Nos vamos de aquí!

I Parte.

 

Todo lo que Pedro le había contado la noche anterior le daba vueltas en la cabeza. No podía seguir soportando las eternas huelgas de las dos minas, yacimientos naturales de oro y sal de los cuales no sólo dependía su casa, su vida y sus “nenas”, también era el sustento del pueblo entero de Tairí. Pero, según se lo había dicho Pedro, en Ministerio, el pueblo vecino, los augurios sobre los pozos de petróleo comenzarían a dar mejores vidas a todos los que allí decidieran instalarse. “Allá, tú y tus “nenas” tendrán mejor vida, y muévete, mujer, porque el montaje de la refinería comienza en poco tiempo y otros burdeles de otras partes tal vez se te adelanten” –le había dicho el escritor la noche anterior-.

 

Las cáscaras de la naranja caían al suelo a la velocidad de las maldiciones suscitadas. Había perdido el gusto por su fruta preferida simplemente porque al tacto le recordaba la piel del novelista, un hombre que dejaba crecer su rasa barba para ocultar los estragos del acné en la pubertad. La historia con él había pasado como otras tantas; la había vivido con sobras de pasión y horas de aburrimiento, aunque para él haya sido su mejor aventura, para Irene, por el contrario, solo era un buen hombre perdido en sus historias y sus delirios. Sin embargo, Irene disfrutaba mucho de su compañía, le gustaba mucho escuchar sus relatos y cuentos, pero siempre le recordaba la misma frase categórica y certera cuando él ponía un pie en la casa: Nunca se le olvide, Pedro, si usted quiere verme y tener el gusto de dirigirme la palabra, entonces no sueñe en tocarme, ¡ni se le ocurra! –le recordaba Irene desde aquel día que él le propuso matrimonio años atrás-.

 Si esa fue su mejor experiencia, entonces no me quiero ni imaginar lo triste que deben ser sus masturbaciones -sentenció Irene por los pocos encuentros que tuvo con Pedro mientras observaba sus “nenas” y sin dejar de dudar en la decisión que estaba por tomar-.

 

Al ritmo de un bolero, las “nenas” de Irene, ignoraban los pensamientos de su dama, sabían que Pedro había pasado la anoche anterior por la casa, acontecimiento que siempre la dejaba con un carácter de perro bravo que le podía durar semanas. Como todas las mañanas ellas comenzaban a preparar la casa, decorar la sala, mover los plumeros ajusticiando el polvo que entraba todos los días y que había que limpiar religiosamente, porque Tairí era uno de esos tantos pueblos que padecía la maldición de la Rosa de vientos que se juntaban para levantar la arena de la playa y el desierto; luego, en aquel pueblo de oro y sal, caía todas las mañanas toda la arenilla que el viento de la noche se cansaba de cargar en la madrugada.  

 

-          Hoy viene el señor alcalde con unos concejales y ha pedido que sea con la mayor discreción la fiesta que organicemos para ellos porque la última vez… –expuso Rosa-.

-          ¡Hoy no viene nadie ni entra nadie a esta casa, Rosa! –Gritó Irene y se agachó a recoger todas las cáscaras de naranja que estaban en el suelo-.

-          Pero…

-          ¡Pero nada, Rosa, La mansión de Eva se muda! –vociferó Irene percatándose que tomaba la decisión en voz alta y que así se haría-.

 

El grupo entero de sus “nenas” la miraron abandonar la sala envuelta en su bata de seda y empuñando las cáscaras de la fruta. Todas se miraban con asombro, el bolero ya no sonaba ni los plumeros se movían, el desconcierto y la incertidumbre era total. Para todas ellas pensar en mudar La mansión de Eva era una locura. Las vetas de la mina de oro seguían solo dando piedras; pero, por lo menos, era prometedora y cuando había oro había trabajo, mientras que los “salados”, como llamaban a trabajadores del yacimiento de sal eran todos unos muertos de hambre que únicamente iban de vez en cuando. “No es posible que tanto luchar por montar La mansión de Eva hace veinte años y hoy Irene haya tomado la decisión de mudarnos para otra parte, y ni siquiera nos dijo para dónde” –murmuraban sus “nenas”-.

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