"Tu misión, Jim, si decides aceptarla, es entrar a algunos de esos sitios que se promocionan con tarjetas en la calle, averiguar si son verdad las cosas que promocionan... tranquilo, Jim, no tienes que acostarte con las chicas". Como si ese fuera el problema, como si eso se me fuera a pasar por la cabeza. El problema era cruzar ese umbral, entrar por primera vez a un antro de la perdición, donde las mujeres venden su cuerpo, donde depravados de patillas y bigotes, y hasta bigotes que se conectan con las patillas, pagan sucio dinero para satisfacer sus más bajos deseos.
Jim no está tan asustado como para entrar con gafas oscuras, bufanda y cachucha, pararse bajo la puerta, mirar tres segundos y salir corriendo; pero sí tiene la billetera bien amarrada al pantalón y el plan de lanzarse bajo la mesa si las cosas se llegan a poner feas. Además Jim va acompañado de un amigo con experiencia, que, para preservar su identidad, pidió ser identificado como Julius (¿alguien se acuerda de ese programa?)
Así es que, con miedo de muchacho estrenando cédula, Jim se dispone a averiguar en qué consiste el "sexy servicio desde $5.000", si se puede conseguir "1 chica desnuda en VIVO" por $500" y cómo suena el "soun raun (sic) estereo digital" en los Laberintos de Zeus, "tu video club". La falta de osadía me impidió averiguar la diferencia entre los masajes "griego", "francés" y "ruso", pedir el carné de la institución educativa a las "colegialas carnetizadas" (o el de la cruz roja), comprobar si las chicas son "pícaras y complacientes" y cerciorarme de que en verdad se consiguen vírgenes por $20.000. Cómo no, moñito...

Chapinero, antro sin nombre
El umbral de la perdición no es una cortina de pepitas ni una puerta de saloon sino una puerta de metal abierta, un muchacho que dice "sigan, sin compromiso" y unas escaleras en espiral.
Arriba nos recibe esa música ranchera que parece diseñada para sonar a las cuatro y media de la madrugada, cuando todos los clientes del bar se han ido y es solo por la tristeza de tener que seguir existiendo que con esfuerzo se empina la botella. Vemos un bar pequeño, unos cuantos sofacitos verdes con algunas mujeres acostadas en ellos, con la pereza de un perro o un gato en un día de sol, viendo distraídas el televisor que está fijado al techo del local.
"Siéntense, ¿qué necesitan?". "Mi amigo el de verde rabia de calor, démele cerveza, hágame el favor", pero Doña Ratona no es una señora bajita y gorda, llena de sortijas, con el pelo alto y ropa colorida, sino una joven que igual podría estar vendiendo bluyines a media cuadra de distancia, sobre la trece, u ofreciendo cerveza en un bar con menor oferta de servicios. "¿Quieren conocer a las niñas?". "Sí, gracias". "NIÑAS, PRESENTACIÓN".
Tras el comando militar, las niñas desfilaron frente a nosotros, una tras otra, hicieron la venia y nos dieron la mano, así como su nombre, mientras su mirada seductora decía algo así como "estos tienen cara de chichipatos. Y ya se está haciendo hora de cerrar, ojalá se aparezca el gordo de la semana pasada, que da buenas propinas". Las chicas de $15.000 no tienen, por lo general, nada de especial: bajitas, cuerpo más o menos descuidado, cara promedio.
Lina, una de las chicas, se sienta con nosotros y nos explica a qué precio vende su cuerpo:
15 minutos $15.000*
30 minutos $24.000*
60 minutos $40.000**
*incluye condón, desnudo total, masaje sensorial, sexo oral y una relación
**incluye dos relaciones
Las tarjetas prometen "todo por $13.000" o "cinco servicios". Lo primero es solo si uno mismo trae el condón, lo segundo no es sino el polvo dividido en los ítems que incluye. Nada de lo que dicen las tarjetas es verdad, o lo que uno se imagina.
Cualquier servicio extraordinario se puede pedir, con una tarifa adicional (aunque una puta nos dijo con vehemencia que a ella "no le gustaban las mariconadas"). Más tarde, Julius (que es más veterano) me dirá que los tiempos son aproximados, que quince minutos pueden ser veinte o veinticinco, que a veces, si uno se demora, Doña Ratona toca la puerta gritando ¡tiempo! Más o menos así funcionan algunos billares.
Es un negocio. Todas están trabajando, Doña Ratona y sus ratoncitas y hasta la señora en el televisor fijado al techo, ocupada en hacer caber dos penes en su boca (¿y qué más iban a pasar por el televisor?). Pues sí, Lina vende su cuerpo, o más bien lo alquila. Igual que los señores que hacen mudanzas y alquilan sus piernas y espaldas para cargar neveras. O la señora que está todo el día de pie, vendiendo bluyines en alguna tienda en la trece. No hay umbral a ningún antro de la perdición, este no es sino otro sitio de trabajo. Al bajar las escaleras encontramos a un grupo de tres hombres, quizás obreros: "¿Y sí están buenas, chino?".

