II Parte.

QUINTA ENTREGA

 

No sabía si lo que le había caído mal era la cerveza tan temprano o la mala noticia de La Mansión de Eva. ¡Justo hoy viernes! –pensó Santiago mientras continuaba conduciendo hacia la mina-. Él había tomado por costumbre –casi ceremonial- pasar todos los viernes para saludar a Roja y preguntarle, ¿Roja, quiere? De inmediato ella siempre le respondía, Roja nunca quiere. Pero lo que Santiago tomaba como su mejor suerte era el tiempo que Roja se estaba tomando últimamente para responderle, su forma de manifestarle la negativa había adquirido un decoro facial: Roja comenzó a levantar la mirada para decirle Roja nunca quiere. Santiago se sentía afortunado de ver que cada viernes a ella le constaba más trabajo responderle, pero una mudanza del burdel podría poner por el suelo toda su paciencia.

 

-          Don Juan… -exclamo Santiago tocando la puerta de su oficina-.

-          ¿Qué pasa, Santiago?  Lo veo algo inquieto.

-          Hombre… ¿cómo decirle, cómo comenzar?

-          Por el comienzo, ¡es lo mejor!

-          ¿Usted sabe que doña Irene piensa llevarse el prostíbulo? Eso para todos los trabajadores de Antares puede…

-          Santiago, dígame una cosa, ¿usted todavía sigue detrás de Roja? –cortó Juan-.

-          Sí…

-          Ya veré qué puedo hacer en ese asunto. Mientras yo me ocupo de eso, quiero que me organice una cuadrilla de voluntarios para la hora del almuerzo, hay algo que cubre la veta y quiero ver personalmente qué es.

-          Como usted diga, Don Juan.

 

En la mina Antares la mayoría de los mineros eran solteros y provenían de regiones muy apartadas, además, las posibilidades de diversión que ofrecía Tairí eran casi nulas. Asimismo, la veta que no aparecía en ningún socavón; los salarios que se habían diezmado por la falta de oro; un sinnúmero de promesas no cumplidas, más el rumor de la mudanza del prostíbulo, se convirtieron en argumentos de peso para un llamado a la huelga y los ánimos comenzaban a propagarse por todos los recovecos de la mina para estallar a la hora de almuerzo.

 

-          Mario…

-          ¿Qué?

-          ¿Usted ya le contó a todo el mundo sobre La mansión de Eva? –preguntó Javier-.

-          No, ¿por qué?

-          Porque hace un rato fui a buscar herramienta y en el almacén ya estaban hablando de lo mismo, también escuché que los del sindicato estarán hoy a la hora del almuerzo porque parece ser que vamos a huelga.

-          ¡¿Qué?!

-          Lo que escuchó.

 

Cumbre tonta era la montaña que geográficamente separa la mina de oro y la mina de sal. Era la única montaña de la cual se tenía documentación con dos yacimientos minerales diferentes; los más antagónicos, oro y sal.

Para llegar a la mina Yute era necesario bordear la montaña y al hacerlo siempre se pasaba por el frente de la entrada de Antares. Cuando Manuel Prieto –primogénito de uno de los tres muertos de Tairí, Ernesto Prieto 1900-1970-, pasó en su campero y vio las pancartas que algunos obreros ya comenzaban a colgar en las mallas de la entrada, aceleró para llegar a su mina antes de la hora de almuerzo, ¡estos m-a-r-i-c-a-s se van a cagar la paz del pueblo y me van a contagiar con su huelga! –repetía Manuel Prieto mientras serpenteaba La vuelta tonta, nombre que le habían puesto al trayecto entre la mina de oro y la de sal.

 

 

-          ¡Don Juan! ¡Don Juan! –entró gritando Santiago a la oficina de su jefe-.

-          ¡¿Qué pasa, Santiago?! Cálmese.

-          Llegaron los del sindicato y están en el comedor.

-          ¡¿Qué?! ¿Y usted ya alistó la cuadrilla?

-         

-          Pues entonces nos vamos hasta el último socavón mientras todos están en el comedor y sin que nadie nos vea.

-           

 “Compañeros…”-comenzó el presidente del sindicato a vociferar por el megáfono-. “El hombre es un templo de bien y placer. Un hombre sin el regazo de una mujer es una bomba en potencia, un futuro carroñero de miserias y soledades; por eso, compañeros mineros, no podemos permitir que en esta mina no se cumplan las condiciones de trabajo, no podemos aceptar que nuestros ingresos estén plenamente ligados al oro que Antares nos dé desde sus entrañas; pues bien, amigos mineros, todos sabemos muy bien que don Juan Bustamante tiene con qué pagar bien, no es culpa nuestra que Antares esconda el oro, pero sí es su culpa que por su mezquindad, La mansión de Eva se vaya de Tairí, y eso, mis amados compañeros, bajo ningún pretexto lo podemos permitir, ¡eso no! Piensen algo, ¿qué haríamos sin los servicios de las “nenas” de doña Irene? ¿Pediríamos turnos con las pocas mujeres que hay en Tairí? ¡No señores! Por eso, y aunque este sindicato tiene como lema “el trabajo antes que todo”, hemos decidido convocar a una huelga indefinida. Y hemos querido también, mis compañeros acá presentes y colaboradores de esta digna causa, que por el bien de nuestra salud mental y física, marcharemos desde Antares hasta las puertas de La mansión de Eva para que doña Irene y sus “nenas” escuchen también nuestras peticiones,  ¡¿Estás ustedes conmigo y con esta noble causa, compañeros?!” –vociferó el presidente del sindicato de mineros-. “¡Estamos con usted!” –respondieron todos los mineros-.

 

* * *

Cuando Manuel Prieto llegó a Yute, se encontró con su viejo amigo el escritor y con la noticia que él sospechó durante varios años.  

 

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