Para concluir con la segunda parte del Lado oscuro de la luna, le pedí  a mi amigo Gualdron que escribiera sobre el sexo y las razas,  sobre el sexo en blanco y negro al mejor estilo cinematográfico  clásico .  Pero el fue más allá y  redactó su historia   en colores,   sexo en colores.

 

POR LUIS CARLOS GUALDRON .

 

Sex is love, love is sex. Eterno dilema que incomunica a hombres y mujeres. Los hombres creemos que después de un buen polvo ellas quedan enamoradas, ellas creen que para que haya un buen polvo debe existir primero el amor. La banda alemana de rock  llamada Rammstein reencaucha una canción espectacular con el siguiente título: "Sex is a battle, love is war" (el sexo es una batalla, el amor es guerra') original de los Orgasm Death Gimmick. Debo decir que en mi vida gané muchas batallas pero nunca gané la guerra, esta es la historia:

 

Era una bella mañana de diciembre, las sombras coloreaban los pasillos del Colegio. En los jardines el amarillo me sonreía con intensidad, el azul jugaba a ser cómplice de mi audacia, el rojo despuntaba la pasión primeriza y el verde me acompañaba en el heroico camino de la conquista, del primer beso, de su piel contra la mía y el contorno de su cintura entre mis brazos, sus manos entre las mías y el juego inquieto de su cabello. El sol bogotano calentaba mi corazón, impulsándome con valor al asalto romántico de aquel primer amor. Finalmente la vi venir. Todo o nada, aquí me la juego, ya no hay retorno, el pulso a mil, Zico parado frente al balón sentenciando la última oportunidad de Brasil en el mundial 82.

 

Las palabras me salían con dificultad, pero su mirada, estudiada desde meses atrás, me daba la confianza suficiente para intentar un beso, el soñado, no el robado, el de las películas de la Paramount o la Metro Golden Mayer. Fue entonces cuando el Discovery de mi  ilusión estalló en mil pedazos, cayendo desde el cielo azul,  pero sin testigos, al mundo no le importó, a ella tampoco. Hay frases lapidarias que nunca se olvidan, ésta para mí fue una de ellas:

 

Está loco? -preguntó ella-, entre aturdida y sorprendida-, ¿como nos veríamos usted y yo cuadrados ?  “You are so beautiful”, “Love Story”, “Grease”,  “Lionel Richi”, “los Bee Gees”, “los Beatles”, “Porky's” todo se fue al carajo esa mañana cuando ella, la niña bella de ojos claros, 15 años y cabellos rubios sentenció el fin de mis pretensiones amorosas, first love que moría sin haber nacido, el aborto de un sentimiento naciente en aquel adolescente negro de 16 años, ingenuo e inocente que era yo; y los colores simplemente dejaron de brillar.

 

Y es que se necesita ser muy inocente o muy imbécil para creer que el amor puede tumbar las barreras raciales en un país como Colombia, anclado en la estupidez de todas las violencias posibles, y el racismo es una de ellas. Que bello sería poder hablar de sexo de colores. Haz el amor y no la guerra, consigna pragmática del hipismo norteamericano que marcó la década más digna que ha tenido la humanidad, a mi parecer y con todo respeto, los 60’s.

 

Sigamos estimado lector. La linda rubia a la que siempre le brillaba la mirada cuando me veía, que lloraba por mí en silencio por no poder quererme, simplemente se alejó, indiferente, con la frialdad del asesino que abandona la escena del crimen tras despedazar a su víctima.

 

Gracias “first love”, siempre has sido y serás un fantasma en mi vida. Te doy las gracias para sentirme digno, finalmente creo que la dignidad es el refugio de los perdedores, qué más da.

 

Dicen que el tiempo lo cura todo. Mentira, a mí nunca me curó. Tiempo después, en mis primeros días de universidad -la Javeriana, paraíso terrenal- conocería a una bella mujer - también blanca- de ojos claros y una mirada preciosa que invitaba a enamorarme. Pensaba en ella en las noches, dibujaba estrategias de conquista, nunca la besé: el miedo paralizante ahogaba mis instintos, el chip de la confianza  había sido desactivado.

 

Huí de ella, recorriendo las calles pérdidas de una ciudad que presta las máscaras que necesitamos para olvidarnos de quiénes somos y ahogar así  el dolor de las ausencias. El tiempo pasó, el implacable destino académico de la universidad abrió  nuestros caminos y no la volví a ver, pero jamás olvidé esa mirada. Tal vez faltaron unas pocas palabras, -me gustas- hubiera sido suficiente. Martin Luther King alguna vez dijo – I have a dream- tengo un sueño, y aún retumban en la memoria colectiva de la raza negra, su fuerza convertiría años mas tarde a Barack Obama en el primer  presidente negro de los EE.UU de América. Cuantas palabras han faltado en mi vida y cuantas se  hubieran necesitado para encontrar aquel amor perdido en la distancia del tiempo y del olvido.

 

Años más tarde, me volví a encontrar con la niña First Love, sí la del Colegio -estimado lector-,  fuimos a un bar a tomar unos tragos, fumamos y bebimos durante un buen par de horas, en medio de un vacío total, ninguna referencia a aquel hecho que había marcado mi vida. Borrado deliberadamente de su memoria, sin siquiera exponer razones, y de la mía por la castrante resignación que no me dejaba dar puntada al tema.

 

Las horas que pasamos juntos esa noche se diluyeron entre temas intrascendentes, recuerdos ajenos, anécdotas de otros, historias de amores excluyentes, mientras al fondo Silvio, Pablo y Lerner me recordaban que el amor  no es para todos, sólo Dios escoge unos pocos ungidos por la felicidad suprema de sentir que la muerte no existe. Y a mí, desde el vientre materno, la vida  me anunciaba que no era uno de los elegidos.  

 

Si Sartre, Neruda, o Rousseau hubieran visto aquella escena de olvido y desamor  hubieran enloquecido de indignación ante el imaginario de lágrimas, gritos desgarradores, orgasmos extasiados, venas cortadas, suspiros profundos del alma atormentada, versos inolvidables escritos en largas noches de vigilia, todo convertido en putrefacción pura de dos almas separadas por el color de su piel.

 

Poco a poco fue  llegando el final de aquella cita del destino con el infortunio y  como en aquella lejana mañana, ella, rubia y esbelta, desapareció, soberbia y distante, en la oscuridad de la noche, con un adiós para siempre, sin saber, claro está, que sólo Dios es dueño de la eternidad, el amor y el destino.

 

Pero…don’t worry amigos. La Naturaleza en su infinita sabiduría creó al Steve Jobs del Reino Mágico del Sexo de Colores. Ante el desamor, el rechazo y el olvido de una mujer, arrodillémonos y de manera respetuosa pero con fervor rindamos culto al Dios Onan, gracias señor por el  maravilloso e infinito don  de la imaginación.

 

Pour les enfants de la patrie, avanti cavalieris, por una batalla más, vamos!

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