Qué encarte ganarse setenta y cuatro mil millones de pesos, de verdad. No lo digo con ironía, mucho menos con humor. Es en serio: qué mamera ganarse el Baloto. Con razón que casi no reclaman ese nefasto premio. Yo tampoco lo reclamaría. Imagínese: le cambiaría su vida. Rico cambiar de marca de cereal, sí, o de novia, o de vehículo de transporte. ¿Pero de vida? ¿Volverse rico de repente, sin trabajar por ello? No sé: suena demasiado bueno para ser cierto. Algo de malo tiene que traer: tal vez viene con una maldición, o su muere mi mamá, o alguna de esas tragedias.

 

Empecemos por esto: la plata sí trae felicidad. El dinero sí lo es todo. La felicidad sí se compra. El dinero trae felicitad. O, bueno, tampoco la trae. Uno nunca va a ser feliz: eso se sabe de entrada. La vida es una búsqueda de la felicidad, sabiendo que no se va a encontrar. En todo caso, entre más rico es uno, más feliz, y estudios lo han probado.

 

Sin embargo, ser rico de repente es como ser churro de la nada: su forma de ser tiene que cambiar: lo que uno dice, la manera como uno actúa, su relación con el mundo. Cambiar es bueno, sí. Pero cambiar de personalidad es demasiado difícil.

 

Entonces: mi argumento no tiene que ver con eso de la felicidad y el dinero. Tiene que ver con elementos más prácticos.

 

Por ejemplo, ¿usted se imagina todo el papeleo que hay que hacer después de que uno se gane el Baloto? Pasado judicial, seguro. RUT. Vaya al CADE, haga fila acá, pelee con esta señora allá. Firme, tómese la foto, regístrese, llene este formulario. Tal vez lo que más inspira estrés en Colombia es lidiar con la burocracia de este platanal ineficiente. Teniendo en cuenta todo ese trajín burocrático que debe implicar ganarse el Baloto, yo prefiero pasar.

 

Otro problema: a quién le regalo plata y a quién no. Como en Navidad, como en los cumpleaños, la vida es un proceso de escoger a quién uno le regala y a quién no. Es decir, a quién se gana de enemigo y a quién no. Quién le importa y quién no. Siendo rico de repente, el sentimiento de culpa lo va a llevar a regalar. Y tendrá que escoger. Y ganarse enemigos. Más de los que tiene.

 

Eso, además, sin tener en cuenta el sentimiento de envidia que va a generar con sus conocidos. Acuérdese: este en un país de envidiosos. Así que, cuando se gane el Baloto, espere apreciaciones tipo “es que usted tiene una vida mejor”, “es que mi vida sí es dura”, “aproveche”, “es que usted sí es feliz.” Ese tipo de apreciaciones elogiosas llenas de envidia entre líneas se volverían un lugar común en su vida. Y usted no quiere eso. Tanto, que, como todos sabemos que la plata sí es el antídoto para la felicidad, usted tendría que ser feliz para siempre. O, al menos, tendría que hacerle entender a la gente que usted es feliz. Cuando no. Si se gana el Baloto, le tocaría ser feliz para siempre. Y qué desgracia.

 

Por ese sentimiento de culpa, además, le tocaría hacer caridad. Y eso no es así de fácil. Tesis doctorales en Harvard se han escrito probando que la caridad sin contexto, sin preparación, sin justificación, es peor que no regalar nada. Así que, si se gana el Baloto, le tocaría volverse experto en caridad: entender cuál es la mejor manera, el mejor sitio, etcétera. Le tocaría leer libros sobre caridad, escritos por Lady Di. Sin Baloto, en cambio, uno puede seguir esta vida banal lejos de la generosidad. Mire a Bono, o a Sting: toda esa gente se volvió estúpida por cuenta de la caridad.

 

Si se gana el Baloto, usted se lo gana en Colombia. Es decir: si se gana el Baloto, lo secuestran. Para que eso no pase, le tocaría tener escoltas. Y perder su privacidad.

 

Se volvería famoso, también: un famoso con escoltas. Y lo invitarían a lanzamientos y le tocaría salir en las Sociales de las revistas. También le tocaría ser el centro de atención de todas la fiestas lagartas que le harían. Además, ¿de verdad le gustaría ser famoso porque tiene más plata que los demás? Lo dudo.

 

Además, volverse rico en este país es volverse traqueto. Es perder el gusto. Todos acá somos pobres, y, cuando nos volvemos ricos, no solo porque es mal visto sino porque todos tenemos pésimo gusto y muy poca etiqueta, pasamos a ser traquetos.

 

Si se gana el Baloto, lo más probable es que usted termine en una situación como la de la película ésta, ¿Qué pasó ayer?, en la que una fiesta termina quitándole un diente. Usted no quiere eso, créame. Y mucho menos si usted es, como yo, un adicto a la fiesta: le pasarían accidentes de ese estilo a diario.

 

Otra especialidad en la que tendría que incursionar si se gana el Baloto: las finanzas. Así usted contrate un contador y un corredor de bolsa y todo eso, usted va a tener que saber qué está pasando con su plata. Entonces tendrá que pararle bolas a los números de la bolsa, Wall Street y demás eventos estresantes de este mundo. Si se gana el Baloto, le tocaría empezar a leer Portafolio. Y eso es estar lejos, muy lejos, de la felicidad.

 

Si yo me gano el Baloto, no lo reclamo. O se lo doy, todo, a Julio Mario Santo Domingo, que sí sabe qué hacer con la plata. A la gente como yo, que nos gastamos cien mil pesos en aguardiente en una noche, no nos deberían ni vender el Baloto. Porque qué peligro donde nos lo ganemos.

 

Foto: http://www.onmoneymaking.com/why-many-smart-people-hate-money-plus-crucial-distinctions.html?

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