En tiempos de crisis económica los que más trabajo tienen son los dueños de las funerarias. En lo que va corrido del año ha habido 201 muertos en Cúcuta y su área metropolitana. ¡Y los que faltan!


A 15 minutos del centro de Cúcuta está el municipio de Villa del Rosario; es grande, caluroso, ruidoso e híbrido. En una calle se pueden apreciar casas viejas a punto de colapsar y, en esa misma cuadra, mansiones de diez dígitos.  Villa del Rosario es Cúcuta y Cúcuta es Villa del Rosario, solo que con distintos alcaldes. Las dos zonas son ‘pesadas’, ostentosas, llenas de vendedores ambulantes, rufianes, locos, indigentes, adictos y funcionarios públicos.


En la frontera, enterrar amigos es el plan de los fines de semana. La zona se volvió una carnicería, como en otros años.


Desde niña escuchaba rumores sobre las oleadas de muertos, pero todo era distante. Ahora estoy viviendo una de esas oleadas. Antes morían unos cuantos y luego todo volvía a la normalidad. En dos o tres años ya nadie recordaba nombres ni culpables. Los que mueren hoy tal vez se olviden mucho más rápido porque entre tantos, ya los muertos pierden importancia.


Las esperanzas se acabaron para las familias. Las madres ya no ruegan a los hijos para que trabajen sino para que se queden en casa y así no los maten tan rápido. Ya saben que los hijos son prestados por raticos. Como dice un gran amigo, en Villa del Rosario “se perdió el orden lógico de la vida”. Ese orden en que los hijos son quienes deben sepultar a los papás cuando ya ambos están viejos.


Ahora los entierros son eventos sociales de poca monta. Apenas matan a alguien, automáticamente la foto empieza a rodar por las redes sociales. Todos escriben frases en las que juran recordarlo eternamente; aunque la verdad sea que por estos lados a nadie se le extraña más de un año. Nadie dura en la memoria de los que viven en la frontera, porque mientras se hace el duelo por un amigo, inmediatamente muere otro en una esquina y hay que cambiar de dolor.


Luego, esperan en la funeraria con flores y botellas de licor de contrabando. La noche pasa y todos, como en cada funeral, hablan de lo bueno que era el muerto. Al otro día, hay que organizar el entierro.

Con su mejor ropa esperan la hora del desfile. A la misa solo entran unos cuantos familiares porque los demás están afuera con el ruido de un carro a alto volumen que desde la noche anterior pone canciones tristes que hacen llorar hasta a quien no conocía el muerto. El desfile lo encabeza la madre desconsolada. Algo que tienen en común los que mueren por estos lados es que nunca tuvieron papá. Detrás está la esposa que nunca supera los veinte años. Jóvenes, hermosas, ignorantes, maquilladas, con tacones y un bebé en los brazos. En todos los entierros las nuevas viudas van pensando en cuándo les permitirá la sociedad volver a ponerse vestidos rojos. Los amigos que hacen ruidos con los pitos de las motos y los carros (como cuando un candidato gana elecciones), casi nunca están sobrios. Los vidrios de los autos tienen mensajes escritos con pintura blanca y están todos muy bien ordenados detrás del carro que lleva las canciones tristes. Las filas de vehículos son interminables; todos los muertos son conocidos.

 

El desfile fúnebre acaba en los hoyos. Las mujeres caminan con cuidado para no enterrar sus tacones baratos en las tumbas regadas por el piso; aunque no solo hay tacones de bajo precio, porque como ya dije, esto es híbrido. Los muertos normalmente nacieron en familias humildes y terminaron manejando una camioneta último modelo. Por eso también hay tacones caros y mujeres con cirugías; hay carros Chevette y BMW.


Los entierros acaban con una calle de honor hecha de motocicletas; todos saben cómo formarse, pues ensayan cada semana. Hacen acrobacias y tocan el ataúd como si fuera un amuleto, tiran un par de flores y si se da la oportunidad, el más malo de todos descarga un proveedor de tiros al aire.


En la frontera todos son grandes lectores. A diario compran la prensa solo para leer la página judicial.


Quizás para contrarrestar estos problemas, fue que el alcalde de Villa del Rosario quiso revivir una especie de seguridad privada como las Convivir. A los vigilantes no los iba dotar con armas de fuego sino con gas pimienta. Solo le faltó decir que también les iba a proveer caucheras y bolsas con piedritas. Él pretende acabar un incendio forestal con medio vaso de agua. Como si los eventos funerarios se redujeran con vigilantes.


Las familias perdieron las esperanzas; tal vez por eso la gente olvida rápido y aprovecha para agradecer por las horas extras que les brindan a sus familiares. La gente sabe que los muertos vienen por oleadas; y aunque a veces parecieran desaparecer, no se equivoquen, porque como las olas del mar, son infinitas en sus repeticiones.  

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