Todo empezó cuando yo estudiaba Ciencia Política en una de las universidades más prestigiosas de Bogotá. En octavo semestre una de mis materias era Economía Política Internacional y desde el primer día de clases me encantó el profesor. Él cumplía con el prototipo que me atraía: calvo, narizón y de gafas; su clase me encantaba y me iba muy bien. Decidí hacer algo para que me notara, pero no era capaz de afrontarlo. Por eso decidí crear una cuenta de correo por medio de la cual empezaría a escribirle como incógnita. Con ayuda de un amigo libretista empecé a enviarle mensajes donde le proponía que nos conociéramos y saliéramos a tomar un café. Durante todo el semestre le estuve escribiendo. Nunca contestó.

El día de entregas finales sabía que era mi última oportunidad de hacer algo, y después de esperar que todos entregaran sus trabajos, me acerqué a él y de frente le dije: "Lo que le voy a decir le va a sonar loco, pero yo no estoy loca". Él entendió que yo era la niña que le escribía los correos. "Me halaga mucho, pero en dos meses me voy a casar". Así me contestó. Salí del salón completamente apenada y triste. Él me escribió un mensaje al mail diciéndome que no tenía por qué preocuparme, explicándome que nunca había contestado los emails porque pensaba que eran producto de alguna broma de sus amigos y que estaba ya comprometido, acabando así la historia que nunca fue.

Un año después abrí el correo de la universidad y encontré un email suyo. "¿Quieres salir?", decía el mail. Yo estaba muy confundida; pensé que era una equivocación, que era un mensaje para otra persona, que no era para mí. Sin embargo le contesté. Intercambiamos datos y quedó de pasar por mí esa misma noche. Yo seguía desorientada y a la vez nerviosa porque pensaba que él había quedado viudo, o que, aún peor, me quería como amante. Apenás me subí al carro le pedí que me aclarara todo. Para sorpresa mía, me contó que la persona con la que se iba a casar decidió cancelar el matrimonio, y que estaba soltero.

Esa noche salimos a tomar algo y poco a poco se fue perdiendo la distancia profesor-alumno; de pronto confesamos lo que el uno sentía por el otro. Habiendo terminado la cita, le dije que no tenía ganas de volver a mi casa, y nos fuimos para la suya. Por esa época él vivía con la mamá, y tuve que entrar en puntillas hasta su cuarto. Ambos estábamos prendidos, pusimos algo de música, y una cosa llevó a la otra. Yo no lo podía creer. El tenía 32 años, y yo, 22. ¿Cómo era posible que después de un año, algo que daba por perdido, renaciera de la nada? Debo decir que físicamente no fue espectacular; creo que él se sentía cohibido por estar teniendo relaciones con otra persona diferente a la mujer que habría sido su esposa. Después nos bañamos juntos, hablamos otro rato y me dejó en mi casa. De ahí en adelante cada vez que tirábamos era mejor, aumentó la confianza y las cosas se hablaban más. De vez en cuando hacíamos cosas excéntricas —una vez tuvimos relaciones en el baño de un restaurante— aunque él siempre fue más calmado que yo, incluso a ratos sobreprotector. Después de tener relaciones nos quedábamos hablando sobre temas académicos y libros, revivíamos preguntas de clase o veíamos National Geographic y Discovery Channel. Un pospolvo muy intelectual.

Aunque las primeras veces lo veía como el profesor al que me estaba comiendo (algunas personas me advirtieron de las consecuencias académicas, lo que me llevó a revisar el reglamento de la universidad, aun cuando ya no me dictaba clase, y en ninguna parte encontré sanción para estos casos), al final lo veía como el tipo con el que estaba saliendo, mi pareja. Duramos juntos unos seis meses, y después él se fue a continuar sus estudios al exterior. La última vez que lo vi fue hace un año, pero solemos chatear; él tiene su novia, y yo saqué un clavo con otro clavo.

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