Vi su cara por primera vez una mañana en preescolar, luego coincidimos en bachillerato. En un pueblo tan pequeño como este, todos cambiábamos de colegio muy seguido y en unos años nos reencontrábamos en otro. Solía pasar con todos los de mi generación. O también pasaba que compartíamos las parejas, tuve un novio que luego de dejarme se besó con todas mis amigas.

 

Sé que soy muy joven y que eso del amor es para los viejos que ven la desazón en la soledad, pero creo que me enamoré una vez. Creo que conocí el amor en medio de mi inocencia.

 

Sentí algo nuevo por dentro, no mariposas pero si me sabia todo a su boca, todo tenía su olor. Estaba conmigo siempre porque nunca salía de mi cabeza. Día, noche, madrugada, ahí estaba; despierta o dormida, siempre pensaba en su sonrisa, en su cabello, en su cuerpo y en las miradas que se robaba.

 

Yo era dominante, de carácter fuerte, pero su presencia aturdía mis sentidos, me confundía cuando veía sus ojos. Era la única persona que lograba desboronar cualquier propósito en mi cabeza. Yo estaba a su disposición, era su prisionera. Mi ego y prepotencia se veían doblegados por su belleza.

 

Pasaron los años de colegio y una vez, en su casa, en medio de unas cervezas de esas que embriagan pronto cuando se es menor de edad pude sentir su boca. Recuerdo que fui a la nevera por un vaso de agua y allí estaba, no aguanté las ganas y gracias al valor que me dieron los tragos, tomé su cara y le di un beso. Un beso de esos que se disfrutan, de los que se sienten en todo el cuerpo. Tomé sus labios suavemente con los míos y rozamos la punta de nuestras lenguas. Fue sencillo, glorioso, un momento de placer inocente.

 

Era un beso que le decía todo lo que yo sentía. Mi beso le contaba lo que yo estaba dispuesta a hacer, todo a lo que podía renunciar. Ese beso le enumeraba uno a uno los días de fidelidad que tendría por amor. Ese beso en un rincón de la cocina le decía que yo era suya y que podía hacer conmigo lo que quisiera, que yo ya no tenía sueños ni proyectos, porque solo quería su boca, su cuerpo, su mirada, su sonrisa.

 

Nunca tuvimos mayor contacto que ese beso, pues siempre tuvo excusas para mí, pero aún hoy busco su perfil en la internet y le pregunto a mis amigos por su paradero. Supe que está en la universidad y que estudia mucho porque quiere ser doctora.

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