Ya lo van a comentar: ‘mucho hipster’, ‘qué artículo tan hipster’, ‘hipster’. Porque de eso se trata; de eso siempre se ha tratado: de un estigma. De un estigma que le pusieron a un tipo cargando un libro vintage de arte contemporáneo, peinado de lado y perfectamente rapado a los lados. Un tipo con jeans entubados, cachucha de rimulero, camisa de cuello en v desjetado, flaco, de piel juvenil, con un iPhone lleno de aplicaciones novedosas y una biografía del Ché Guevara en la maleta. Un tipo que usa los términos ‘procrastinar’ y ‘postmoderno’, que admira a Pollock y a Derrida, que parece no lavarse el pelo, que está enguayabado, que usa unas gafas con un marco innecesario de color fuerte, que estudia arte y nunca lo ha practicado, que vive de sus papás en una ciudad cosmopolita, como Londres, Nueva York o Berlín. Un tipo, o una tipa, apolítico, naturalista, pacifista. (Que, además, se pone gafas como las que usted puede ver a su derecha: la Ray Ban esas que todo, todo, el mundo se pone.)

 

Lo han dado palo sin misericordia. Han barrido el piso con este pobre tipo. Todo lo que sea hipster es una tontería. Nada bueno puede venir de un hipster. ‘Mucho hipster, qué boleta’, dirán cuando lean este artículo. Hay una página de Internet llamada Look at this **bleep**ing Hipster que sube fotos de gente estúpidamente vestida y la gradúa de hipster. Y como ese, innumerables blogs han invadido la red con sus creativas burlas de los hipster, como Unhappy hipsterHitler Hipster o Stuff Hipsters Hate. Hace un mes publicaron un video en esa misma línea, Being a Dickhead is Cool, que ya tiene más de cuatro millones de visitas en You Tube. Robert Lahman, creador del necesario blog neoyorquino Free Williamsburg, se hizo famoso con un libro titulado La guía del hipster, a punta de hacer descripciones cómicas de las idiosincrasias de un hipster: que se pone la ropa de la mamá, que no tiene un gota de grasa, que no tiene amigos de derecha. Parecido fue lo de Sebastián Zuleta en Exclama, con un artículo titulado “Anatomía del Chapiyorker”, en el que trajo la discusión al contexto bogotano: que un Chapiyorker es la versión criolla del hipster neoyorquino y que hace las mismas pendejadas con las que los encasillan en Estados Unidos: preocuparse por la ropa, trabajar freelance, fumar cigarrillos no convencionales. La verdad es que es chistoso, porque nos estamos burlando de un personaje que vemos todos los días montando en su bicicleta de segunda, con una boina escocesa y medias de rombos. El Espectadortambién puso su granito de arena este fin de semana, con un artículo que, a pesar de hacerlo con citas y en tono balanceado, se quedó en la misma teoría: el hipster es un desinteresado; un hijo de papi que no va a cambiar el mundo.

 

Pero nos hemos quedado ahí: en la banalización de un personaje que, si bien tiene sus frivolidades, es parte de una generación que le ha traído al mundo cosas importantes. Hay que reivindicar al hipster. Hay que, al menos, decir que no sólo se trata de un niño rico irreverente y deprimido. Porque se trata, también, de un fenómeno cultural como cualquier otro, con sus pros y sus contras.

 

Entonces: ¿qué es un hipster en realidad? ¿qué tiene de bueno un hipster?

 

Lo primero es que no hablamos ni de un movimiento ni una corriente de pensamiento. Un hipster, primero que todo, no se considera hipster. Tampoco se considera nada. Se considera, más bien, una persona que no está encasillada en ismos. Y sí, eso suena chlichesudo e iluso, pero, si lo miramos bien, también es una respuesta con argumentos a todo lo que nos dejó la Guerra Fría y la era Bush. Es una forma de ser y de pensar. Porque salimos, por fortuna, de un siglo XX marrullero, como diría Serrat, lleno de absolutismos e ideas totalitaristas, donde uno era una cosa u otra: liberal o conservador, católico o musulmán. Era el mundo del ‘nosotros’ contra los ‘otros’. Pero llegó el Internet, llegó Obama, con sus ventajas y desventajas. Llegó la necesidad de ser un poco más libres. Del derecho a equivocarse y a no ser parte de ningún bando. De escuchar antes que hablar. Y eso, más que un problema, es un atributo del pensamiento con el que perfilan al hipster.

 

Por eso hipster no es hippie. Los hippies tenían un discurso y se consideraban una colectividad. ‘Hipster’, en cambio, es un término peyorativo que le pusieron a un miembro de la generación que está en sus veinte en este momento. El hipster no tiene discurso, porque prefiere no encasillarse, y tampoco hace reuniones con más hipsters para sentar las bases ideológicas del movimiento. El hipster, por el contrario, recoge, individualmente, las cosas que le importan de cada tendencia global, porque está educado por el Internet y la televisión, y esa es su identidad: ecléctica, diversa, abigarrada. Cosa rescatable.

 

El estereotipo del hipster lo gradúa como un fenómeno pasajero, sin raíces históricas ni futuro prometedor. Pero hay otra forma de verlo: lo cosa se viene gestando desde la apertura liberalizadora de los sesenta, la globalización de una cultura popular en los ochenta y la irreverencia y creatividad de los noventa. Y tuvo su punto crítico en el cambio de siglo, con la llegada del Internet y una sociedad más global y camaleónica. Hablamos de la generación educada en la primera década del siglo XXI.

