SEGUNDA ENTREGA PARTE I.

 

Tairí también era conocido en los alrededores por tener el cementerio más grande pero un camposanto con apenas tres lápidas: Pedro Mario Jiménez 1870-1940. Ernesto Prieto 1900-1970. Gregorio Bustamante 1918-1938.

 Juan Bustamante, considerado como el rey Midas de Tairí y Ministerio, tenía por costumbre visitar la tumba de su padre todos los sábados en la mañana. Se quitaba el sombrero y luego le pedía consejos a la memoria de don Gregorio para todos sus negocios. Juan poseía un don para comprar negocios que estaban al borde de la quiebra absoluta y los levantaba nuevamente, era todo un misterio su técnica, “un pacto con algún diablo”, -afirmaban las envidias-. Tenía por gusto comprar casas, repararlas, y luego las arrendaba por contratos fijos de diez o cinco años, un sistema que le garantizaba toda sus inversiones sin ninguna clase de riesgos. El pacto que se había establecido entre padre e hijo y sus respectivos mundos era muy  claro: negocio hecho y firmado tenía como premio para el alma de don Gregorio la visita de su hijo sábado y también domingo; el alma de don Gregorio, por su parte, protegía en este mundo las inversiones de su primogénito. Pero la mañana que Juan firmó las escrituras por la compra de la mina Antares, no pudo complacer a su padre…

 

Aquel día -veinte años atrás- saliendo de la notaria en Ministerio con Pedro, su mejor amigo, Juan conoció a Marta y con ella estaba su mejor amiga, Irene. Juan y Pedro pasaron gran parte de la mañana y la tarde con ellas celebrando la compra de la mina en el mejor hotel de Ministerio.

 

El primer trueno le recordó a Juan el pacto quebrantado, la promesa rota y la tradición que jamás había incumplido desde que aún era un niño. La tormenta llegó acompañada, como siempre, de inmensas bolas de granizo que se asemejaban a una cebolla de vidrio, pero aquel día el granizo cayó sobre Ministerio acompañado de la arena que el viento de la madrugada sólo dejaba caer en Tairí. Era imposible salir, más allá de tres metros los objetos perdían su forma ante la furia del agua con granizo y arena; conducir en esas condiciones era una locura. Pero era sábado dos de noviembre, el día de todos los muertos y todos los santos, la fiesta que don Gregorio siempre veneró y respetó, la fecha que Juan no podía incumplirle nunca al alma de su padre.

 

-          Si yo no puedo llegar hoy al cementerio es tu culpa, Pedro –exclamó Juan desde la puerta del hotel con la mirada perdida en la apocalíptica lluvia-, y si yo no alcanzo a visitar hoy a mi padre esa mina será un total desastre. Perderé mucho dinero durante algún tiempo, pero será poco tiempo y me recuperaré. Pero tú, Pedro –levantó Juan la mirada para buscar la mirada de quien hasta hace apenas unas horas había sido su mejor amigo-, no llegarás a ser el escritor que has soñado. Vivirás bien, no te faltará nada, pero nunca alcanzarás la gloria que sueñas y mendigarás toda tu vida el amor de esa joven prostituta que hoy has besado.

 

A Pedro le faltó aire para responder el vaticinio que su mejor amigo le acababa de dictaminar, pero tan pronto quiso decirle algo, Juan ya se había perdido entre la despiadada tormenta para montarse en su jeep y partir sin medir consecuencias hasta Tairí.

 

-          ¿Y tu amigo? –le preguntó Marta a Pedro con intenciones de seguir celebrando.

-          Ya no es mi amigo –respondió Pedro-.

-          Es un poco raro, ¿no? –dijo Irene-.

-          Es un hombre de tradiciones.

-          Usted es interesante, Pedro, sabe hablar y contar historias, pero para vivir hacen falta en el mundo hombres con tradiciones y dinero como su amigo –confesó Irene-.

-          Eso no se dice, Irene –reprochó Marta-.

-          ¡Eso y cualquier cosa se dicen cuando uno es una ofrecida como usted o como yo!

-          Ella tiene razón, Marta –ofreció Pedro mirando a Irene-.

-          Algo me hace creer que usted es de esos pobres ingenuos que caminan por el mundo creyéndose románticos y que se enamoran con el primer polvo.

 

  

Pedro era un hombre con ínfulas de bohemio, no tenía la capacidad ni las virtudes de Juan para los negocios; era el prototipo del artista soñador: todas las inspiraciones eran impulsos de un solo día y el resto de la semana se sumergía en un estado de sopor y apatía. Sin embargo, en esos estados le llegaban lo que él consideraba sus mejores ideas, sus creaciones literarias más efervescentes. Un día se dio cuenta que uno de sus personajes debía partir a Europa, ¿pero, cómo describirla si nunca he estado allí? –pensó Pedro-. Lo único que conocía era Tairí y Ministerio.  ¡Tengo que ir, tengo que conocer de cerca el mundo que me inspira! El viaje lo organizó en silencio, recogió todo el dinero que le llegaba de sus pocas regalías y cuando consideró que tenía lo suficiente se fue hasta Ministerio para buscar a Irene y despedirse de ella.

 

-          Te hace falta un poco de sol –le dijo Marta tan pronto le abrió la puerta-. Eso de vivir como un murciélago te tiene con la piel como un oriental.

-          Descuida, Marta, he estado trabajando mucho –respondió Pedro-.  Irene, ¿está?

-          El mundo gira, Pedro y en esas vueltas unos salimos y otros entramos, pero Irene ha salido de tu vida en esta ocasión. Ella se fue para Tairí porque Juan le prestó dinero para montar su propio negocio y con ese cuento de la mina a ella le está yendo muy bien.

 

Si los vaticinios de Juan venían cumpliéndose al pie de la letra en la vida de Pedro,  los del escritor también estaban por manifestarse.

 

Cuando yo regrese a Tairí todo el oro se esconderá –sentenció Pedro antes de partir para Europa-.

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