Mientras usted lee esto, en alguna piscina o playa colombiana alguien debe estar teniendo sexo. La temporada vacacional es la época en que billones de espermatozoides son sacrificados públicamente, condenados a naufragar entre cloro, sal, algas y flotadores.

 


Hay que ser muy pasmado para no intentar cumplir una de las más simples fantasías sexuales: hacerlo debajo del agua. Las “enterradas submarinas” son un secreto a gritos que salió a flote en Navidad. En diciembre de 2011 se filtró en Internet un video de una pareja follando-culiando-echándoseunpolvo en una piscina, en lo que parece un conjunto residencial del norte de Barranquilla.


Si no lo ha visto porque pasó todo el mes de diciembre enguayabado, aquí está: 


YouTube tiende a retirar esta escena de reality-soft-porn cada vez que otro morbosín la vuelve a subir. Si ya ocurrió, lo puede encontrar en esta página, o en otras que surgirán si googlea “pillados en la piscina”. O si prefiere, vea esta secuencia imaginándose las olas que producen la agitación rítmica y el afán disimulado.

Sin duda, el poder desinhibidor de dos botellas de Buchanan’s contribuyó a que estas dos jóvenes promesas del porno amateur se decidieran, y se lanzaran a tener sexo en la piscina.

Apenas se conoció el video fueron eyaculados reproches, señalamientos y burlas a través de las redes sociales. Subió a lo alto de los trending topics de Twitter como #pichina… Por momentos parecía la campaña de expectativa de una futura película de Aquaman, siendo este el prólogo que muestra su gestación.

 

La consecuencia inmediata: sin más pruebas que el rumor, fue condenada y difamada una chica que algunos encuentran ligeramente parecida a la del video. Su perfil de Facebook se regó como virus. Le crearon páginas de fans básicamente para llamarla p.erra y decirle boleta. Juzguen ustedes si se parece o no.


Es lo que pasa cuando alguien se deja grabar haciendo algo que muchos hacen, pero que a nadie le gusta admitir. Por eso lo preocupante es ¿quién fue el h-p que los grabó?

 

Insisto en la relativa cotidianidad del caso. Todos hemos hecho penetraciones subacuáticas más veces de las que estamos dispuestos a reconocer.


Y como no. La chica que nos acompaña toda húmeda y apenas cubierta por una tanga; la tela que se corre un poco; las manos que no se ven; la rozada y la apretada furtiva; el cardumen de dedos buscando un refugio cálido para hundirse; en fin, eso que llaman el maniculiteteo.


Sumado a los mensajes subliminales con los que constantemente nos bombardea la sociedad de consumo: el “Just Do it”, de Nike; el “¿Por qué no ahora?”, del Pibe y Papas Margarita; el “Listo papito si es ya es ya”, de Leonel y sal de frutas. Es inevitable lanzarse a una clavada submarina.

 

Un poco torpes, un poco trastes. Claro, la lógica del lenguaje ya advertía que ‘echarse un polvo’ suena como algo prácticamente imposible debajo del agua. Por más que uno se entrene en tinas y jacuzzis.


Las experiencias sexuales subacuáticas más gratificantes se dan en esos terrenos, apartados de la vista de extraños. Ahí sí no nos mintieron las películas. Cuando uno se puede acomodar con tranquilidad, para moverse sin sacarla demasiado para que no entre tanta agua. O para emerger a lo seco en cualquier momento.


Pero una piscina o playa es un sitio público, lo que tiene su fascinación especial. La adrenalina sube por la sensación de persecución, la culpa que se sabe cierta, los ojos que se asoman cada vez más insidiosamente. Los nervios están de punta, al compás de la v.erga parada. Es casi como sexo oral en un cine, o jugar sticky fingers debajo de una mesa en un almuerzo con la familia.


Una bahía paradisiaca es el escenario perfecto. Leche de coco, camarones, el sol enrojecido, el rumor de las olas rompiéndose en chispazos salados, el batir de las palmeras y el calor de los cuerpos. Nos vamos alejando de la orilla, boyando lento. Ella encabritada, atenazándome con su entrepierna. Yo pisando el fondo, con las rodillas flexionadas. Ajustando la altura para que solo salgan a superficie sus hombros y brazos. Los amigos que nos acompañan siguen bajo las palmas tomando cervezas; a lo lejos lo único que alcanzan a ver que me está abrazando por más tiempo del acostumbrado.


