Costeños, paisas, santandereanos, caleños, chocoanos, pastusos, llaneros o boyacenses manejan mejor que cualquier hombre del planeta —y conozco bastantes— el instrumento que más deleita a las mujeres: el pene. Los colombianos son especialistas en las artes sexuales. Me atraen el erotismo, la pasión, la sensualidad que desbordan, la morbidez, la delicadeza y la concupiscencia de unas manos fuertes, unidas a los besos húmedos, largos y apasionados de los hombres de mi patria. Reconozco a un colombiano en cualquier lugar del mundo y lo digo sin dudar: es el mejor latin lover. Aquí, algunas razones:

a. Desde la primera mirada lo reconozco, no importa el lugar y la hora, ya que los ojos masculinos colombianos pueden seguir con facilidad la cadencia de mis senos al pasar, los ojos de un colombiano pueden mirar sin recato mis nalgas prominentes y estas miradas van acompañadas de un piropo difícil de olvidar.

b. Para mí un buen bailarín es un buen amante, así que nunca tienen polvo malo porque todos son excelentes bailarines. Salir a la pista de baile por un vallenato de esos que hacen ‘brillar chapa’, o una salsa romántica, propicia una erección que aprovecho para calibrar el largo que más tarde hará maravillas dentro de mi vagina.

c. Como parámetro tengo la siguiente pregunta: ¿qué talla de zapatos usa? Pero no para comprar, sino para imaginar los centímetros que posiblemente entrarán en mi boca o vagina, para las poses más básicas. Esto es una utopía, pero me excito con solo pensarlo.

d. Rápidamente este latin lover me complace murmurando a mi oído lo buena que estoy, enumera lo que en tan poco tiempo ha logrado ver en mí, y sus manos comienzan un viaje por mis muslos y caderas que termina en el “vamos a un lugar más privado”. Hombres colombianos: este paso demuestra lo caballerosos que pueden ser, pero en mi concepto prefiero oír palabras sucias y excitantes que desaforen mi libido.

e. Besar a un colombiano eriza cada poro de mi cuerpo y calienta los labios de mi vagina al punto que deseo una penetración inmediata, el juego de caricias que se desata hace que la temperatura del momento suba como si no tuviera final. Mi goce personal tiene besos en la boca al tiempo que en la vagina, lengua en mi lengua y lengua en el clítoris: eso es solo posible con dos complacientes colombianos.

f. Hasta que llegamos a la penetración, momento sublime de notar por qué Colombia es más que pasión, tienen el falo a la medida ideal que en el mundo se debe imponer: un pene erecto, fuerte, grueso y venoso tiene el sello de la patria que me vio nacer, no importa el cuerpo que este amante tenga, todos, sin excepción, dejan alma, vida y sombrero y nunca se cansan de complacerme.

g. Yo me deleito con dos colombianos al mismo tiempo, pero no porque uno no sea suficiente, sino que en mi caso, estar en mi patria es cosa de pocos días, así que el tiempo apremia. Y no muchos se le miden a esta bacanal, porque como buenos dominantes colombianos no quieren compartir. Pero los que me complacen en esta desmesura, revelan ese ritmo cadencioso colombiano que llena mi boca y mi vagina al mismo tiempo, y sin ningún recato me penetran doblemente, que es mi mayor deseo.

h. Me gusta de los colombianos las palabras que usan en el sexo: “Mamacita, qué rica la tienes, quiero chupártela toda, me encantas” (así solo me hayan visto unas horas antes).

Amo de los sementales colombianos la iniciativa de encontrar sexo en cada momento del día, de estar a la búsqueda de una oportunidad que se puede dar en el baño de una oficina, de una tocada de nalgas en un ascensor, de introducir los dedos en la vagina de su acompañante en el cine, de fantasear con su secretaria en la sala de juntas, de llevarla al mar para tener la coyunda más húmeda del día, de estar en una feria y buscar un rastrojo para un polvo o, como mucho, una sencilla cama.

Un colombiano nunca pregunta ¿ya te viniste? No, porque él ya lo ha notado.

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