En el séptimo día Dios no descansó. Estaba enguayabado. Al final del sexto día creó las cervezas, se metió una suculenta borrachera, y le hizo al mundo unos ajustes de último minuto que lo tienen vuelto la mierd.a que es.


¿Quién descansa el fin de semana? Es una irresponsabilidad con la vida, es imposible. Es injusto permanecer atenazado a la inmovilidad de una silla. Uno se dedica a agotarse en los días de supuesto descanso. Los termina acabado, de una forma u otra. Es la señal de que los aprovechó.


La única posibilidad que tiene de descansar el hombre en etapa productiva está frente al computador, en la cotidianidad agobiante de un escritorio en su puesto de trabajo. A lo largo de la semana tiene cinco días para reponerse allí sentado, del maltrato al que se somete durante viernes, sábados y domingos en nombre del placer. A veces desde el jueves.


Todo comienza con unas cervezas ese día. Solo un par, con los compañeros de oficina o estudio. Jugos de cebada para remojar la garganta, a modo de presagio del fin de semana que se aproxima.

 

Lo peor que puede pasar es que todo salga bien; que las dos cervezas evolucionen hasta convertirse en un monstruo de rumba que se extienda hasta las 2 o 3 de la mañana.


Las rumbas que no se preparan son las mejores. Las que surgen espontáneamente entre copas en una tienda, y se nutren del impulso irrefrenable que embarga a los que se sienten transgresores por “mamar ron” entre semana.


Gracias a la parranda del jueves llegas a la oficina no tan bien peinado. Una aureola grisácea rodea los ojos, sospechosamente rojos. Arden y se mojan con los bostezos que aparecen una y otra vez. El ligero dolor de cabeza no es tan grave; peor es la reiterada petición que les haces a todos para que te repitan lo que te dicen, porque no escuchas o no tienes idea de a qué se refieren. Sembrarás la duda: ¿Será que no se baña?


Lo del jueves es ocasional. Lo del viernes es fijo. Suele gestarse de manera parecida, en tiendas o ‘chuzos’ cercanos con compañeros. Siempre hay alguien que quiere hacer brindis, y celebrar que sobrevivieron al tedio de otra semana. Siempre hay alguien deseoso de incinerar en alcohol los informes y reportes que lo mantuvieron subyugado en una silla, y subyugarse ante una botella. Todos mamados del trabajo, pero listos para trasnochar.


Hay una rumba en tal lado, en este otro también. Vamos primero allá, después llegamos acá. Tal grupo toca a tal hora en tal sitio. Acá hay fiesta sin pantalones. Después de 1 la rumba es buena en tal lado. Vamos para este amanecedero, o este otro. Acá la rumba es hasta las 7 de la mañana. Sigámosla en el apartamento de este man. Que aguardiente, que ron, que vodka.

 

Instant guayabo is gonna get you.


El sábado tiende a comenzar después de las 2 de la tarde, por temprano. El pecado de pasarla bien, de tomar, fumar, fornicar, cantar, bailar, te condena a un infierno transitorio. Caes en la sexta paila, el inodoro.


Las tripas revolviéndose como metidas en una licuadora. Te desgarras vomitando, de tal forma, que escupes pedacitos del alma y el cerebro.

 

Punzadas de ardor agrio en la garganta. La cabeza vibra igual que un parlante. Una maldita tonada retumba en la mente, y no deja organizar ningún otro pensamiento. “Te miro y te imagino, con ropa haciendo el amor...”, el ruido se repite y se repite y se repite, mientras muebles y rostros y carros se aparecen de la nada ante tus ojos.


Cerca de las 5 de la tarde los dolores se han diluido. Ya alcanzas a hilvanar una que otra idea. Poco a poco dejas de ser un robot destartalado en piloto automático, que solo sirve para levantarse a tomar caudales de líquido. Organizas tu pensamiento, caes en la cuenta de que para hoy sábado tenías planeado encontrarte en una discoteca con esa amiga que no veías desde hace 4 meses, cuando te acostaste con ella y no la volviste a llamar. Puede que hoy cumpla tu amigo de la infancia, o que tuvieras agendado un reencuentro con familiares.