Contamos con la complicidad del vaivén de las olas, que facilitan el mete y saca y brindan una cortina de disimulo para la lucha espasmódica. Parece que la única complicación sería que un alga se me enrede en el pene, o que un pez lo confunda con comida. Pero hay más.


La arena hace de la fantasía una experiencia carrasposa. Provoca un efecto de resequedad sobre la piel. La fricción se torna más áspera. A nivel subacuático los pliegues de la v.agina causan una sensación que raspa, nada de la fluidez aceitosa de la lubricación natural. El pene se resiente, entra como los dedos en un guante de látex.

 

Es que incluso la textura de las t.etas parece de muñeca inflable. De vez en cuando una ola te estalla en la nuca: te asoma, o te hace tragar sal, o te zarandea y te hace perder la conexión coital, y temer perder la pantaloneta.

 

Nunca me pillaron. Siempre me mantuve lejos de la orilla. La saqué a tiempo, y espere lo suficiente agachado, mientras el mástil bajaba lentamente sin levantar sospechas. Pero debo reconocer que en 2 ocasiones desistí… chorros de agua se me metieron por la nariz, y montones de arena por el culo.


Además, después de un par de zambullidas surge otro dolor. El pene termina bombeando agua dentro de la v.agina, como un pistón. De repente, es como si el agua se metiera de regreso por el conducto de salida del pistón.


Una ventaja es que bajo el agua todo es más liviano. Ella gozará de más flexibilidad. La podrás alzar, mover, girar, poner, como nunca antes sobre un colchón. Esa pierna que nunca subió más allá de la cadera, ahora se desliza y te rodea el cuello. Sí, se disfruta; pero afuera, en tierra firme, el sexo se aprovecha muchísimo más.

 

Los dueños de los moteles pueden estar tranquilos. Por ahora las piscinas no les quitarán el negocio.


El valor del "polvo sumergido" es la motivación del peligro, la picardía y el apremio de lo prohibido. Condimentos para la libido. Cualquiera cree que es súper loco, pero resulta súper incómodo. De todos modos vale la pena la fascinación por lo escondido. Sentirse un mini delincuente pornostar, que lo hace dónde lo coge la parola.


Porque si te descubren, todos te van a señalar, aunque ellos mismos estén esperando la oportunidad de hacer eso que tú si te atreviste. La intimidad hecha pública. El rato público de muchos, violado por la intimidad de un par. El exhibicionismo es prohibido por la ley.


"Vivimos en un mundo donde nos escondemos para hacer el amor, mientras la violencia se practica a plena luz del día”, Jhon Lennon. La frase encarna bien la mojigatería de nuestra doble moral. Además ¿a qué creen que se referían The Beatles cuando cantaban “I’d like to be, under the sea, in an octo-pussys garden”? El problema es que en la mayoría de las playas colombianas es alta la probabilidad de que te topes con un ‘Yellow submarine’ navegando y desmoronándose en las olas.


El arrastre del mar limpia todo. El s.emen termina difuminado... como el excremento de los peces. Nunca nadie lo ha visto, pero ¿acaso creen que ellos no cagan?


En cambio en una piscina no es seguro que el cloro vaya a matar los espermatozoides que se rieguen. Mucho cuidado la próxima vez que esté nadando y crea que eso que se le atravesó en el snorkel es un Sea Monkey. Además, asegúrese de que su novia use anticonceptivos si va a nadar en estas fechas. Es mejor evitar malentendidos, si alguien llega a hacer un clavado. No sea que lo terminen endilgando un niño que no cometió.


El video del gordito pelucón y la flaca demuestra que las piscinas no son solo una sopa de orines de niños, cremas de viejos, mocos sueltos y hongos para los pies. Son fuentes llenas de vida, a las que todos pueden aportar. La recomendación es: si ve que el sol está como para un pichinazo este enero, no pierda de vista a los que se quedan en la orilla ensimismados en sus celulares. Podría protagonizar una futura entrada de Vergonymous.


Yo sigo prefiriendo el aparatoso pichiplayazo. El mar es la opción ecológica para las penetraciones subacuáticas. Para justificarme, acudo a otra gran reflexión extraída de grandes clásicos musicales: “No me digas que soy anormal por querer sexo en la playa”, Ñejo y Dálmata.

 


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