaca se diluya viviendo un día de Bed Peace; haciendo la revolución desde la cama, cual Jhon y Yoko.


Porque ellos no estaban enguayabados. Estaban era trabados.

 

 

 

Todo le sucedió así a un, ejem, colaborador de Vergonymous:

 

Te liberas del abrazo, e interrumpes la sesión de retozos bajo las sábanas con un nervioso y risueño: “voy un momento al baño” o "me voy de número 2". Has llegado a ese punto, no puedes evitar defecar en su casa. Te alistas para impregnar su atmósfera común con tus más recónditas esencias.


La pena se sortea con chistes pendejos: préstame un Condorito para leer ahí, cuál será la aplicación de iPhone más idónea para amenizar la cagada, etc.


Lanzas los torpedos. Es un respiro, sin duda atenúa un poco los efectos del guayabo. Te has quitado un gran peso de encima, como dos kilos de porquería, según compruebas cuando volteas y miras. Es abominable. Una especie de tótem, con arabescos y tribales en la superficie. Suponiendo que los mojones son taxis, este es un Transmilenio doble articulado.

 

Pero crees firmemente en el poder del agua, así que todo lo que haces es halar confiado en que el remolino lo arrastrará. Sigue creyendo.


El engendro pestilente tapona el inodoro, provoca que esos chorros que se debían perder por el agujero suban y suban hasta derramarse. El hijo de tus tripas grita que está vivo, y que se ha propuesto joderte la existencia.


Al principio sus hermanos menores conservan la consistencia; el agua aún es transparente y se pueden apreciar los submarinos amarillos que navegan compactos en el sanitario.


El flujo de ideas también se bloquea ante la emergencia. Aún es posible ocultarla, tan solo hay que correr a buscar un trapero, y esperar que el agua baje un poco mientras secas. Es el primero de una sucesión de errores que se irán agravando.


Metes el extremo de palo del trapero, a ver si desatrancas algo. Como el agua ha bajado un poco, halas de nuevo. El desastre empeora. Ahora hay más por secar, y los submarinos han empezado a desmoronarse. Hay que escurrir el agua en la ducha, y ha comenzado a teñirse y muestra una que otra esquirla, para desgracia de los que piensen entrar a bañarse.


Tocó introducir los dedos y tratar de remover el gremlin que acaba de nacer de tu culo. Igual las manos ya están sucias de tanto escurrir agua de 'cagá'. Y se supone que para eso está el guante de plástico.


Así que zambulles el brazo, y entras en contacto con tu propio ser como nunca habías imaginado. A esto se refieren con lo de “conócete a ti mismo”, a meter las manos en tu propia m.ierda.


Mueves y mueves y nada, solo agitas y difuminas humaredas marrones. Avivas la fetidez, y esta te dispara el dolor de cabeza y las ganas de vomitar. El agua del retrete se filtra por arriba del guante, lo inunda. Te lavas y te lavas, y vuelves a remover y remover.


Se pierde noción del tiempo, llevas una, dos o tres horas allí. Todo está salpicado. Hay gotas malolientes por doquier. Intentas lanzar un tanque de agua con fuerza, y lo único que consigues es la necesidad de una nueva trapeada. Cada vez son más sucias.


El mojón ganó la primera batalla. Te rindes. Entiendes que debes tragarte el orgullo y solicitar apoyo si quieres salir vencedor de esta guerra. Hay que anunciar el daño.


Ella solo se ríe, te mira y se ríe, a carcajadas se ríe. Tu novia encuentra muy gracioso estar cuadrada con un verdadero cagón. “Qué cagada, discúlpame”, es lo único que uno atina a decir. A lo que responderán algo como: no seas bobo. Dirán que no hay que tener pena, que la única ‘cagada’ es que pases el día luchando contra tus propios mojones. La montada está garantizada por los siglos de los meses que dure la relación.


Es tonto creer que una cagada, por asquerosa que sea, amenace un noviazgo. Después de tapar el baño es probable que se fortalezcan los lazos afectivo-sexuales. Las mujeres disfrutan develar nuestra faceta escatológica. Como si les despertara un instinto maternal, y evocamos bebés a los que les limpian las nalgas. Lo cual también es inadmisible.


“Echémosle Coca-cola”, dice ella. Vuelve de la tienda con Frutiño, que porque la señora le explicó que destapa mejor los caños, preparado en agua caliente, que ella lo hace a toda hora. ¿? Claro, el gremlin mierdístico se debe haber endurecido con el agua fría. ¿?


El amarillo del Naranja-Piña se funde con el cobre-rostizado de tus excrementos. Los olores también se funden, y crean una nueva fragancia agria-dulzonga-apestosa que te sacude la borrachera que permanecía latente. Humea, humea. ¿Lo bajamos? Dale. Todo se riega otra vez. Ahora sí que es un verdadero mierdero.