En algún lado oyes el mejor de los consejos: una cerveza ahuyentará el guayabo. Te tomas una, y empiezas a sentirte mucho mejor. Otra, otra y otra, y de pronto, sin querer, te descubres ebrio de alivio. En realidad nunca alcanzaste a estar sobrio. Simplemente conectaste las borracheras. Fiel a la tradición ancestral que reposa sobre tu espalda colombiana; honrando ese background histórico legado por representantes terrenales de Baco, como Alejo Durán. (Ojo al groove especialmente borrachón de esta yuca rancia)


 

La rumba del sábado es peor. Es el jardín donde los senderos se bifurcan, entre rumberos estándar y perniciosos. Se mezclan químicos irreconciliables. La fiesta sin fin. De las sombras emergen 'centuriones de la pea', que la siguen en cualquier hueco o bordillo. Dormir no es una opción. Hay que ver la luz del día y luego derrumbarse.

 

El domingo, tu humanidad amanece terriblemente más destrozada. Te sientes al borde de desmoronarte, como una galleta de soda temblorosa. Abres los ojos a las 12, y el dolor que explota en mil lugares dentro de ti no te deja volver a conciliar el sueño. La luz duele, la bulla taladra, la cama incomoda. El alcohol neutraliza las funciones reparadoras del sueño. Y acumulas los estragos de dos o tres días de farra.


La noche anterior te pasó por encima la locomotora de la parranda. Te encuentras apaleado, como si fueras un emo que cayó en medio de un concierto de punketos, o un hincha de Santa Fe que aterrizó en una lechonada bailable de los del Tolima.


Si estas de paseo es peor. Los efectos son magnificados por los viajes y recorridos. Vomitas, vomitas, vomitas hasta que solo sale bilis y saliva. Te terminas de reventar en una cagada que por un instante te recuerda el diluvio universal. La sensación del estómago vacío te quema. Duele la espalda, las piernas, las huevas. Hasta el pene, inflamado de tanto roce empedernido si hubo sexo. Imágenes y destellos saturan tu mente. Por eso entregarse a las pasiones fue considerado pecado en la antigüedad. Porque dolía.


El malestar no te permite resolver la cadena de enigmas que te aprisiona el cuello. Dependiendo del nivel de ignorancia sobre lo sucedido, puedes inferir qué tan buena estuvo la fiesta. Las mejores rumbas son aquellas de las que no quedan fotos, y de las que no te logras acordar. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo entré a la casa? ¿Dónde están las llaves? ¿Esta vieja quién es? ¿Dónde dejé la billetera? ¿Cuánto me habré gastado? ¿Este morado de dónde salió? ¿Con cuánto fue que salí? ¿Este papelito de dónde es? ¿Quién les pagó? ¿Qué hice los zapatos? ¿Usé condón? ¿Estaba muy boleta? ¿Dejé los cigarros en la nevera? ¿Dónde se me cayó esa vaina? ¿Bailé?... ¡H.P el celular!


Tipo 5 de la tarde, cuando ya por fin crees ser capaz de sostener una conversación telefónica con tu mamá, ella te preguntará si fuiste a misa.


No queda más que tomar juguitos y recostarse. Agobiado, buscando reposo, jugos y películas. Enciendes el televisor, y descubres que en más de 4 canales están presentando películas de Spiderman. En otros están pasando El Señor de Los Anillos.


Sientes que necesitas dos días enteros para dormir. Pero ya la frontera de las 8 de la mañana del lunes está cerca. Estás intoxicado de disfrute, acumulas el agotamiento de la fiesta.

Y no tienes la menor duda de que tanto sufrimiento valió la pena.

 

Aunque duela, es un premio gozar al extremo en esos días de tiempo libre. Recompensa el abnegado esfuerzo de toda una semana metido de frente contra pantallas y libros. Un premio bañado en alcohol, que lastima porque corroe las células de aburrimiento que te inundan. Lo bien que la pasaste en la parranda justifica la agonía padecida posteriormente. La resaca es el sacrificio que sabías que tenías que pagar, a cambio de una fiesta memorable, aunque no la recuerdes.

 

Por eso los lunes los buses son 'expreso zombie'.


Harás lo posible por recuperar un poco de energía en buses y escritorios.Con una sonrisa cansada pero satisfecha, gracias a esa anti-ley de Murphy: si una fiesta puede salir bien, saldrá bien. Solo hay que demostrar fe en la noche y lo que traerá. De algún lado salen recursos para la financiación, sitios abiertos y amigas dispuestas. Las noches del lunes, martes, miércoles y quizá el jueves permitirán recuperar energía, para que vuelta a estallar el viernes.


Hay momentos de debilidad, en los que surgen despropósitos como "no voy a tomar más". A veces te sentirás tentado a descansar los fines de semana, ir a cine, y trotar sábados y domingos como el vecino. Aléjate de blasfemias; reprende a esos espíritus de la mojigatería, impíos de poca fe, que no honran la función genuina del séptimo día: pasar el guayabo. 

 


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