Vivir solo tiene sus ventajas. Uno decide qué compra en el mercado, qué come y a qué horas, qué programa de televisión ve, cuándo apaga la luz y con quién se acuesta.

Pero tiene sus desventajas también. Como no hay con quién pelear ni hay necesidad de compartir espacios ni ceder en cosas, con el tiempo quienes vivimos solos nos volvemos egoístas.

Yo soy terriblemente egoísta. Y compleja. Y mañosa. Odio encontrarme un pelo en la ducha, odio que dejen sucio el tubo de la crema de dientes, odio ver platos sucios en la cocina.

Cuando quiero dormir, duermo y cuando quiero leer, leo, y me parece difícil tener que apagar la luz y hacer silencio porque hay una persona a mi lado a quien le cuesta trabajo conciliar el sueño si el cuarto no está en una absoluta oscuridad.

Ahora que salgo con alguien, y aunque este tipo es relativamente fácil de llevar, hay momentos en que me desespera. Se puede acostar en una cama destendida como si nada (yo no puedo ver mi cama destendida porque me da asco), o dejar platos sucios durante días porque le da pereza lavarlos. Es capaz de comer en la cama y de no lavarse los dientes por las noches. Y créanme que hago un ejercicio diario de tolerancia, porque yo no soy así.

Tengo otros defectos terribles, con los que él convive también, claro. Sufro de insomnio, entonces leo hasta altas horas de la noche. Cocino cuando me da hambre, lo que significa que puedo hacer gambas al ajillo a las tres de la mañana. Me demoro horas en la ducha y gasto el agua caliente…

Las relaciones humanas, a medida que crecemos, son más y más enredadas. El otro día un lector me decía algo que yo ya había sentido pero que me costaba trabajo expresar con palabras: cada día da más pereza conocer gente.

Como yo no puedo hablar por los demás, lo digo en mi caso. Me he vuelto huraña. Mis condiciones para empezar a salir con alguien son más y están mejor definidas que hace cinco años, y ni se diga cuando empezamos a tener sexo o a dormir uno en casa del otro.

Ceder me cuesta trabajo. Ceder en una discusión, ceder mis espacios, ceder mi libertad. Tener que acomodar mi agenda para que podamos estar juntos implica necesariamente menos noches de tele tranquila, menos rumba con mis amigos, menos tiempo sola.

Pero mientras escribo esta diatriba, me doy cuenta de que no todo es terrible. Estar acompañada implica también muchas más comidas románticas, más jacuzzis con champaña, más “arrunches” y definitivamente mejor sexo.

Somos cada vez más egoístas. Necesitamos cada vez más una independencia y una soledad. Y en el camino nos olvidamos de que estamos perdiendo tal vez lo único bonito que tiene nuestra neurosis, que es poder compartirla con alguien que se la aguante.

Escríbeme a lola@soho.co

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