Hay dos tipos de viajes "todo incluido", ambos igualmente detestables: en unos toca encerrarse en un hotel-cárcel-clínica de reposo que todo lo ofrece, y en otros se lo llevan a uno a conocer 23 ciudades del mundo en dos semanas (sí, ciudad y media cada día). Parecen ser los extremos opuestos de las posibilidades vacacionales —entre emborracharse con piñas coladas en una playa y chulear en un mapa las cien ciudades que se conocieron—, pero en esto de los "todo incluido" los dos extremos son lo mismo: vacaciones en las que no toca tomar decisiones autónomas. Que otro decida por mí a dónde voy, qué conozco, qué me como y qué me tomo, y que también escoja una camiseta hecha en China que diga "Mi hijo estuvo en (insertar nombre de ciudad) y me trajo esta linda remera" para llevarle de regalo a mi mamá. Irse de vacaciones en un "todo incluido" es querer ser el borreguito estúpido que sigue a un guía con una banderita de colores y a quien obligan a ponerse una cachucha verde fosforescente con un logotipo —o por lo menos una manilla de hospital, o una etiqueta en el dedo gordo del pie izquierdo—: yo prefiero perderme antes que andar con un letrero en mi frente, es más, nada mejor para conocer un lugar nuevo que perderse en él.

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