En el escenario está la rubia Carmen Snake besando a una pitón, restregándosela contra su plástica desnudez y dejando que se le escurra con la lengua bífida por entre las piernas. La sala de sexo en vivo más célebre de Europa tiene de show cabaret, de tabledance, de burdel y hasta de circo de freaks. En sus años dorados, en la década de los noventa, cuando la Cicciolina andaba por aquí como perra por su casa y Rocco Siffredi cataba españolas en esta misma pista, un enano de 1,20 m de estatura llamado Holly One protagonizaba el número del “consolador humano”, entrando y saliendo de las entrañas de la mujer gorda, Esperanza, 150 kilos de pura carne idónea y una vagina como un túnel. En 2006 Holly murió con solo 41 años, aquejado de una enfermedad pulmonar. Pero el Bagdad nunca dejó de nutrirse de nuevas excentricidades, para llenar sus largas horas de programación —y justificar los 90 euros de entrada—, que le otorgan al local un lugar preferencial en las guías turísticas de la Barcelona más canalla, como el Tropicana en Cuba o el Moulin Rouge en París. Ahí estaba Kumar, el faquir, que llegó a levantar una campana de 24 kilos con su pene; y el inolvidable Tigerman, que superó a Kumar al conseguir sostener un balón de gas con el suyo; era, además, el rey de las autofelaciones en vivo.

En la pista está ahora una de las más notables rarezas de la actual farándula de Bagdad, la contorsionista vaginal Baby Pin Up, una auténtica acróbata del coño, quien entre sus hazañas cuenta la de extraer de este un collar de perlas de 50 metros, cuchillas de afeitar y rojas rosas con tallos y espinas; también con la misma herramienta puede encender focos y expulsar litros de agua como una fuente viviente. Esta noche, ante mis narices, se ha sacado 150 metros de banderillas internacionales en su particular homenaje a la ONU. Un día normal en el Bagdad.

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1975. Muere Franco. Un mes después se funda el Bagdad en Barcelona. Nazco yo. Tras 40 años de dictadura, Juani de Lucía (Cádiz) viaja a Alemania para comprar vibradores y ropa de inspiración sadomaso, imposibles de encontrar en España, para su incipiente sex shop. Se salta las aduanas y trae todo en la maleta, colaborando así con su granito de arena al aún tímido destape. En el mismo viaje, descubre deslumbrada los locales de lujo con carteles de neón y ofertas de sexo explícito. Comienza a soñar que puede traer también un pedazo de Hamburgo a España. Les paga el tiquete de avión a chicas alemanas de pueblo, más atrevidas y despreocupadas que las españolas, para que vengan a quitarse la ropa en su recién estrenado local situado en el cruce de Nou de la Rambla y el Paralel, en el corazón del Barrio Chino, nido de prostitutas e inmigrantes muertos de hambre. Las colas dan vuelta a la manzana.

Durante algún tiempo, su marido regenta el negocio, pero pronto queda claro que quien está llamada a mandar es ella. Las mujeres tenemos un no sé qué inescrupuloso para administrar-gestionar a otras mujeres. Aún España no está preparada para la figura de una mujer empresaria del sexo, pero Juani aprende, persiste, no obstante la aún reinante censura, y contrata más chicas. Tiene una visión: los shows lésbicos y de parejas y de solistas, que ha visto allá en el norte, funcionarían mejor enriquecidos con sabor local, con numeritos de fantasía.

El que venga al Bagdad se topará hoy todavía con un espectáculo de variedades, en el espíritu de las revistas musicales de antaño, pero con contenidos de corte XXX: toreros que clavan la “banderilla” a la chica, un samurái que usa su espada contra una geisha ninfómana, una argentina elástica que se mete en una caja y sale desnuda, un trío a lo James Bond, una brasileña que baja la bragueta a los voluntarios a ritmo de samba y un muy profesional equipo de acompañantes.