 

Una de las tantas razones por las que despotrican de los hipster son sus gustos, como si estos, a pesar de ser lugares comunes, como todos los gustos, no fueran absolutamente legítimos. En arte los limitan a Mondrian y Warhol, como si semejantes figuras no hubiesen revolucionado la historia del arte. En cine con Spike Jonze, Sofia Coppolla, Wes Anderson y Gondry, como si esa tendencia de cine independiente gringo no hubiese sido un refresco que Hollywood necesitaba. En música los encasillan con Velvet Underground y David Bowie, como si Lou Reed y Bowie no fueran ejemplos de genialidad.

Además, se dice mucho que los hipsters son pura universidad pagada por papi y nada de frutos. Que “las aspiraciones de un hipster son más creativas que revolucionarias, y sus métodos más sospechosamente light que académicos”, dice Zuleta. Cierto es, sin embargo, que los hipsters son de esas personas que estudian dos carreras, como arte y filosofía, y terminan trabajando freelance, precisamente para, una vez más, no circunscribirse a nada.

 

 

La revista New York dedicó una portada al fenómeno musical que explotó este siglo en Brooklyn, Nueva York, y que recuerda a los mejores años dylanescos de la ciudad, cuando la mejor música del mundo venía de ahí. Hercules and Love Affair, MGMT, The Strokes, todos son grupos que se acomodaron al internet y lo sacaron adelante con buenos conciertos. De paso, también se acomodaron a la música electrónica y reinventaron el rock, como Arctic Monkeys, Arcade Fire o Franz Ferdinand. La música hipster –como el Indie o el trip hop– es tan relevante como la música hippie.

 

En literatura los reducen a Palahniuk o Cormac McCarthy, como si estos novelistas no hubiesen rediseñado la ficción norteamericana. Y en filosofía, siempre es Foucault y sus secuaces, quienes, mal que bien, hicieron cuestionamientos que bajaron de la nube a muchos filósofos absolutistas, kantianos.

 

¿Y qué del internet? El hipster siempre está conectado, con su Mac en algún café de comida orgánica o desde su iPhone. The New Yorker publicó esta semana un perfil sobre Nick Denton, el presidente de la publicación en internet más grande de Estados Unidos, Gawker Media. Es un conglomerado de blogs sobre entretenimiento, política y chismes con un tono muy particular: sarcástico, mordaz, burlón. Es la típica publicación con la que estereotipan a un hipster. Y, sin embargo, es un ejemplo de periodismo novedoso e inteligente. Y exitoso. “Denton es el hipster –dice el perfil– que se vuelve, sin escrúpulos, un promotor”. Los hipsters, con sus sombreros raros y zapatos del siglo antepasado, manejan todo lo que uno lee en Internet hoy en día. Gracias a ellos, es decir, hoy tenemos más opciones de lectura diferentes a El Tiempo. ¿Mark Zuckerberg, el presidente de Facebook, el de la recontra afamada película The Social Network? Hipster. ¿Los niños de Google? Hipsters. ¿El de Napster? ¿Los de Twitter? ¿Perez Hilton? Todos hipsters. ¿Steve Jobs, por qué no? Hipster.

 

El hipster, si bien habitante de alguna ciudad grande del mundo, lleva una vida de aldea. Sale en una bicicleta con canasta, compra sus víveres en el mercado orgánico de la esquina, es amigo del barman en el taberna de la cuadra y va a fiestas underground en bodegas del barrio. Barrios como Bricklane en Londres, Williamsburg en Nueva York, Friedrichshain en Berlín o, bueno, Chapinero en Bogotá, son lugar de interacción entre los hipsters, con sus librerías vintage y sus talleres de bicicletas con café e internet inalámbrico. Es una vida mundana, sin pretensiones industriales, que busca ser más amigable con el medio ambiente. Y ese es otro punto a favor de los hipsters.

 

Esta generación de individuos también ha tenido sus frutos en Colombia, con su tono crítico y escéptico, con su creatividad mediática y un humor inspirado en Seinfeld y Family Guy. Cosas como La bobada literariaEl pequeño tirano, la Hoja BlancaExclamaCartel urbano, entre muchos, son manifestaciones de creatividad e innovación. Ellos son hipsters. Y también todos los músicos que hacen parte de la ola de música fusión, como Sidestepper, La 33 y Bomba Stereo. Todos hipsters. Así como Simon Brand, Javier Mejía o Carlos Moreno, directores de una nueva generación de, sí señor, hipsters. ¿Estoy metiendo mucha gente desigual en el mismo bulto? Pues claro: de eso se tratan las generalizaciones. Lo mismo es el bulto de los hipsters: un estereotipo al que decidieron meter a toda la gente joven de hoy en día; a toda una generación.

 

Evidencias como las anteriores, en escenarios distintos, demuestran que el fenómeno de los hipsters no es tan grave como parece. O que, al menos, no es sólo trivialidad, como se piensa. “El hipster –dice Rob Horing de la revista N+1– es el hombre que nos alarma de quedarnos quietos en una identidad particular, que nos avisa de las nuevas tendencias, que nos insita a estar consumiendo más creativamente y descubriendo nuevas cosas que no se han vuelto aburridas o, de hecho, que no se han vuelto hipster”.

 

Basta ya con la alharaca contra los hipsters. O, bueno: que no cese, pero que se sepa que no es solo chabacanería. También hay creatividad y argumentos. Y tampoco es que yo esté hablando por los hipsters y defendiéndolos. Porque no hay nadie a quien defender. Porque, como decía, no hay nadie que se sienta hipster en sí. Ninguna persona que esté en sus veintes en este momento en una ciudad cosmopolita le va a decir que es hipster. Porque su generación, uno de sus rasgos determinantes, no está identificada con nada, con ningún discurso o pensamiento. No es nihilismo o anarquismo. Es simple escepticismo. Un hipster, en realidad, no es un hipster. Porque el término se lo pusieron otros, burlándose de sus características. Las cuales, si bien particulares, no son estúpidas. Al contrario.

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