Toca asumir que uno no tiene mamá, hermana, tías o primas, que toda mujer es un objeto sexual, apenas un pedazo de carne sin alma, para hablar indiscriminadamente de vaginas sin sonrojarse y al mismo tiempo lograr una erección parcial.

Da lo mismo clavarse a una anciana de setenta años que a  una presentadora de farándula; la cuca, chucha, concha, coño, raja o chocho de ambas, salvo leves variaciones, son el mismo hoyo caliente y húmedo, así que el placer radica en cómo sé ve, se mueve y suena eso que se llama cuerpo y que viene pegado al susodicho hoyo. Es decir, y no estoy diciendo nada nuevo, el sexo está en la cabeza y no en la cabecita.

No importa cuántas hayamos probado, no conocemos las vaginas, nos confunden dudas tan simples como si es mejor masturbar a una mujer metiéndole el dedo o simplemente frotándola por fuera, menesteres básicos que ellas conocen a la perfección y que nos han de haber explicado miles de veces. Eso sin meternos a hablar de intangibles como el clítoris y de leyendas como el punto G. Es inútil, el arrendatario no pone en el inmueble el mismo esmero que el arrendador.

Pero no es esa la única cuestión que nos desvela. ¿Cómo hace una tailandesa para que su vagina lance dardos, fume y tome cerveza sin que le dé cáncer y cirrosis? Son tan indescifrables, tan intimidantes, que hay hombres que eyaculan precozmente con solo rozar una que ni siquiera puede hacer gárgaras de agua.

Eso sí, bonitas no son. No en vano casi siempre las representan en los libros con un diagrama, porque en foto —lateral o frontal, depiladas o peludas, abiertas o cerradas­— pueden quitar las ganas de vivir. No todas pueden ser como las de Playboy, huérfanas de pelos y generosas en photoshop. Y ni hablar del olor. Dicen que son como una flor, pero ya quisiera cualquier vagina oler a lo que huelen los jazmines durante el rocío mañanero. Más bien tienden a despedir un olor fuerte, especialmente después de "el mañanero".

Y así como hay tetonas, también hay cuconas. Las mujeres no compran ropa para resaltar tal parte de su anatomía, pero si uno observa con cuidado podrá descubrir en la entrepierna del pantalón, forrados, una réplica de los labios de Mick Jagger, como si el Rolling Stone hubiera estampado allí un beso indeleble. Ya si tenemos la fortuna de quitar el pantalón, podremos encontrar a manera de corona un corte tipo bigote de Hitler, cresta de Mario Baracus o (Dios nos libre), cabellera de Pibe Valderrama. En fin, toda una constelación de celebridades.

Pero amamos los coños, es como si tuvieran un imán. Solo así se explica que fallemos un tiro seguro en un inodoro de treinta centímetros de diámetro, pero tengamos una precisión quirúrgica a la hora de explorar una cavidad de apenas tres centímetros. Tres de diámetro, porque la profundidad, en promedio, es de diez centímetros, lo que quiere decir que las dimensiones de la verga son un mito o que las vaginas son muy flexibles. No indague y escoja la segunda opción.  

Sacarle orgasmos puede no ser fácil, y nunca sabremos si son reales o fingidos. Pero una vez se mete la llave correcta, el chorro no se puede cerrar. Entonces ella, entre agradecida y hambrienta, se entregará fácil y repetidamente. Una mujer no puede fingir que su cuca está mojada, sencillamente no puede.

Pero lo mejor de todo es que son mágicas. Un día entra un pedazo de carne con apenas tronco y cabeza y nueve meses después vuelve a salir, esta vez con pelo, extremidades, cara y hasta capaz de hablar; algo que ni la mejor de las strippers tailandesas sería capaz de hacer sin ayuda de un hombre.

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