Hay muchas legendas, pero un solo hito que nadie que hable del Bagdad puede desestimar. Hace 16 años, probando rutinariamente machos alfa para futuros shows, aparece un sujeto muy dotado que quiere actuar con su novia. Paralizado por el miedo en su primera noche, el chico no logra ponerse a tono. Ese joven primerizo con ataque de pánico era Nacho Vidal, que muy pocos años después de su triste debut en el Bagdad se convertiría en la máxima estrella del porno mundial.

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Mi primera vez en el Bagdad es cortesía de Irene López, la miss de provincia que se pasó al porno. Hace unos días estuve con ella y su novio, Dinio García, actor porno cubano y figurante en programas de telebasura, en un yate alquilado, mar adentro, hablando de su trabajo en el Bagdad. Dinio fue el de la idea de explotar esa vieja fantasía del español medio de tener sexo con una reina de belleza y convenció a Irene, luego de enamorarla, de grabar una escena porno en la que ella, ataviada con la banda de reina se deja penetrar por todos los frentes. Es más, el que Dinio a continuación se envolviera el pene con la banda de Miss Ourense les hizo merecedores de una demanda por 300.000 euros a cuenta de la organización Miss España, que alegó una mancha (de semen) en el honor de la institución.

El video, colgado en la web Leche69.com, tuvo en pocos días miles de descargas y ella cobró buena cantidad de pasta por posar desnuda para las portadas de la revistas Interviú y Primera Línea. Fue Dinio también quien le propuso trabajar juntos en el Bagdad donde él, gracias a su perfil mediático, sus tatuajes carcelarios y su pene pétreo, ya era uno de los platos fuertes del menú. Dos noches después de nuestro paseo en yate, me invitan a verlos actuar, aunque lo de ellos no es actuar, es hacer lo mismo que hacen en su cama pero cobrando. Son la pareja de moda en este sitio lleno de parejas, reales o ficticias, que es el Bagdad. “Es que somos muy listos —alardea Dinio—, es el mejor trabajo del mundo”.

Para más comodidad, tienen ‘sus oficinas’, el piso que comparten en Barcelona, justo encima de la sala, lo que les permite ir y venir. En el piso de arriba su vida transcurre como la de cualquier pareja, ven televisión, comen una pizza y entonces como a la 1:00 a.m. bajan, se ponen cierta ropa, se la quitan delante de todos, tienen sexo hardcore para decenas de ojos y como a la 1:15 cobran, vuelven a su cama y a la pizza frente a la tele.

Esa noche, considero seriamente como una buena opción laboral dedicarme al porno en pareja; lucrativo, limpio y seguro. Primero sale Irene vestida de hombre elegante, se quita el sombrero, la corbata, se arranca el pantalón y queda con un tanga verde fosforescente. Los espectadores braman, la miran como si pudieran tenerla, como si ya la tuvieran. Pero entra Dino, su macho, y todos callan. Ella se la chupa, ella se acerca a mí, se apoya en la baranda mirándome y mientras él la embiste con violencia desde atrás, ella, anfitriona al fin, alcanza a preguntarme si me han ofrecido una copa. Alguna vez, recuerdo, fue toda una miss.

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La noche del 35 aniversario del Bagdad una limusina negra aparca en la puerta en medio del alboroto general. El barrio del Raval está revolucionado. Los vecinos habituales de esas calles, filipinos, marroquíes y pakistaníes, rodean el coche. Emergen de la limusina Juani de Lucía y los padrinos del acto, Nacho Vidal y Sabrina Sabrok, vedette argentina y eterna candidata al Guinness en la categoría ‘Los pechos más grandes del mundo’ con sus siete kilos de masa glandular y subiendo. Las cámaras de televisión captan el momento en que la crema y nata de la pornografía de este país discurre por la alfombra roja. Pasa una anciana empujando el carrito del mercado y pregunta qué pasa, por qué tanto griterío, pregunta si está por ahí ‘el Duque’, el personaje de la telenovela Sin tetas no hay paraíso. Yo la desengaño, señora, no, es Nacho Vidal, que la tiene mucho más grande que ‘el Duque’, pero no convenzo a la viejecita. Me cuelo en el interior. Ahí no entra ni un alfiler. Sandra Uve, la reportera erótica de Canal Plus, me pregunta con su micrófono sobre la masturbación y el sexo de las musarañas. Yo busco a Juani, pero es como querer hablar con el presidente de un país, el país de las maravillas eróticas. Persigo a dos strippers del Bagdad que se meten al baño dándome un portazo, mientras en el centro del escenario puedo ver el delicioso bufé de frutas, chocolate y crema servidos sobre el cuerpo desnudo de una mujer-plato que Rafa García, el hermano gemelo de Dinio y también actor porno, ya empieza a degustar con la lengua. Entro al baño con la seria intención de que las dos chicas hagan alguna cosa calentona para mi cámara de video. Es otra gran ventaja de ser mujer, tener pase libre al baño de mujeres. Les pido que me muestren una tetita o algo, pero se niegan, hoy día están de franco, van vestidas y punto.

