Cuando lo vi, sentí una mezcla de pena y culpabilidad. Estaba sentada en una banca frente a la Librería Nacional en el Centro Comercial Andino. Buscaba de afán, entre el caos de mi cartera, el papelito del parqueadero, sin suerte alguna y con el reloj en contra pues faltaban 30 minutos para las 4, hora en la que empieza La hora del regreso. “¡Hola! Le dije con sorpresa, ¿Qué has hecho?” pregunté sin ánimo de extender mucho la conversación. Él, con mirada rabiosa, quijada apretada y la subiendo la voz me dijo: “Pues ver revistas”. Hubo silencio. Lo miré confundida, caminó de un lado para otro, dos pasos a la izquierda, dos a la derecha, se cogió el pelo y como una ráfaga gritó: “¡Es el colmo Isabel! ¡Todo se le va a devolver!… Después de lo de su ex usted quedó loca, loca, ¡¡¡LOCAAAAAAAAAAAAA!!!”.

 

Es cierto que loca es un buen adjetivo para describir mi estado post- rompimiento del compromiso matrimonial, pero, ¿por qué me lo decía sin compasión alguna frente la mirada atónita de los transeúntes, algunos divertidos, otros preocupados por tan bochornosa situación? Entonces la vi, asomada en su mochila estaba la revista Soho. En la portada, Martina García con un gato bebe cubriéndole lo que muchos quisieran ver y tener… la misma edición donde ocupando tres tímidas páginas, aparezco yo como modelo no modelo.

 http://www.soho.com.co/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=9560.

 

  Sus palabras se hicieron vacías. Ya había pasado más de un mes desde que habíamos terminado nuestro noviazgo de tres, así que su reclamo territorialista me pareció absurdo. Lo frené y le dije que no tenía porque tolerar su grosería. ¿Qué tal? ¡A gritarle a su abuela!, pensé. Me levanté molesta y como por arte de magia apareció en el lugar más visible el papelito del parqueadero. Me monté al carro, prendí el radio, y entonces me llegó un sentimiento. Por más equivocado que estuviera en su discurso y en su manera de darlo, la responsabilidad era mía. Sin querer, lo había herido. Me hablaba desde su dolor, y ese es un lugar en el alma que no sabe hablar bonito.

 

El susodicho, como le diré para proteger su identidad, llegó a mi vida en un momento en el que estaba necesitando alguien que me quisiera y me protegiera, pero también, en un momento en el que estaba triste y con el corazón tan roto, que no me daba para enamorarme de nadie. En la cultura popular siempre se ha dicho que “un clavo saca otro clavo”. Un buen amigo me dijo que son personas de transición, yo prefiero el termino flotador, porque ayudan, sostienen, te protegen un tiempo de ese mar de hielo en el que te encuentras… Pero al final, si uno no hace el proceso, si no se cura, sino perdona y se perdona, termina ahogado y con hipotermia, llevándose a veces, el entusiasta flotador, que por lo general ni se ha percatado de su condición de salvavidas.

  

 (No creo que exista en el cine una escena más metafórica. Jack, el enamorado de Rose, protege a su amada cediéndole un pedazo del desbaratado Titanic, para que ella pueda flotar y sobrevivir, mientras que él, aferrado al mismo, muere de frio en el mar congelado al sur de las costas de Terranova).

 

Recuerdo haberle dicho la primera vez que salimos, que aún no estaba preparada para una relación y que seguía afectada por lo sucedido. Sólo habían pasado dos meses después de que me rompieron el corazón. Él dijo que no le importaba, que estaba dispuesto a luchar, a ayudarme a salir adelante… y yo por instinto de supervivencia, y llena de ilusión, acepté la proposición. ¡Qué descaro el mío! Vino el pajazo mental: La típica historia de una fulana que dura diez años con un novio con quien termina la relación porque él nunca se decide a casarse. A los treinta días, la triste fémina conoce a su príncipe azul con quien se casa antes de los seis meses. El cuento termina con la frase: ¡y llevan veinte años felices de casados! … pensé que de pronto eso, me podía pasar a mi. Entonces teñí de azul al recién conocido, y me monté en una relación que estaba destinada al fracaso. Hay que saber que, estas historias perfectas  de cuentos de hadas, son la excepción, no la regla.

 

Lo complicado de los amores flotador, es que empiezan a exigir, a esperar, a presionar como pasa en cualquier relación, y es ahí cuando el despechado, bastante atareado con su lucha personal y su curación cardiovascular, entra en modo encarte: la intolerancia a cualquier comentario, chiste, cuento, momento cariñoso, caricia o acto que venga del enamorado. Cuando este estado se posterga, termina convirtiéndose en desidia, incluso en fastidio y por tanto, en rechazo. Comienza entonces un círculo hermenéutico de entusados rompecorazones.

 

Por eso les pido, a los que como yo están superando una decepción amorosa, que entiendan que no hay clavo que cure o llene el agujero que dejó el anterior. Aunque sea doloroso, lo justo y necesario es que pase un tiempo solo, hasta que realmente se sienta bien consigo mismo. Nada más injusto que enamorar a quien no se va a amar. A los valientes que quieren empezar una relación con un recién terminado, les imploro: ¡HUYAN POR SUS VIDAS! Aunque el susodicho se muestre como una mansa paloma, aunque lo mire con ojos tristes de Giordano y se diga cariñoso y ávido de amor, CORRA, DESAPAREZCA, ¡NO VUELVA A LLAMAR! nada más peligroso que un despechado suelto en un mar de hielo, buscando un flotador.

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