Buscan en Internet y encuentras en las respuestas de Yahoo que claro, que no había que bajarlo. Tras la respectiva y repugnante secada, le viertes otro jarrado de Frutiño caliente y profundizas el revoltillo. El sanitario es la olla donde se cocina una tenebrosa sopa de m.ierda. “Que colorcito”, dice ella, quien ha logrado mirar a pesar de tus esfuerzos por mantener la puerta cerrada. Te sientes con el alma desnuda después de que ha visto tu producto interno bruto.

Pasan los minutos y nada.


La sabiduría de un blog de Taringa te hace caer en la cuenta de que claro, había que echarle soda cáustica, que seguro diluye toda materia orgánica. “Cómo no se nos ocurrió, ya hubiéramos salido de esto. Tú si eres bobo. Viste, porque no me dijiste desde el principio”… Ok. Ella lo trae sonriente, tú lo rocías tratando de sonreír. Media hora después, la sopa sigue en su mismo punto.


Ella insiste que hay que comer algo, mientras el ácido corroe el bollo dinosaurio. Ya son más de las 4 de la tarde. Hay que comer, a pesar del revoltijo del guayabo, el olor pútrido, la sensación de fetidez en manos, cara, toda la piel. Ella prepara comida, te da besos, como si nada. Incluso, comprobarás más tarde que no tiene problema para tener sexo después de todo. Que sucias son and I like it.


Luego de comer, la decepción te embarga. Descubres que tus mojones postborrachera son resistentes, inoxidables, como si los hubiera cagado Ironman. Tomé ron, no tornillos.

Alguien necesita usar el excusado, la hermana, la compañera de apartamento, el primo. Y se paran afuera a esperar. Y notan tu fetidez esparcida en el ambiente. Todos se enteran de la catástrofe casera provocada por tu malebolgia intestinal. No tienes excusa, tú evacuaste y ahora debes evacuarlo para que otros evacúen.


Será comprar una chupa, un palo con un succionador de plástico. Los vecinos lo tenían dañado, o prefirieron no prestarlo para no mezclar m.ierdas. Es la última esperanza, sino, hay que buscar un experto, lo que suena imposible y carísimo un domingo a estas horas.

Mientras la trae, le das palo y palo al hoyo del tanque, oculto al fondo del brebaje espeso y marrón. Le das golpes por un lado a las tuberías.

 

A ella ya no le parece gracioso. Te pasa la chupa con un seco “arregla eso”. Ya lleva un rato preguntando por el barrio qué puede servir para exorcizar un inodoro poseído por mojones, y todos creen que ella es la cagona.


Metes el chupón, y de un solo impulso presionas sobre la boca del retrete. De pronto se alza una gran burbuja, parece que la peor sopa de m.ierda de la historia va a volver a derramarse; va a explotar en chispazos como un volcán de inmunicia. Pero es solo un tosido del baño, que carraspea, convulsiona un instante y de súbito se lo traga todo.

 

¡Aleluya! Lo lograste. Desatrancaste lo que se le atoraba en la garganta. El maldito estaba como agarrado con pequeñas manitas mierdosas a las paredes de la tubería, pero le llegó su hora de irse a la verdadera m.ierda.


Es la salvación. El chupón es el cetro con el que declaras tu reinado sobre la cagada. Eres un tipo que resuelve cosas en la casa. Esto es como graduarse tras ir perdiendo todas las materias; es ganar la Champions League con un gol de Fernando Torres; es sacar plata del cajero y encontrar que tienes más de lo que creías; es enterarte de que suspendieron la clase del sábado aunque sea por una bomba; es recibir una llamada de ese arrocito en bajo que ahora quiere que te lo comas; es que te den más plazo para un trabajo que debías entregar hace meses; es enterarte de que tu jefe se fue incapacitado 15 días por una alergia a los crustáceos; es ver todo despejado, de la nada escuchar esta canción en el fondo:


 

Pero ya son más de las 5 de la tarde. Acabas exhausto por estar limpiando y limpiando. No te has bañado, y terminaste justo cuando te llegaron unas nuevas ganas de cagar.

 

Y no lo vas a hacer. Te tomará días llenarte de valor y recuperar la confianza para excretar. Has conocido el poder de tus descargas. Es normal quedar traumatizado, sentir miedo de volver a usar baño alguno.

Destapar un inodoro es algo que todo hombre debe aprender, por su bien y el de su pareja. Una cagada radiactiva puede estar a la vuelta de cualquier borrachera.


La alternativa preventiva es cagar en diferido, por entregas. Es decir, ir bajando el agua a medida que van cayendo porciones, a plazos, para que el inodoro no se atragante. El olor si es imposible de disimular. Hay que distraer la atención con chistecitos pendejos. Cosas como: amor, es que yo así como cago, culeo... así que vamos pa esa y ponte rodilleras.

 


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