Al salir, no veo a Juani, pero tengo mi esperado reencuentro con Nacho Vidal, quien desde el reportaje que le hice hace unos años para SoHo siempre me recuerda que por mi culpa lo dejó su esposa, lo que siempre me ha llenado de orgullo; no obstante esta noche está Fraceska Jaimes con él. Volvieron, tuvieron otro hijo, en suma, no queda ni rastro de mis malas artes. Me la presenta. Es preciosa, aunque le guste leer a Paulo Coelho (lo dijo en una entrevista). Le digo, Nacho, aquí tuviste tu primera prueba de fuego y tu primer ‘gatillazo’, tú fallando y no follando, qué nostalgia, pero después les demostraste a todos quién es el amo, aquí nació el follador. Y él, sí, sí, parece que fue ayer, por el Bagdad no pasa el tiempo, gracias a Juani. Sigo sin encontrar a esa gran mujer. En cambio, Sophie Evans se deja ver por ahí, la alcanzo, se da un piquito con una bella trans, me da un abrazo. La actriz porno húngara también hizo sus pinitos en el Bagdad, por la misma época que Nacho, años en los que todos los actores europeos querían venir al Festival Internacional de Cine Erótico de Barcelona (Ficeb) y también los gringos, días en que Belladonna se daba su vuelta por aquí, antes de que nos diera por masturbarnos con porno de mala calidad y descargado, eso sí, gratuitamente, de internet; y desapareciera el Ficeb y se desatara la crisis económica y las productoras dejaran de producir porno. Sophie es tan grácil, silenciosa y modosita que si medio mundo no la hubiera visto, por ejemplo, en aquella famosa y brutal escena de sexo anal en una piscina, nadie diría que es actriz porno. Natalia Kim, que lleva parte de la prensa de la sala, me dice que Juani debe estar a punto de salir, pero aburrida de esperar veo unas escaleras y me cuelo por ahí. Las escaleras dan a un pasillo con varias puertas, una da al despacho de Juani. Una decena de periodistas especializados la esperan como yo, con sus micrófonos y sus cuadernos y lapiceros a punto. El pasillo termina en los vestuarios. Carmen Snake, su serpiente, y una morena llamada Joana charlan semidesnudas mientras se prueban pelucas. Por fin, sale Juani, y nos hace pasar a su oficina. Nos recibe un atardecer de palmeras en el papel de las paredes. Ah, tenía solo 21 años, dice forzada a volver a atrás, cuando se inventó todo aquello. Hoy invierte más que nunca en la marca Bagdad, pasan los años y ella sigue ahí, como referente número uno del erotismo patrio, inquietante modelo de emprendedora. Sigue haciendo castings, aunque admite que ya no es tan benevolente, como lo fue en su día con Nacho, con tantos chicos deseosos de tener una vida de estrella porno, así tan campantes, como si fuera fácil; pero sigue descubriendo uno que otro talento que da el salto de su sala a la televisión rosa y al cine X; sigue ofreciendo la noche perfecta para una despedida de soltero. Cuando parece que internet se la va a llevar por delante, Juani crea una página web, se le ocurren mil ideas para ofrecer servicios on line: webcamers emitiendo en vivo, videollamadas, WAP, 3G, un canal de TV erótico para hoteles, hasta politonos para celulares con los gritos orgásmicos de las chicas Bagdad.

