Hace unos trece años, un amigo piloto me contó que había un grupo de ciudadanos chinos que venía cada cierto tiempo a Bogotá a comerciar en exportación de pescado, y que probablemente yo podría enseñarles español y ganarme unos pesos. Así conocí a Xia Xijuan, uno de los alumnos más avanzados del grupo. Conmigo aprendió a hablar muy bien nuestro idioma, aunque yo no aprendí nada de chino. Él era muy detallista. Solía quedarse en Colombia por temporadas de ocho meses, y cada vez que se iba y regresaba, me traía finos perfumes de París, donde siempre hacía escala. Fue ese espíritu detallista el que me llevó a enamorarme de él.

Nuestro primer beso fue muy tímido. Él no sabía besar y su cultura lo obligaba a ser muy respetuoso, rayando en la timidez. Luego de seis meses tuvimos nuestra primera oportunidad de estar a solas. La primera vez todo me resultó muy difícil porque él solía bañarse cada ocho días, y los dientes también se los lavaba con poca regularidad. Viniendo de un país tan superpoblado como China, tenía la concepción de que el agua había que ahorrarla como un bien sagrado. Además, vivía en un penthouse en el Chicó con al menos cinco coterráneos más, en un apartamento donde el desaseo era una cosa impresionante. Fueron meses de lucha para convencerlo de ser más aseado en todo sentido, lo que finalmente logré.

Son muchos los mitos que se tejen alrededor de los orientales, y lamentablemente me veo en la obligación de decir que, según mí experiencia, sí es verdad eso de que lo tienen chiquito. Además, no estaba acostumbrado al ritmo latino y le faltaba poco para ser lo que llamamos un eyaculador precoz. Él me explicaba que en el trópico éramos más especiales y cariñosas, y él estaba acostumbrado a una especie de sumisión o de frialdad de sus mujeres, así que se emocionaba demasiado conmigo y todo terminaba de forma muy rápida. Pero como todo en esta vida puede mejorar si hay diálogo de por medio, logramos por fin acoplar nuestros ritmos para tener una sexualidad más satisfactoria.

Varias veces me pidió Xia Xijuan que me casara con él, pero eso me hubiera representado irme a vivir a otras latitudes, demasiado lejos de mi hogar y de lo que quiero, mi gente y mi país. Además, me hubiera tocado vivir en la parte de China donde solo permiten tener un hijo por pareja. Así que no acepté. Preferí quedarme. Hoy trabajo, veo por mi hogar y soy madre de un niño de nueve años cuyo padre es un hermoso colombiano. Mi historia de amor con un oriental quedó en mi vida como un capítulo más.

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