Siempre termina ocurriendo. Digo, no a mí, a todos. A todos nos pasa que un día, con muchos tragos encima, conversando con un amigo, llorando a un ex, una cosa lleva a la otra y todo acaba mal.

Hace ya un buen tiempo salí a almorzar con un viejo amigo. Acababa de terminar con su novia y yo quería consolarlo. Comimos delicioso, tomamos mucho vino y decidimos irnos para su casa a que llorara con tranquilidad.

Una vez allá, abrimos una botella de whisky, seguimos tomando trago, nos metimos a la cocina, experimentamos una receta con papas y cebolla y continuamos tomando y hablando hasta que llegó la media noche en medio de una charla un poco más trascendental.

Ya no hablamos de su ex novia, ni de mis ex novios, sino de nuestra amistad, de viejos recuerdos, de los primeros años en que nos conocimos. Nos reímos, nos abrazamos y luego nos empezamos a besar. Cada tanto, uno de los dos paraba y se preguntaba en voz alta qué carajos hacíamos, pero el instinto podía más y terminamos comiéndonos y haciéndonos promesas de no dañar nuestra amistad, de “es solo por esta noche”, en fin.
En algún momento de la madrugada abrí los ojos sobresaltada y me vestí para irme a mi casa. Mi amigo me dijo, entre sueños, que me quedara un rato más, pero yo no era capaz de estar ahí ni un segundo. Lo miré y supe que habíamos hecho algo malo, me sentí terriblemente incómoda de estar ahí y me fui.

Al día siguiente, me desperté con un hueco en el estómago. Aparte del dolor de cabeza, de las náuseas y de un hambre incontrolable que siempre me da cuando tengo guayabo, tenía asco. Recorría su cuerpo con mi mente y pensaba en todos sus defectos: un pelo donde no debía estar, un lunar color ladrillo bajo su tetilla derecha, un ombligo con una forma rara, un pipí demasiado flaco… ¡Y era mi amigo, por Dios! El tipo que me contaba que se había comido a una vieja o al que yo le decía que había conocido a alguien que me había gustado.

El guayabo moral no me dejaba respirar. En otras circunstancias yo lo habría llamado a él, en calidad de amigo, a contarle. Esta vez me tocó recurrir a una mujer. Una de mis mejores amigas vino a consolarme.

Con el paso de los días, me di cuenta de que había perdido un amigo a cambio de nada. Ni él ni yo éramos capaces de llamarnos. No podíamos ni siquiera vernos. En la primera fiesta que tuvimos, unos 15 días después del incidente, no estuvimos juntos; escasamente nos saludamos.

Los efectos del guayabo hacen que todo se vea más grave al día siguiente, pero a medida que disminuía la intensidad de los recuerdos y el asco, lo que quedaba era un poco de miedo a enfrentar lo que ocurrió. Al final, yo fui quien llamó. Me invité a su casa, me tomé un café y le pedí que habláramos de eso. Poco a poco, mi amistad volvió a ser la misma, o casi, porque ahora, cuando me cuenta sobre sus polvos, yo no puedo evitar pensar en su cuerpo, que conozco bien, y seguramente él también lo hace. Es por eso que cuando hablamos de sexo, luego miramos hacia otro lado y hacemos silencio… solamente un par de segundos, algo casi imperceptible, pero silencio al fin y al cabo.

Escríbeme a lola@soho.com.co

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