Nada mejor y más placentero en la vida que caminar, salir, marchar y deleitarse con el comenzar de cada mañana. Y así un día cualquiera con el alma alegre me disponía a cruzar una cebra por la Avenida Caracas en medio de un tumulto de gente cuando de repente sentí una zona de mi cuerpo más insensible que de costumbre. Era el área de mi bolsillo trasero, donde cargaba mi billetera. Mi mano derecha no sintió nada y mi mano izquierda rápidamente lo ratificó, alguien había robado mi dinero y ni cuenta me había dado. 

Muy molesto e impotente decidí cambiar mis hábitos, de ahora en adelante tendría el dinero en el bolsillo delantero, pues ahí el nivel de protección aumentaba sustancialmente. Al día siguiente me disponía a bajarme del Transmilenio para llegar hasta la puerta de salida, cuando entre roce y roce alguien me sacó el dinero y esta vez del bolsillo delantero. No lo podía creer, de nuevo era víctima de un robo y sin reconocer al culpable.

Aún mas frustrado por mi destino e incapacidad decidí replantear la estrategia. Ahora llevaría el  dinero dentro de un morral que cargaría cruzado en mi pecho y así  no le quitaría  los ojos de encima ni por un instante. Fiel a mi convicción casi obsesiva no dejé de observar mi morral durante todo el día. Me acompañaba a reuniones, al banco, al baño, a almorzar y a cuanta actividad se diera. Al terminar la jornada llegué a la casa orgulloso con mi misión cumplida. Abrí el morral y que sorpresa me llevé cuando ví que el dinero no estaba. Lo habían usurpado y el misterio seguía sin respuesta. 

Ya como reto personal y colindando con el orgullo intelectual tomé la decisión extrema de que llevaría el dinero dentro de un zapato para así caminar todo el día con la seguridad de tener la plata bien guardada. Fue un día medido por kilómetros, en que el único miedo radicaba en que me volviera a suceder. Pero el susto fue mayor cuando al quitarme los zapatos en la noche no encontré ningún vestigio de la plata, totalmente desaparecida y sin rastros.

Y así pasaron muchos días, uno tras otro, cuando finalmente pude entender que, sin importar lo que hiciera para protegerlo, mi dinero siempre desaparecería. Pero no solamente el mío , también el de millones de colombianos. Revisen sus billeteras, busquen su dinero, les aseguro que no lo van a encontrar.

Acaso dónde está el pago de los impuestos y de las valorizaciones?

Está en manos de un hombre , un hombre invisible llamado corrupción , que nos ha venido robando el equivalente al dinero cotidiano de nuestras billeteras y carteras, cada día de  nuestras vidas, sin que nos hayamos dado cuenta, durante mucho tiempo, más del que nos podamos llegar a imaginar.

 

jco

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