Chapinero, Solid Gold 2
Solid Gold II está un estrato por encima del antro sin nombre (a $20.000 el polvo y tienen pasarela de striptease). Sin embargo, lo más probable es que a Solid Gold I lo hayan sellado por salubridad. El "sexy servicio" de $5.000 es el derecho a asistir a una hora de striptease, y los $500 para una chica desnuda es la cuota mínima de una "vaca" que se hace entre los clientes para un espectáculo que será de mayor o menor calibre según el monto recaudado. Las bailarinas son bonitas, pero sentados en el bar vemos pasar unas llantas gigantescas adheridas a la puta menos agradable que he visto en mi vida.
El reggaetón, que nunca me ha gustado, parece diseñado para la rutina de las desnudistas, que mueven su cuerpo de tal forma que da la impresión de que, sí, les gusta bastante la gasolina. "Jale, pero con cariño", los asistentes pueden participar en el show, un tipo al que los ojos parecen salírsele de la cabeza desamarra el bikini con los dientes. Julius me explica que es importante conseguir asiento al final de la tarima, "la silla VIP", porque aumentan mucho las posibilidades de recibir un baile personal. Me comenta que al final del espectáculo se pueden pagar $3.000 más para ver un poco de lesbianismo o de sexo en vivo. "¡ME HICISTE HOMBRE, MAMACITA!", es el tipo de los ojos saltones, que acaba de recibir un lap dance.

Centro, el Laberinto de Zeus
El volante promete una "entrada discreta por la cafetería". Para esto, el sitio tendría que parecer una cafetería, pero ni las pesadas cortinas de terciopelo que dividen al área de comidas del laberinto, ni el mural de Poseidón en la pared del fondo disimulan el hecho de que no se trata de una cafetería, sino de un antro horrible. La entrada vale $5.000, las películas $1.000 más. No hay putas.
"Qué chocha tan rara", me dice la señora de la cafetería, señalando una de las películas promocionadas en la pared, "toda metida". Asiento y sugiero que la imagen puede estar alterada por computador.
La "sala de hamacas" y el "salón de masajes" que promete el volante son tan mitológicos como el Poseidón del mural. Menos mal encontramos el chuzo vacío. "Tu videoclub" es para hombres que gustan de ver porno homo y heterosexual mientras satisfacen a otros hombres, conocidos o encontrados casualmente en algún rincón oscuro del laberinto, decorado con momias y luces de neón como una casita del terror para preadolescentes. No quiero pensar más en eso.
"Disfruta de nuestra cafetería. No te arrepentirás". Tenían razón, el Hit de mango estaba a la temperatura exacta, ni helado ni al clima, sino en ese punto en el que sabe perfecto, aún más rico que el Hit de mora.

