Odio los aeropuertos. Me caen gordos no porque no me guste viajar, o porque le tenga miedo a los aviones, mucho menos porque sea una paranoica que cree que le van a meter drogas en la maleta y va a terminar en la cárcel siendo inocente. ¡Ni siquiera me molesta el espectáculo de las familias que reciben a sus seres queridos con letreros, llantos, cantos y hasta mariachis! La verdad es que detesto los aeropuertos por culpa de las comedias románticas.

 

29 años  esperando que llegue un príncipe azul a mi rescate. ¡La bella durmiente, Rapunzel, Julia Roberts y Meg Ryan  tienen la culpa!.  -“Me marcho para poner tierra entre nosotros. He decidido que voy a olvidarme de ti de una vez y por todas! Me voy y es en serio” - he anunciado con voz decidida y lágrimas en los ojos, por supuesto, con la única intención de que llegue el susodicho al vetusto aeropuerto El Dorado  corriendo con flores para pedirme que me quede. Lo imagino con cara de Hugh Grant “convenciendome” de enfrentar al mundo para darle rienda suelta a nuestro amor. BAH! Eso no pasa. Así no funciona el amor en la vida real donde no hay elipsis de tiempo ni bandas sonoras motivando a los protagonistas.

 

Muchas veces nos pasa que por andar esperando al hombre que construimos en nuestros sueños, dejamos escapar personas reales. A mí por ejemplo,  la vida me puso una prueba que  casi  pierdo. Llegó en empaque  `cara e verguita´, con cargo de ejecutivo, hablando de sus desventuras en el amor. Estuvo sentado en mi mesa por lo menos media hora, y sólo lo oí hablar de su ex, de su corazón roto, de sus intentos frustrados por volver con ella…  y luego me pidió mi PIN. ¿Y Cómo para que lo querrá? –pensé- Si está buscando una novia flotador, debe irse enterando de que ese término ¡me lo inventé yo!  #AOtroPerroConEseHueso… Pero como soy mucho más osada en mis pensamientos que en mi discurso, quedamos conectados por el bb.

 

 Hoy admito con algo de vergüenza, que fui indiferente a sus cortejos durante meses. Este hombre que ese día percibí como el Rey del Despecho, empezó a sorprenderme con los detalles más curiosos, las invitaciones más inesperadas, las cartas más sentidas que jamás yo hubiera recibido. Poco a poco la antipatía que sentí se convirtió en admiración, luego nos hicimos amigos, y hasta le dije queriendo ser muy sincera, que no se esforzara en conquistarme, que yo NUNCA le iba a parar bolas. Creo incluso que use la trillada frase: “No eres tú, soy yo”, y a pesar del ridículo cliché,  ¡perseveró!

 

Entonces un día de angustias y tristezas lo vi. Llego a mi casa a rescatarme sin que ninguno de los dos supiera que lo estaba haciendo. Claro,  había mirado sus ojos claros y sus cachetes colorados muchas veces, pero no lo había observado en realidad. De repente, como si se iluminara una chispa interior, como si Cupido lanzara la flecha, apareció distinto ante mis ojos. No fue un gusto adquirido, no fue algo aprendido ni forzado. Fue un botón que se prendió (como ese comercial: con Pharmaton, sin Pharmaton)  Un chispazo y entonces, nada volvió a ser como antes. Incluso, podría jurar que sonó una sinfonía en mi cabeza. 

 

Tal vez, como en las comedias románticas, el amor es cuestión de esperar el momento preciso: una mirada real que descubre a un hombre sensible, inteligente, talentoso y entregado. Valorar  a ese ser que te cree a pesar de tus errores y no te juzga aunque el mundo diga lo contrario. Entregarse, dejarse ir, sentir las mariposas en la panza, hacer el máximo esfuerzo para hacerlo feliz. El amor llega y uno descubre que no existe lo cursi, y SI, se parece a las películas. Te alcanza como una epifanía, una revelación, un instante precioso en el que descubres todo eso y más, donde solo veías a un `cara e verguita´ despechado.

 

http://www.youtube.com/watch?v=wDZUfGBUSeY&feature?=related

Escena final de Love Actually en Heathrow Airport

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