¡Nos vamos de aquí!

I Parte.

                                                       
                                                     –Continuación-

 

 

-          ¡¿Cómo que se van, Rosa?! –preguntó el alcalde-.

-          Sí, señor alcalde. Lo peor es que no quiere que abramos y no quiere decirnos para dónde, pero estoy segura que son consejos del escritor que cada que viene le deja la cabeza llena de cucarachas.

-          Peña…  ¡Peña! ¿Dónde carajos se metió este tombo pendejo?

-          Señor alcalde… señor alcalde, estoy en el baño –respondió el comandante de la inspección-.

-          ¡Muévase que lo necesito!

-          ¿Para qué soy bueno, señor alcalde? –preguntó en comandante abrochándose el cinturón-.

-          - ¿Usted? ¡Para nada que sea moverse rápido! Pero vaya búsqueme al infeliz de Pedro.

-          ¿El escritor?

-          Sí, hombre, el mismo desgraciado que cada que le da por aparecerse en este pueblo trae problemas, parece ave de mal agüero… ¡pero muévase, Peña, no se quede ahí sembrado mirándome con esa cara de idiota que su mamá le dio! Dígale a sus agentes que necesito que me encuentren ese tipo antes del almuerzo.

-          Sí, señor alcalde –respondió el comandante-.

 

La noticia de la mudanza de La casa de Eva corría por Tairí más rápido que la arena y el polvo que el viento descargaba todos los días en la madrugada. Los agentes de la inspección tenían ciertas prebendas y beneficios con las “nenas” que los ponían por encima de los mineros, pero también eran perjudicados de primer orden si el prostíbulo definitivamente se iba del pueblo. Encontrar al escritor para que hiciera cambiar a Irene de idea era objetivo primordial del comando aquella mañana o por lo menos para saber con qué cuento le había ido él a Irene para que ella hubiera decidido no volver a abrir y comenzar a empacar todos los enceres de La mansión de Eva.

 

-          ¿Cuál es el agite, agente Ramírez?  -preguntó uno de los capataces de la mina de oro-. Venga tómese algo conmigo porque este sol hoy está muy fuerte-.

-          No. Estoy en servicio, además el alcalde está que se lo lleva el diablo y si me ve tomando cerveza me suspende.

-          ¿Qué le pasa a ese zángano? 

-          ¿Usted todavía no sabe? –preguntó el agente Ramírez-.

-          No. Deje tantas vueltas y cuente qué pasó.

-          Pues que anoche regresó el escritor al pueblo, fue a La mansión de Eva y hoy doña Irene le dijo a sus “nenas” que prepararán todo porque se iban a ir del pueblo.

-          ¡Carajo! Eso sí es una mala noticia.

-          Lo mismo le digo yo a usted para que le diga a todos los “dorados” que se metan la mano al bolsillo a ver si ella cambia de opinión viendo un poco más de plata entre las piernas. ¿Usted se imagina un pueblo sin putas?

-          No y no me quiero imaginar eso –respondió el capataz-.

-          Pues ahí lo dejo con la noticia para que termine la cerveza y ponga en alerta a todo el que se le cruce por el camino.

-          Descuide, así lo haré.

 

El único lugar de todo Tairí donde se recibió la noticia con gestos y muestras de alegría fue en el atrio de la iglesia, que para mayor paradoja de toda la situación era una iglesia consagrada a María Magdalena.

 

-          Dios nos ha escuchado –proclamó padre Daniel-.

-          No cante victoria del todo padrecito –le advirtió su propio sacristán-, a mí este asunto me huele mal y aquí vamos a quedar todos comprometidos con las…

-          ¡Pastor! –atajó el padre-.

-          Las descarriadas hijas de Dios, padre Daniel. Pero cuidado con lo que se le viene pierna arriba, usted va a tener que ser muy inteligente para que este pueblo con… “ovejas negras” o lo que sea, siga viviendo en aparente paz.

-          ¿Usted lo cree, Pastor? –preguntó el padre con cierta duda-.

-          No lo creo, ¡lo veo! –aseguró el sacristán-.

 

En las profundidades de la mina de oro encontrar la veta se había convertido casi en una obsesión de todos, pero ya habían pasado cuatro meses en los cuales lo único que extraían de las entrañas de la tierra eran piedras y tierra. Los mineros eran manipulados con discursos de sus capataces que siempre, en distinto orden, eran las mismas palabras: Ya casi llegamos, nos falta poco muchachos y todos celebraremos en La mansión de Eva –el mismo discurso con el cual los capataces también eran embaucados todas las mañanas por los dueños de la mina-.

 

-          ¡No me crean tan marica! –exclamó Javier-. Llevamos más de cuatro meses dándole a este hueco y acá lo único que vamos a encontrar es la puerta del infierno.

-          Es verdad, Javier –le respondió Mario-. A mí lo del oro me tiene sin cuidado, a mí lo que me preocupa es que La mansión de Eva se la van a llevar del pueblo.

-          ¿Y a usted quién le dijo semejante pendejada?

-          Javier a usted esta oscuridad si le tiene la cabeza como un carbón. Me lo contó la propia Turquesa, porque esta mañana cuando pasaba por el frente la salude y como la vi tan inquieta le pregunté qué pasaba y ella solita se confesó conmigo. Si no me cree pase esta tarde y se dará cuenta que ni con los bolsillos llenos de oro lo van a atender, con decirle que ni al alcalde lo van a recibir.

-          Eso sí es la cagada, Mario.

-          ¿Lo del alcalde?

-          Usted es como bien guevón, Mario. La cagada es que a esa señora le de por llevarse el único burdel. ¿Usted ya le contó a los otros?

-          No, no ve que apenas son las nueve, pero al almuerzo hay que poner a todo el mundo moscas, porque sin oro y sin donde mojar nos vamos es a enloquecer.  

 

Irene, a pesar de haber levantado ella sola La mansión de Eva, no era una mujer que se dejara doblegar por las nostalgias o los recuerdos. Le había rechazado el anillo a Pedro, aunque lo quería. Sabía que con el paso del tiempo él se convertiría en el dueño de su vida durante un tiempo para luego dejarla tirada, ¡Mil veces prostituta pero nunca abandonada por un hombre! –le decía todo el tiempo a sus “nenas” para que nunca se enamoraran de los clientes-.

Nos vamos. Esa mina nunca dará más oro y para ver entrar “salados” al salón tiempo y vidas es lo que sobran. No sé si Pedro tenga razón, pero este pueblo ya comienza a pertenecerle al olvido como él mismo dice, al fin de cuentas él es un escritor y ellos ven venir siempre las cosas…  –pensaba Irene mientras hacía una lista de las cosas que se llevaría hasta que tocaron la puerta de su alcoba-.

 

-          ¿Quién?

-          Yo, Rosa.

-          ¿Qué pasa?

-          Es el alcalde que esta abajo en el salón con unos policías.

-          Rosa, dígale que no me joda, que nosotras nos vamos de aquí… ¡y muy pronto! 

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