Queridos miembr… perdón: queridos socios de Unmapol:

Nos hemos reunido en este viejo motel convertido en restaurante de comida japonesa para celebrar el cuadragésimo aniversario de nuestra organización. Parece mentira que se cumplan ya cuatro decenios de aquella tarde en que decidimos fundar la primera asociación de normalización sexual, que más tarde se convirtió en la Unión Nacional de Malos Polvos.

Éramos pocos. Pero éramos valientes. Estábamos decididos, en estos tiempos que premian la hipocresía sexual, a poner al sexo en su sitio. ¿Dónde queda ese sitio? Ustedes lo saben muy bien, porque la propia naturaleza nos lo dice en una de las más luminosas lecciones de ética anatómica: ni tan arriba, ni tan abajo: en el justo medio.

Sí, queridos socios de Unmapol: ni tan arriba que no se te aparte de la cabeza, ni tan abajo que lo desprecies y pordebajees. Si la naturaleza hubiera querido que pensáramos todo el día en el sexo, como ocurre con muchos conciudadanos atenazados por la sociedad de consumo sexual, pueden estar seguros de que lo tendríamos en la cabeza. Literalmente. Colgaría de la nuca, o hendiría el cráneo en dos. Sobra decir que ello habría obligado a un rediseño absoluto del arte de los sombreros. Pero aun así, las tendencias animales y competitivas del ser humano desequilibrado lo habrían conducido a nuevas formas de exhibicionismo:

"Mi sombrero es más grande que el tuyo…"

"Yo lo tengo tan gordo que necesito cubilete…"

"La desvergonzada de su secretaria usa la pañoleta transparente, porque le gusta que le vean la raya…"

"Mi novia se depila el pericráneo y eso me excita muchísimo…"

Aquel filósofo antiguo según el cual la verdad es equidistante de los extremos estaba pensando seguramente en la dorada mitad donde se ubica el sexo en nuestro cuerpo. Deberíamos aprender la metáfora y entender que el apetito erótico no puede copar nuestras preocupaciones y ocupaciones, como sucede con la mayoría de los humanos atribulados por la tiranía de la moda y el placer fácil. Pero tampoco puede relegarse al lugar pecaminoso al que lo destierra la doctrina católica. El celibato, tal como lo proclaman los religiosos, equivale a ubicar el sexo en los pies. Es algo antinatural y peligroso. Por eso muchos sacerdotes terminan con falsas "sobrinas" o preguntando por niños inflables en los sex shops.

La "dulce medianía" sexual que defiende Unmapol reposa a mitad de camino entre la frigidez y el frenesí, y los rechaza a ambos.

Dicen que algunos amantes famosos, como Giacomo Casanova y Catalina la Grande, se obligaban a un mínimo de dos actos sexuales por día. Menos mal nunca llegaron a formar pareja, porque habrían muerto en pleno corto circuito: no se puede abusar de lo que natura otorga para un uso moderado.

La estupidez humana en materia sexual no tiene límites. Para combatirla, justamente, nació Unmapol.

Aún recuerdo, aún recordamos, aquella primera mención que hizo de nosotros en su columna Alfonso Castillo Gómez. Después vinieron varias más de Klim, mi querido maestro. Como él tuvo la ocurrencia de mencionar mi nombre, recibí incontables llamadas de mis amigos y amigas que me auguraban un futuro carente de toda actividad amatoria.

"¿Quién va a quererse acostar con un mal polvo confeso?", se burlaban.

"¿A quién le va a interesar una aventura con alguien oficialmente declarado como un pésimo amante?", preguntaban con sorna.

En fin, ustedes conocen a esta clase de individuos y los sufren a diario; ustedes saben la mueca de befa que asoma en los labios de quienes se enteran de la Asociación de Malos Polvos. ¡Pobrecitos! Ignoran ellos el imán de la fruta prohibida, el poderoso atractivo que ejercen lo descalificado, lo reprobable. El solo hecho de repudiar los estándares artificial y comúnmente aceptados de calidad sexual despierta en algunos incontrolable excitación. La curiosidad los tortura. Quieren comprobarlo, verlo con sus propios ojos, tocarlo con sus propias manos, experimentarlo en sus propias carnes. Es por eso que nos toca redoblar la voluntad para negarnos a aceptar sus propuestas y en algunos casos rozar la grosería para expresar un NO.

