Irene descargó el teléfono una parsimonia premeditada, deseba tirarlo con todas sus fuerzas pero sabía que no obtendría ningún resultado favorable al hacerlo, sin embargo, después de haber puesto el auricular sobre la base, lo presionó empuñándolo con tanta fuerza que la mesa donde estaba el aparato, crujió.  Una mañana demasiado agitada para la dueña de La mansión de Eva: su irrevocable decisión de mudarse; la figura de Pedro la noche anterior desestabilizando sus sentimientos; el alcalde aún esperándola en la sala para organizar una de sus acostumbradas bacanales con los vagos del concejo; las retumbantes amenazas de Juan en el teléfono, pero lo que más la exasperaba era percatarse que aún apretaba las cáscaras de naranja en la otra mano, un signo que ella interpretaba como manifestaciones silenciosas y personales de su pusilánime amor por Pedro. También como ese recuerdo que se imponía en su memoria de tiempo atrás cuando ella le vendió a Juan su gusto por Pedro para montar La mansión de Eva en Tairí. ¡Idiota! –pensó Irene maldiciendo la llamada de Juan y el día en el que pactó con él su aprecio por el escritor para tener una vida estable-.

 

-          Mire… -dijo Juan-.

-          ¡Irene Morales, para que no se le olvide nunca! Para usted tal vez una p-u-t-a como cualquier otra, pero para otros –como su amigo-, una dama.

-          ¡Ya no somos amigos! –enfatizó Juan-.

-          Usted no es amigo de él, pero para él usted todavía es alguien –ofreció Irene-.

-          Acá no estamos para sentimentalismos formales, señora…

-          ¡Señorita para usted! Nunca me he casado ni lo haré –ironizó Irene-.

-         

-          Y no me mire así, no sea idiota que soy tan señorita como las que se confiesan y luego abren las piernas sin pudor. ¿Estamos? Mejor dígame para qué me necesita, para qué me hizo venir hoy hasta este c-a-g-a-d-e-r-o de borrachos, billares, vacas y culebras –preguntó Irene-.

-          Este “c-a-g-a-d-e-r-o” como usted dice se llama Tairí, orgullo de mis ancestros y…

-          ¡Me c-a-g-o en todos sus muertos! –vociferó Irene-. Yo pensé que usted era más pragmático que Pedro, pero por lo visto las p-u-t-a-s también nos equivocamos y nos meten billetes falsos como el de su cara. ¡Al grano, mi rey! ¡Al grano y sin invocar toda su parentela de muertos!

 

Juan pasó un sorbo ligero de cerveza para controlar sus impulsos. No había nadie en Tairí capaz de levantarle la voz y hablarle de esa forma, algo que también le aburría. El temperamento de Irene era justo lo que él estaba buscando para que sus planes de prosperidad funcionaran en el pueblo y Tairí estuviera siempre al antojo de lo que él quisiera.

 

-          Mire, “¡señorita!”...

-          ¡Así me gusta! –satirizó Irene nuevamente-.

-          ¿Puedo continuar, “señorita”?

-          Claro, buen hombre, la palabra y el dinero son todos suyos. Yo simplemente estoy aquí para escuchar proposiciones, pero le aclaro que con usted… ¡ninguna fortuna le alcanzaría para tocarme un solo dedo! Por lo demás, lo escucharé sin volver a abrir la boca.

-          Lo que ha sido comida de Pedro, yo se lo dejo a los buitres –aclaró Juan sin perder la compostura-. Y respecto a hembras, ¡me sobran!

-          ¡Eso es evidente, este pueblo lo primero que uno encuentra al entrar son puras vacas. ¿No puede usted ser más claro, dejar tanto rodeo? Yo tengo que regresar a Ministerio, allá, sí hay mucho por hacer. Además...

-          ¡Quiero que monte un prostíbulo en Tairí y que usted lo maneje! –cortó Juan ante la altanería de Irene-. Por el precio y los costos no se preocupe ni escatime, pero quiero que sea algo como nunca se ha visto ni en Tairí, ni en Ministerio, algo como jamás se ha visto en este país de mojigatos. 

 

Irene quedó muda, la idea era lo suficientemente llamativa. Ser dueña y ama de su propio negocio la desvelaba. Nunca soñaba con cosas burdas o de mal gusto, y aunque fuera un prostíbulo, lo manejaría con altura.

 

-          Pero tengo una condición –ofreció Juan con ironía al percatarse del estupefacción de Irene-.

-          ¿Cuál?

-          Sé que Pedro hace tiempo partió para Europa, sé que ustedes dos se han frecuentado desde el día que se conocieron y que él le envía cartas y postales de cada lugar que conoce, pero eso no es relevante para mí. Yo quería acostarme con usted esa mañana, pero preferí que lo hiciera él porque era mi amigo, pero si yo no puedo acostarme con usted, ¡él tampoco podrá hacerlo cuando regrese! Y mucho cuidado, “¡señorita!” lo que usted llama “muertos” son mis mejores amigos, son mis mejores ojos. Si llego a saber que él le ha tocado un pelo, todo lo que usted verá subir como espuma se convertirán en maldiciones –explicó Juan para vengarse de toda la insolencia de Irene-. ¿Acepta, “señorita”?

-          Pedro regresará una y otra vez, lo que yo haga es problema mío, sus “muertos” bien muertos están y nada de lo suyo me asusta; por lo demás, ¡acepto! ¡¿Algo más?!

-          No –brindó Juan alzando la botella como gesto del negocio pactado-.

 

Irene siempre rescataba que lo mejor de aquella negociación fueron los días posteriores: viajó por todo el país reclutando lo que ella llamaría “nenas arcoiris” y todas ellas debían tener –además de su belleza- una particularidad inviolable: tener como nombre verdadero un color. Sin embargo, el mismo recuerdo también la asaltaba con el terror que sentía por tocar a Pedro aunque se consumiera en deseos, siempre se sintió observada cuando estaba con él. Por eso, más que por la negación a una vida marital, Irene siempre se le negaba a Pedro.

La Mansión de Eva estuvo lista para abrir sus puertas y recibir a los mineros más selectos de toda la región, pero todos los invitados se llevaron una gran sorpresa aquella noche... Incluido Juan.

 

* * *

 

-          Irene –gritó Rosa nuevamente a la puerta-.

-          ¡¿Qué carajos te pasa hoy, Rosa?! –respondió Irene volviendo en sí-.

-          El alcalde.

-          Burócrata sin oficio –exclamó Irene-. Hoy sí me va a escuchar.

 

Irene bajó las escaleras decidida a exponerle sus propósitos al funcionario y a todo su saquito de concejales.

 

-          Buenos días distinguidísima dama… -saludó el alcalde a Irene ofreciendo una reverencia-.

-          Los “buenos días” se los devuelvo y la reverencia déjesela a su mujer que la pobre lo deja venir tranquilamente acá porque sabe que a usted lo único que está por parársele es el corazón –dijo Irene ante el asombro de los acompañantes del alcalde y sus propias “nenas”-.

Lo que yo quiero que le quede muy claro y también -les quede muy claro a todos ustedes-, es algo muy simple de comprender: La mansión de Eva no volverá a abrir, porque “mis nenas” y yo, ¡nos vamos de aquí! –sentenció Irene levantando la mano derecha llena de cáscaras de naranja-.    

 

Próxima entrega: ¡HUELGA!  II PARTE

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