Santiago creció viendo la explotación de la mina y sus primeros recuerdos estaban todos ligados a la fiebre del oro que llegó a Tairí acompañada de la familia que él no sabía que tenía: primos lejanos, tíos, amigos de los amigos de su padre y de cualquiera que conociera un poco a los Pérez. Siempre encontraban un pretexto para alojarse por unos días en su casa mientras en la mina les daban las herramientas de dotación para trabajar y una pieza que no estaría muy lejos de una casa de lenocinio que preparaba una mujer de la cual –en ese entonces- sólo se conocía su nombre, Irene. El mayor asombro de Santiago siempre fue el casco con la linterna, ¿cómo hacen para que alumbre? –se preguntaba él a sus escasos cuatro años-.

 

La fiebre del oro continuó en Tairí y la descendencia de su tribu y amigos de su padre parecía no conocer límites mientras Santiago crecía.  

 

Cuando terminó el bachillerato con apenas quince años, su puesto en la mina estaba asegurado, toda su parentela eran casi la mayoría de los trabajadores y la mejor forma de recibir a Santiago como un nuevo minero, como otro más de los ‘dorados” era convirtiéndolo en un hombre en las manos de alguna de las “nenas” de La mansión de Eva.

 

Los arreglos para que él perdiera la castidad con alguna de las “nenas de arcoiris”  se hicieron en el transcurso de la semana y sin ningún problema, la mina estaba en uno de sus mejores momentos, cada minero recibía una bonificación extra de 200$ semanales y a cada uno se le pidió una contribución de 10$ para la “nena” que se ocuparía de Santiago. ¡¿10 pesos?! ¡Si es para que Santiago estrene y moje el cincel ponemos 20$, y que le den lo mejor que haya llegado a La mansión! –dijeron muchos de sus compañeros y familiares-.   

 

En las vetas exclamaban todos los días, ¿Cincel hundido…? –gritaba alguno de los mineros cuando veía a Santiago-. ¡No,  le están organizando el nido! –respondían al unísono los otros mineros-. Mientras el joven minero pasaba de largo sin enterarse que él era el motivo de burla y fiesta en la mina.

 

-          ¿Patroncito, usted viene con nosotros esta noche al estreno de Santiago? –le preguntaban los capataces a Juan-.

-          No sé, pero les colaboraré con 500$ para el trago y si puedo voy más tarde, tengo que hablar con Irene –respondía Juan-.

-          ¡Patroncito, usted como siempre tan colaborador con las nobles causas de sus mineros! Y tampoco es por alabarlo con los 500$, pero usted definitivamente sí se zampa lo mejor que tiene La mansión de Eva –lo adulaban sus capataces-.

 

Santiago no tenía que enterarse de nada de lo que ocurría, pues quienes lo conocían un poco mejor decían que él nunca pondría un pie en La mansión de Eva. Sus verdaderas intenciones era convertirse en capataz y poder estudiar una ingeniería, soñaba ser el primer profesional de Tairí.

Para poder encausar la tramoya, los mineros decidieron “entonarlo” un poco para que llegara listo.

 

-          Santiago, hoy hay gases que son muy dañinos para los pulmones, pero con tres de estos cada dos horas, los pulmones quedan impermeabilizados. Usted está aquí para aprender, ¿no? ­–le decían todos-.

-          ¿Pero esto no es contra el reglamento de la mina? –preguntaba él-.

-          Hombre, no sea terco, no ve que anoche además de arena en el viento también habían gases mamelucos.

-          ¿Gases qué…? –preguntaba Santiago sin pasar la copa-.

-          ¡Muévase, Santiago usted haga caso y tómese eso!

-          ¿Y ustedes?

-          Nosotros ya estamos blindados contra esos gases –respondió Juan entrando en la conversación de sus mineros para que todo tuviera mayor credibilidad-.

 

La voluntad del joven estaba totalmente minada, por miedo a sufrir una asfixia o intoxicación de los “gases mamelucos”, y por sugestión ante los “malignos gases”, había cambiado el tiempo de la dosis por cada hora.

 

-          Santiago, ¿unas de etiqueta azul bien frías para este calor? –le preguntaron sus compañeros al terminar la jornada-.

-          ¡¿Por qué no?! –ofreció Santiago-.

-          Pero hoy nos las tomaremos en un lugar que usted no conoce; mejor dicho, ¡venga que los vamos a hacer subir al cielo!

 

Irene había preparado a Roja especialmente para Santiago, le pidió que fuera totalmente tierna con él para que el cincel le funcionara. Que lo llenara de calidas caricias para tener un nuevo y asegurado cliente cada viernes. Las caricias estuvieron más allá del precio, Roja quedó encantada con la inocencia de Santiago y el miedo de sus ojos por no saber cómo actuar la primera vez ante una mujer.

 

-          Tranquilito, mi rey, no respiré muy rápido porque a esta hora hay mucha arena en el viento y se le llenan los pulmones de arena y esos ojitos también –le decía Roja-.

-          Es que no es miedo, señora… Es que usted es muy bonita.

 

El giro que tomó todo el preámbulo de Roja fue cuando Santiago ante tanta belleza llegada directamente de España y puesta por caprichos del destino, le propuso cambiar de vida y casarse con él lo más rápido posible. Roja no sabía qué hacer, Santiago estaba decidido a no entregarse por primera vez a una prostituta, pero estaba resulto a ir con ella al altar.

Roja le abrió la puerta de la habitación y le pidió gentilmente que saliera.

 

-          No se preocupe, para mí usted es todo un hombre, todo le funciona muy bien si quiere que diga eso abajo delante de los otros mineros –le ofreció Roja cuando el, aún ajustándose el pantalón se quedo mirándola debajo del marco de la puerta-.

 

Así habían transcurrido muchos años, Santiago se había convertido en ingeniero, pero conservaba su puesto como capataz en la mina simplemente para seguir viviendo en Tairí, meramente para preguntarle al viento de todas las madrugadas cuándo dejaría de esparcir arena por todas partes para que alguna noche le trajera a Roja a su lado. Él seguía pasando cada viernes a La mansión de Eva solo para visitar a Roja y preguntarle cuándo aceptaría. Pero ese día cuando se encontró con el agente Ramírez, lo invitó a una cerveza y supo la noticia de la mudanza decidió que Roja no se iría de Tairí, se casaría con él aunque tuviera que perseguirla por cielo y tierra.  En la mina hay que alertar a todo el mundo –pensó Santiago mientras pagaba su cerveza e imaginaba cómo organizar la mejor de todas las huelgas nunca vista en Tairí-. 

 

 

* * *

Cuando Irene decidió levantarse para hablar con el alcalde y hacerle saber de frente que no había ni servicios, ni fiesta, ni un carajo para sus concejales, sonó el teléfono de su habitación, la única línea privada que ella tenía y pocos conocían.

 

 

 

-          ¿Aló?

-          ¡Soy Juan! Supe que el escribano de m-i-e-r-d-a regresó anoche y ya anda haciendo de las suyas. Usted ya sabe cuál es nuestro pacto, Irene. ¡Con razón esa m-a-l-p-a-r-i-d-a veta no quiere mostrarnos dónde está el oro! Cada que él está en Tairí algo ocurre –le recordó Juan y colgó-. 

 

 

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