La vida tiene como característica esencial que es mágica, tan mágica que hay momentos muy  especiales que por más que uno intente, jamás podrá repetir. Existen situaciones que sólo pueden ocurrir una sola vez y así  pasan automáticamente al cajón de los recuerdos inolvidables.  Y ya  que el muro de Berlin cumple medio siglo de su creación,recuerdo hace unos años cuando
como estudiante soñador que viajaba por el mundo con un morral al hombro decidí conocer el muro de Berlín cuando aun existía en 1988, un año antes de su caída y en épocas de la guerra fría.
Me encontraba en Suiza con dos amigos y decidimos irnos en tren a Berlín occidental, pero sabiendo que para llegar allá deberíamos atravesar una buena parte de Alemania oriental, más conocida como Alemania comunista en su momento.
Asi emprendimos nuestro viaje de manera normal hasta que el tren se detuvo al llegar a la frontera. De repente subieron varios militares fuertemente armados con perros muy miedosos pidiendo pasaportes y con mirada inquisidora. El tren comenzó a movilizarse por Alemania oriental con ellos a bordo durante todo el trayecto  revisando en varias ocasiones los documentos como en una especie de interrogatorio haciéndonos sentir como  espías peligrosos o prófugos del régimen. Más allá de su presencia aterradora durante todo el transcurso, por la ventana se observaba la carrilera de lado a lado totalmente rodeada por alambres electrificados para evitar cualquier tipo de fuga. Finalmente llegamos a Berlín occidental, los militares y los perros se bajaron y volvimos a sentir la tranquilidad y la libertad nuevamente dejando atrás el miedo y la intimidación que se habían apoderado del viaje.
La experiencia de conocer el muro  fue realmente exótica. Berlín occidental se podía resumir como un punto en la mitad de Alemania comunista, una especie de oasis rodeado en su totalidad por un muro que los mismos comunistas habían construido para que ellos mismos no pudieran entrar al punto u oasis de la libertad. Un claro ejemplo de autocárcel.
Después de varios días de visita y recorrido por la capital germana llegó el momento de retornar a Suiza.
Ya en la estación de tren yo me había encargado de tener todos nuestros  pasaportes mientras buscabamos la puerta de salida. Tratando de averiguar por el tren que nos correspondia, uno de mis amigos se subió rápidamente a un vagón para preguntar mientras yo lo esperaba afuera con los pasaportes y las maletas, pero con tan mala fortuna que de repente se cerraron las puertas y  el tren comenzó a marcharse  con mi amigo adentro, atrapado y  sin documentos.Inmediatamente empezamos a gritar y a correr para avisarle que se bajara pero ya era muy tarde. Finalmente  lo vimos despidiéndose  desde una ventana  con cara de terror, tal vez despidiéndose por última vez.
Averiguamos  y nos dimos cuenta que se había subido al tren equivocado, que precisamente no regresaba a Suiza sino que se adentraba en lo mas profundo del mundo rojo y comunista.Se lo había llevado el tren que iba para la Unión Soviética y yo tenía sus documentos y su morral en mis manos.
Ya me imaginaba la película de los militares pidiéndole el pasaporte en el tren y el sin el idioma y sin ningún papel que mostrar.
Lo confundirían con un espía?
Lo volvería a ver alguna vez en la vida?
Terminaría en un campo de concentración en Siberia?
Preguntas cinematográficas invadieron totalmente mi mente
continuará.....
 
jco

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