“Nos quitamos la ropa en el cuarto”. Eso lo sé con certeza ahora porque acabo de hacer trampa y le pregunté por chat en qué lugar del apartamento empezó todo. No es que no me acordara o que el episodio que intento empezar a describir acá haya involucrado antes una fiesta con botellas vacías procedentes de varios servicios de domicilio nocturno. O tal vez sí, ambas cosas. Los besos vinieron primero y eso no tuve que preguntárselo para saberlo, porque para ambos la cosa nunca ha funcionado de otra forma y porque, ahora que lo pienso, desde Los Goonies hasta Casablanca —las películas favoritas de nuestra relación— siempre han tenido besos memorables. 

En ese momento yo llevaba un par de semanas viviendo en el 203 y esa noche habían pasado un montón de amigos en común a conocerlo. A nosotros ya nos conocían, de sobra, porque en casi cuatro años el amor entre ella y yo nunca había conseguido acabarse, pero la relación sí (cuatro veces). Aunque nos habíamos reencontrado hacía unos pocos días, para todos ya éramos noticia vieja otra vez. Para todos menos para nosotros dos, que esperábamos impacientes a que todo el mundo pidiera un taxi y nos dejaran solos.

Para lograrlo me apropié del iPod y escogí lo que en últimas nadie quisiera oír en una fiesta bogotana, que es mi playlist de música country. Las mordidas suaves sobre el cuello y las manos intencionadas comenzaron a dirigirnos por su cuenta, unos instantes después de que la puerta se cerrara tras el último invitado. Yo habría creído que nos quitamos primero la ropa en la sala y que luego nos fuimos despacio hasta el cuarto. Pero eso es irrelevante. Lo que hay que saber es que la narración de esta relación nunca ha logrado ser lineal, que lo que escribo a este lado de la página solo tendría sentido si el libro fuera de esos de escoge tu propia aventura y su lógica fuera la de los sueños. 

El hecho es que en el cuarto ya teníamos pocas cosas puestas encima. Eso lo sé con certeza porque acabo de volver a hacer trampa y revisé uno de los videos que grabamos con el celular. Una riesgosa decisión al mejor estilo de Luly Bossa, pero con más nitidez y menos groserías. De todos modos lo más diciente del registro no es que ella estuviera primero encima de mí y desde ese contrapicado me mostrara abajo retorciéndome con la mirada perdida, sino que, lo que sonaba al fondo… seguía siendo el playlist country, el mismo que hacía unos minutos había sido el matapasiones absoluto para la fiesta de nuestros invitados y que ahora traía al presente una vieja conocida nuestra titulada El Cerrito Place.

En la pantalla, la posición cambia a misionero y así se queda la cosa, sin afanes, durante un rato largo. Esa elección no tuvo que ver con falta de imaginación sexual. Por supuesto que se trata de una posición cómoda y en general poco desafiante para la mayoría. Pero en este caso, para ambos, realmente significaba regresar a uno de nuestros destinos favoritos en el mundo, un lugar que conocíamos profundamente (y también en el que yo logro llegar más a fondo); sobre todo un lugar en donde jamás logramos perder la capacidad del asombro a pesar del sinnúmero de visitas hechas.

Avanzamos de una manera sincronizada pero nunca mecánica. Todo se empapa menos la memoria emocional. Lo recordamos todo, nos recordamos enteros. Ahora, el espejo de marco blanco recostado sobre la esquina de una de las paredes blancas me enfoca a mí detrás de ella. Y aquí debo desmentir a los teoristas Ñejo y Dalmata, porque la verdad es que eso en cuatro sí se ve. Noto que la posición no es tan estimulante para ella como para mí. Pero dejémoslo en que este es mi turno de dirigir las cosas y que soy culpable de que me guste muchísimo ver sus tetas firmes balanceándose por los aires en el reflejo, mientras la jalo firmemente del pelo hacia atrás.

Y de todas las posibilidades cursis con las que iTunes contaba en su modo aleatorio, El Cerrito Place repite nuevamente como banda sonora de esta escena; una canción que tal vez hablaba más claro de lo que realmente pasaba en esos momentos con nosotros que las imágenes explicitas en el carrete de la cámara. Yo mordía el lóbulo de la oreja izquierda, mientras ella me decía cochinadas (“te amo”, lo recuerdo) y la letra daba vueltas alrededor de un narrador que sigue los rastros de su examante sin poderla encontrar en la vida real, más que en su mente, en el último lugar en el que se vieron. Para ese momento era evidente que aquella noche se trataba de reunirnos allí, en cuerpo entero otra vez.

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