Así tiene que ser. Los miemb… perdón, los socios de Unmapol no se tienden con el primero que pasa. Somos gente selectiva. Un buen polvo lo puede echar cualquiera en cualquier momento, según nos revelan el cine y los libros de memorias: en el ascensor, en un armario, debajo de una estufa, detrás de las cortinas de un museo…

Un mal polvo, en cambio, es algo que merece cuidado y dedicación.

Para empezar, los socios de Unmapol pensamos, al igual que las abejas, los pelícanos y otras criaturas maravillosas, que el ceremonial del cortejo resulta mucho más importante que el acto sexual en sí mismo. Conquistar exige gracia, inteligencia, tacto, capacidad de seducir, encanto. Para echarse encima de un colchón y perpetrar un coito canino no hace falta más que un colchón, cinco minutos y un perro.

Los socios de Unmapol partimos de la base de que el sexo es necesario y de que puede llegar a ser agradable. Pero nos resistimos a convertirlo en un arte, una religión, un deporte, un concurso, una obsesión o, incluso, una ocupación cotidiana. Lo desaconsejamos, sobre todo, después de las comidas pesadas.

Creemos, además, que se trata, esencialmente, de una actividad muy poco estética. Por los órganos involucrados, por la humedad requerida, por los ruidos emitidos y por los movimientos que se acostumbran, el acto sexual es un espectáculo bastante grotesco. ¿Se han detenido los amantes del sexo a mirar a la luz del día, con curiosidad y sin morbo, las partes del cuerpo comprometidas en la unión de macho y hembra? ¿Los inquietantes colores, las arrugas, las verrugas, los paisajes intestinales, los palpitantes trozos de carne, las molestas pelambres que pueblan esos órganos? ¿Aceptan acaso —y este punto lo mencionaré una sola vez, por su condición repulsiva— los fastidiosos olores que suelen acompañar la maquinaria carnal del sexo? ¿No entienden que, además, su fealdad natural aumenta con los años? Hacemos nuestras las palabras del filósofo Nicolás Gómez Dávila cuando dijo: "Pocas suposiciones más desagradables que la de una cópula de cincuentón con cuarentona".

De allí que los socios de Unmapol afirmemos de manera tajante que es aconsejable practicar el sexo con la luz apagada y, en algunos casos, apercibidos de antifaz y mascarilla contra los malos olores. Y con medias, siempre con medias, para evitar un resfrío.

No solo es antiestético el acto sexual, sino que suele ser antihigiénico. Por un fatal error de economía fisiológica, la naturaleza asigna sucias funciones excretoras a los órganos reproductivos. Digámoslo con claridad: el mismo aparato sirve para hacer pipí y bebés. Esta doble misión constituye claro atentado contra la higiene y a veces contra la salud. Por eso creemos en la necesidad del baño antes, después y aun durante el polvo.

Adicionalmente, el sexo, al destapar nuestra más recóndita intimidad, induce a otras prácticas de excesiva confianza poco recomendables, como dormir juntos, compartir ducha o exhibir innecesariamente la desnudez. Se trata de tres operaciones en las cuales impera un embarazoso derroche de ruidos, olores, sudores, gorduras, carnes fofas y halitosis, sin mencionar lagañas, pelambres y otras miserias del cuerpo humano.