Arribita de la cien con 15, Iwha
En Iwha Showpin Restaurant Show‘s mi esperanza era ver putas asiáticas, así como japoneses borrachos cantando karaoke. La tarjeta no promete nada, pero es lo que uno se imagina. Caminando por el pasillo puedo ver, a través de una puerta entreabierta, otro estereotipo asiático: un japonés de traje, con la corbata desarreglada, tendido sobre un sofá como un muerto, exactamente como en las casas de opio de los cómics de Tintín.
Una berraca cerveza vale $20.000 y el whisky se acerca al medio millón: pido cerveza. En Chapinero y en el centro se veían universitarios y hombres de clase obrera y burocrática. Aquí a Showpin se llega en narcotoyota. El sitio es exclusivo, y las salas de karaoke, que sí existen, están cerradas para occidentales chichipatos como yo. Las putas sí vienen de oriente: de Guasca, de Choachí y hasta de Villavicencio.
No pude ver geishas, ni cumplir mi sueño de ver a un amarillo jincho de la perra cantando Diomedes Díaz. Y el espectáculo de pasarela, que supuestamente es cada hora, nada que empieza. Aburrido, elaboro algunas fórmulas matemáticas en mi cabeza:
Antro sin nombre: valor de la cerveza: $1.500; valor de las putas: $15.000.
Solid Gold II: valor de la cerveza: $2.000; valor de las putas: $20.000.
Showpin: valor de la cerveza: $20.000; valor de las putas: $200.000.
Ley general de Bula sobre los puteaderos: el precio de una puta = 10B, donde B es el precio de una birra.
Es claro que no va a haber espectáculo de pasarela, o que se está llevando a cabo en una habitación más exclusiva. Me dispongo, pues, como se dice en el argot de estos sitios, a charlar o "negociar" una puta. Son mucho más bonitas que las de Chapinero, algunas con cuerpos espectaculares pero, sobre todo, con mucha más gracia y alegría (entre otras, será porque ganan más del doble que sus colegas acostándose con solo un hombre cada noche, mientras las otras reciben todo el día en turnos de 15 minutos). El trabajo es diferente, en Chapinero básicamente se abren de piernas, en el norte las muchachas se enrumban con el cliente, el cliente las saca a bailar y les da cerveza, y pasan toda la noche juntos. Mi puta es, pues, conversadora.
Que fue por necesidad, que respondió a un clasificado solicitando meseras, que tiene una hija, que su esposo no sabe y piensa que es mesera en un bar, que una vez la fue a visitar al trabajo y ella tuvo que pagar a los del bar para que simularan que trabajaba allí. La historia es siempre más o menos la misma. Julius me había contado que si no tienen hijos se están pagando estudios de nivel técnico: secretariado bilingüe o criminalística (y qué historia hubiera sido para Bernardo Romero Pereiro, la mujer reformada que se ve obligada a arrestar a su mejor amiga...). Entramos en confianza: que sí, que a veces le han tocado clientes raros, que uno que le gustaba que le orinaran en la boca, que a otro, gringo, lo único que le gustaba era ser penetrado con un cepillo de baño.
¿Qué hacemos? Hay mujeres que necesitan el dinero y no tienen otra opción, hay hombres que necesitan descargar con una mujer que no haga preguntas o sentirse como un inodoro tapado. Bajo las mismas circunstancias, cualquiera tendría la misma necesidad -no quiero imaginarme el trauma tan duro que tuvo que sufrir el gringo para adquirir ese gusto. Hay colaboradores de SoHo que ya están aburridos de tanto puteadero y necesitan salir, y no tienen el dinero ni la inclinación para cerrar el trato con la puta. "Espérame, yo bajo y vuelvo, necesito ir al cajero". "Los cajeros comen hombres", me contesta. Es un dicho de putas.

El pregón del amor
Por: Juan Gustavo Cobo Borda
Cuando ya no es posible escandalizar, queda el recurso de volver a las fuentes y saborear al momento único en que lo prohibido nos tentaba con su ingenua voluptuosidad. Así me sucedía, en la avenida Jiménez No. 8-40 cuando como gerente de la librería Bucholz veía desfilar prohombres ilustres -Nicolás Gómez Dávila, Carlos Lleras Restrepo, Pedro Gómez Valderrama, Fernando Martínez Sanabria, Alfonso Palacios Rudas- que entraban en pos de las novedades bibliográficas de Londres, París, Berlín, Nueva York o Buenos Aires. Y recibían, todos ellos, en la puerta de la librería sorpresivas tarjetas incitándolos a la búsqueda, nunca agotada del placer. Corrían los años 70. Las dejaban por allí, sobre las mesas de libros como si el asunto no fuera con ellos o se reían y compartían la gracia elemental de quienes las redactaban. Terminé por guardarlas en un sobre y ahora, de repente han vuelto a surgir. Quisiera compartir el encanto de estos diseños, lo sugestivo de esas incitaciones y la magia imaginativa que pueden albergar tan precarios rectángulos de frágil cartulina.
Del sórdido centro de Bogotá podíamos viajar, sin escalas, a Hamburgo y al Japón. Complacientes doncellas, que hablaban varias lenguas, eran las encargadas de tan deleitoso trámite, y todo parecía ostentar un sosegado aire de entrecasa. No era una provocación: era apenas una discreta invitación. El máximo escándalo podía ser una expresión tan altisonante como "pantaloncitos calientes", que a todos nos desconcertaría con lo explícito de su mensaje. Pero incluso "Mercaderes del placer", cita en la carrera 5 con 20 u "Hormas anatómicas para caballeros", de las 2 p.m., en adelante, y en la calle 17 con 4, podían tener algo a la vez oriental o científico en su propuesta. El bilingüismo de algunas, "Secret Love", "Amor Secreto", ya anunciaba la internacionalización de nuestros productos, hacia el mercado externo, pero la rancia raigambre hispánica de nuestra patria no cejaba en la batalla: allí estaba en la 23 con 12 una clásica e inmortal "Casa de golfas", aguardándonos con sus sólidos encantos. Semiólogos despistados como Armando Silva son capaces de hacer toda una tesis sobre estas tarjetas, con citas de Roland Barthes incluidas. Prefiero seguir soñando con aquella que dice "La geysha no ha dormido. 2 p.m. en adelante", de la calle 23 No. 12-66. Así me curaré del mensaje explícito, con grotescas tarifas, de las invitaciones de hoy, con foto y todo. El secreto susurrado será siempre más deleitable..

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