En Colombia, y sobre todo en Colombia, tierra de celosos y egoístas, lo miran a uno con ojo rayado cuando dice que se va de viaje. Todo viajero tiene que mamarse los despectivos comentarios con doble sentido —hechos por, digamos, su tía Rosario—: ‘qué vidita la suya, ¿no?’ o ‘me da envidia, pero de la buena’ o ‘¿te vas? ¡qué delicia! Y uno acá, en los tracones’. Llenan sus sentimientos de eufemismos para no sonar despectivos pero igual piensan que uno no se lo merece: ‘¿Oootra vez se va de viaje? No haga más’, en tono de burla. Y por si fuera poco —una costumbre tan descarada como maleducada— se ríen de su propio chiste, como si para todos fuera chistoso.

 

Sobre todo en Colombia —porque en este país está culturalmente aceptado juzgar a los demás, entrometerse en la vida de los otros y es por eso que acá vivimos del qué dirán— te juzgan por viajar. Hasta el punto de que uno llega a negar que se va de viaje. Como si no tuviera derecho; como si las prioridades de todos fueran las mismas. Lo juzgan porque, supuestamente, uno es millonario. Porque es injusto. Y porque, ante todo, todos deberíamos poder hacer las mismas cosas.

Y es que la gente cree que viajar es un placer para todos, primero, y que los que no viajan es porque no pueden, segundo: porque sus vidas son más duras y porque —ellos sí— tienen que trabajar. Pero yo creo que todos podemos viajar, con plata o sin plata. Yo creo que, más que plata, lo que se necesita en la vida para viajar son güevos. Y, sí, algo de ganas, para ahorrar lo mínimo, que es el pasaje y la visa. Porque de resto, viajar es fácil.

 

Lo primero es que viajar está sobrevalorado: que viajar, a fin de cuentas, no es tan delicioso como todo el mundo cree ni un placer del que todos gozamos. Es un placer que, como todos los gustos, unas personas disfrutan más que otras.

Hay innumerables razones para argumentar que viajar es una lucha. Y SoHo ha hecho bien la tarea de desmitificarlo: que por la viajada en carretera, que por el aeropuerto, que por el hotel, que porque no hay nada como la casa de uno, que por los moscos, que por la dormida. Y también por la comida, el baño, la gente, el idioma, la esperada, la fila turística. En fin: hay razones innumerables.

 

Y hay, también, tres tipos de personas: las que definitivamente no viajan porque, de frente, no quieren alterar sus mañas y rutina; las que viajan porque no les importa correr sacrificios, sean económicos o físicos o culturales; y las que no viajan y se venden como los que quieren pero —‘pobrecitos’— no pueden. Ese tercer grupos de personas —mi queridísima tía Rosario, entre ellas— es el que no tiene por qué existir: si quieres viajar, puedes.

 

Lo segundo es que viajar no es tan necesariamente caro como parece. O que, mejor, puede ser más barato de lo que se cree.

 

Si uno evade ciudades turísticas y primermundistas, como Paris, Tokio o Nueva York, y se va para lugares incluso más baratos que Colombia —porque, recuerde: por alguna razón que nadie ha explicado, Colombia es un país increíblemente caro— uno puede viajar con poca plata. Por ejemplo, yo viajé por tres meses en la India —sí, quedándome en el hostal de la ducha de balde y las sábanas rotas— con un millón quinientos mil pesos. Tres meses, recorriendo el país entero, incluyendo transporte, comida y hospedaje. Y si bien la India es uno de los países más baratos del mundo, lugares como el sudeste asiático, África o la China van en la misma línea. Claro que hay que limitarse a viajar como pobre, o a ser pobre: nada de comida, hoteles o bares occidentales. Nada de resort o piscina. Pero eso no significa que uno no pueda encontrar una playa desértica en la mitad de la nada o un restaurante de locales tan especial como cualquiera que esté en la guía Michelín.

 

Viajando, es decir, no hay paraíso. Al menos no lo hay si uno no lo busca. Pero el que busca encuentra. Sólo se trata de hacer la tarea completa. Por ejemplo, los pasajes: si uno busca con cuidado y en diferentes aerolíneas, puede encontrar pasajes baratos, con miles de escalas y desventajas, pero los puede encontrar. Y, si planea con anterioridad, y hace combos convenientes, más baratos le van a salir. Aires, por ejemplo, con todos sus retardos e incomodidades, con todo el odio que le tenemos, tiene pasajes muy baratos (800 mil pesos) a Nueva York. Y desde allá uno puede salir a cualquier parte del mundo por muy poco: yo pagué 1.500.000 pesos ida y vuelta para llegar a Delhi, parando en Filadelfia, Londres, Cairo y Abu Dabi.