Esta es la guerra de Juani, la guerra del Bagdad, continuar subida en el lomo de los tiempos, aunque el caballo se descabrite y esté muchas veces a punto de caer. Salimos de ahí porque ha llegado el gran momento. Una drag queen está diciendo: “…un lugar que marcaría la diferencia en la transición española. ¡Y 35 años más tarde, es un placer para mí daros la bienvenida al aniversario del Bagdad!”. Se corren las cortinas y aparece Baby Pin Up caracterizada como Marilyn Monroe y un enorme pastel con 35 velas encendidas. Marilyn mira románticamente a Juani y canta casi tan sexy como la original: “Happy birthday, Mister Presidente, happy birthday to you”.


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Es raro comprobar que en el Bagdad casi no hay espacio para masturbarse sin salpicar al de al lado. De hecho, aunque el tipo de butacas evoca los viejos y cuasi desaparecidos cines porno, aquí hay demasiada luz como para hacerse pajas y el sexo que se ve ocurre en directo, lo cual, extrañamente, puede ser algo intimidante. Es bastante raro, o quizá no es tan raro, pero a mí en ese momento me lo parece, encontrar aquí tantos árabes (podrían ser árabes) sentados en primera fila, voluntariosamente, de modo que las señoritas strippers puedan usarlos a su antojo en sus “números de contacto”. Los números de contacto consisten en dejar en evidencia que el agasajado, al que han sacado al escenario, no puede tener una erección delante de sus amigos, que ríen y aplauden triunfales sin parar, aunque las señoritas asienten sus posaderas sobre las gafas empañadas de la víctima y le pongan el condón con la boca y le den varios lengüetazos a su alicaído miembro. De cualquier manera, la sensación de extrañeza se diluye entre el atrezo fantasioso del Bagdad que recuerda Las mil y una noches. Inmersión total.

Hoy no hay nada que celebrar, es solo otro día cualquiera en la nada común historia del Bagdad. Hay entre el público un par de novios despidiendo su soltería; una tímida pareja, varios hombres solos. Tara Wells sale a escena, baila y enamora. Se parece a Pocahontas, morena, muy fina, de largos cabellos lisos. Veo a los que podrían ser árabes babear desde sus butacas, empujar al más gordo de ellos, el patriarca, que devora papas fritas de una bolsa, para que suelte las papas y alargue la mano hasta Tara. Ahora sale Ravenche y se une a Tara en un dúo lésbico que ya no extraña a nadie, que ya nos tiene en vilo. Se besan, prueban una en la otra sus consoladores sobre la pista giratoria. Solo llevan tangas, sus tetas perfectas de silicona brillan bajo los reflectores. Entonces, Tara se aproxima al grupo y llama al escenario al de las papas, que caen al suelo desperdigándose. Sus amigos deliran, ríen histéricamente, se miran y abrazan entre sí; por un minuto asisto a la culminación de sus más locas fantasías, todas encarnadas en su obeso amigo, que cumple un sueño que va más allá de toda raza, de toda frontera, de todo credo, de toda cultura, un hombre entre dos mujeres. Ellos no lo saben en ese minuto, pero Tara y Ravenche son el número sorpresa de la noche, mejor dicho, el número con sorpresa, una de las tradiciones más arraigadas del Bagdad, lo que lo hace único. La música se detiene por un instante eterno y ambas se quedan completamente desnudas, mostrando sus penes muy erectos a un público lívido, y echándose a reír ante la cara de desconcierto y terror del hasta hace un momento feliz voluntario. Es raro o, quizá no es tan raro, pero el patriarca consumidor de papas fritas ha accedido a chupar los penes de las bellas Tara y Ravenche, uno después del otro y los dos a la vez. He oído a sus amigos aplaudir, babear, reír, llorar, cada vez más bajo. Un momento muy a lo Bagdad.

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