Los socios de Unmapol repudiamos la creciente confusión entre sexo y gimnasia. El auge de la trivialidad ha traído también la de los ejercicios. Abundan hoy las técnicas de puesta a punto del cuerpo; desde el inútil pilates hasta las artes marciales chinas, desde el mortal trote hasta la musculación deformadora. Personalmente lo considero una idiotez, pero cada quien pierde el tiempo como quiere. Lo inaceptable —y esta ya no es una opinión personal sino una posición del gremio— es que se contamine la sencilla ecuación del acto sexual (limpiar, izar, abrir, penetrar o recibir, cumplir, extraer, volver a limpiar) en un ballet de gimnasias y posiciones absurdas, que en vez de causar placer, son fuente de incomodidad y podrían causar esguinces, desgarros, lesiones de meniscos y fracturas.

Queridos socios de Unmapol: este es uno de los puntos en que jamás transigiremos: ¡atrás la gimnasia, sobre todo la gimnasia atrás!

Somos conscientes, además, de que la ansiedad sexual engaña tanto como la famosa tristeza que acomete al ser humano al finalizar el acto. Por eso recomendamos que nadie tome decisiones importantes en ninguno de los dos estados. La ansiedad ha llevado a muchos incautos a organizar asuetos en el Amazonas con una pareja insoportable; transcurridos dos días, sobreviene el arrepentimiento, cuando ya solo pueden quejarse ante los micos, las babillas y las mapanás. La tristeza postcoital, a su turno, ha impelido a huir por la ventana o el buitrón de la chimenea a quienes, apaciguado el polvorín, comprenden que no valían la pena unos minutos de excitación a cambio de largas horas de padecer a una pareja insoportable.

Dijo Gracián: "Lo bueno, si breve, dos veces bueno". Hagamos el acto sexual dos veces bueno: hagámoslo breve. Agregó otro sabio que "la repetición mata el gusto y la imaginación" y un famoso economista habló de la Ley de los Rendimientos Decrecientes, que se aplica con mágica precisión al sexo. Reafirmemos, pues, nuestra consigna: "Repetir, nunca; repetir, nunca; repetir, nunca". Nos esperan fuera de la cama muchas cosas maravillosas —los libros, el fútbol, el cine, la televisión, internet, los parques, los restaurantes—como para perder el tiempo en fatigas vanidosas e innecesarias.

Corren malos tiempos para los malos polvos, queridos socios. El mundo no parece habitado por seres humanos dispuestos a cumplir con un mínimo de placer el mandato de las hormonas, sino por atletas profesionales de la competencia sexual. Como si fuera poco, atletas dopados con pastillas, artilugios y brebajes. Hemos trasladado a la cama la ansiedad de los concursos y los retos olímpicos: más alto, más rápido, más fuerte…

Sé, queridos socios, que nos azotan vendavales de mala prensa. Dicen que practicamos el sexo vestidos. Mentira. No conozco al primer socio de Unmapol que copule con sombrero o zapatos, y sé, en cambio, de muchos fetichistas que así lo hacen. Aseguran que odiamos el sexo. Falso. Nos gusta, como nos gusta, por ejemplo, el ariquipe, pero no por esto intentamos comerlo a toda hora, ni untarlo con los dedos, ni introducirlo por las fosas nasales. Afirman, finalmente, que confesamos nuestra condición de malos polvos como recurso de distracción para ocultar terribles perversiones. Es muy fácil: que lo averigüen. Tendrán que ducharse antes y después, apagar la luz y lavarse los dientes, pero podrán saberlo.

En fin, queridos socios, son cuarenta largos años de incomprensiones y befas. Pero seguimos imperturbables y cada vez con mayor éxito en nuestra misión. Prueba de ello es que somos ya dieciséis socios. Pero muy pronto seremos dieciocho. Pues, hastiados de la falsedad reinante, la semana pasada pidieron ingreso a la Unión una famosa y hermosa diva que responde a las iniciales de A. G. y un valeroso denunciador del gustico a quien solo identificaré como "Su Excelencia".

Señores socios: ¡Moderación e higiene! ¡Viva Unmapol! ¡Arriba los malos polvos!

Nos disponemos a interpretar nuestro himno, así que, por favor, todos parados… quiero decir, todos de pie.

Buenas noches.

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