En tercer lugar, uno puede viajar gratis. O, pues: trabajando mientras viaja. Si dejamos un lado las utopías mochileras de los malabaristas, cuando un grupo de amigos se iba por Suramérica vendiendo pulseras y tocando música colombiana, hoy existen innumerables posibilidades de trabajar viajando. Hay todo tipo de organizaciones —oriundas de países ultradesarrollados— que le organizan todo a uno: que le consiguen un trabajo que requiera mano de obra y lo mandan para algún rincón del mundo que, si usted es un viajante empedernido, seguro le va a interesar. El país donde mejor funciona la cosa es en Australia, donde millones de europeos llegan sin un peso a colaborar en granjas durante tres o cuatro días a la semana con tal de ver el mundo que allí se encuentra. Uno cree, es más, que los europeos pueden recorrer el mundo porque lo hacen en Euros. Y que uno, que lo hace en Pesos, está en desventaja. Pero eso es mentira, pues la mayoría de europeos que viajan se van sin un solo centavo, como lo puede hacer uno, y en la medida en que viajan o se ganan la plata o se guerrean la vida sin ella. Pero que se van, se van.

 

Y lo mismo pasa con vivir en otros lugares del mundo, fuera de le burbuja bogotana; fuera de la casa de mamá. En ciudades como Londres o Barcelona, uno se puede conseguir trabajos fáciles y bien pagados con los que puede sostenerse. A punta de meserear 20 horas a la semana en Londres, por ejemplo, uno se puede hacer unas mil libras al mes, contando las propinas que usted, con carisma y humildad, se tiene que ganar. Y contando los inodoros que tenga que limpiar. Con eso —mil libras— uno puede pagar un cuarto en una casa viviendo con tres o cuatro personas más, y vivir bien, cocinado, tomando poco trago, yendo únicamente a eventos gratis. Vivir por fuera, en otras palabras, se puede.

 

Pero vuelvo y pregunto: ¿quién dijo que ésta es la prioridad de todo el mundo? ¿A qué se va uno a trabajar en un restaurante donde lo van a tratar mal solo por el hecho de que está viviendo en el extranjero y hablando otro idioma? ¿Para qué se va a arriesgar a firmar un contrato de apartamento con el que, no cabe duda, lo están estafando, si probablemente quiera irse de vuelta a Colombia en menos de un año? ¿Qué necesidad tiene de hacer filas y filas para que le den visa, permisos y demás?

 

Vivir en el primer mundo, reitero, no es color de rosa, como se suele pensar. Pero se puede. Y hay gente que lo hace, que se la guerrea. Otro ejemplo: para estudiar tiene que conseguirse una beca, cosa que, si uno le mete juicio, puede conseguir, sea en Colombia o en un país que tenga plata para apoyar a los extranjeros, como Estados Unidos o Europa. Trabajar en el campo que uno está especializado es más difícil, porque usted no tiene ni recorrido ni idioma ni contactos. Pero, con tiempo, trabajando gratis un par de meses, algo puede conseguir. Solo se la tiene que rebuscar, con labia, gracia y juicio. Pero de que se puede, se puede. Yo, de hecho, la próxima semana tengo, gracias a que insistí como lagarto, un rodaje con la BBC por el que me van a pagar 50 libras el día. Me ganaré 200 libras en cuatro días.

 

Claro: todo en esta vida se puede. Pero esto no es tan difícil como parece. Es un proyecto de vida, sí, y es difícil, sí. Pero eso no quiere decir que todo el mundo no lo pueda hacer. No quiere decir que para hacerlo toque ser millonario y mucho menos quiere decir que los que se van están en restaurantes comiendo almejas y en fiestas tomando champaña.

Pero ¿quién se quiere ir de Colombia a sufrir, a pelear con un sistema que uno no conoce ni va a dominar? ¿De dónde acá resultó que viajar es sinónimo de cerveza fría en la playa y mujeres escandinavas? Viajando, repito, no hay paraíso. Y precisamente por eso, todo el mundo se puede ir. Si es que se le da la gana. Y le mete güevas. Yo, y muchos de los colombianos que conozco por fuera, he sido capaz de sacrificar muchas cosas —buena cama, comida, fiesta, vida, familia, trabajo— con tal de largarme de Colombia. De vivir otras cosas y conocer otros mundos. Así que, querida tía Rosario, si te parece que es que tu vida es demasiado dura y la mía demasiado feliz, ¿por qué no te largas?

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