Era una mujer hermosa física e intelectualmente —un poco bajita— y rayaba con el prototipo de académica desarreglada con unas gafas absolutamente antiestéticas y una bata que escondía todas sus curvas. Tenía alrededor de treinta años. Le gustaba ponerse faldas largas de jean con camiseticas blancas o negras con algún saco de lana para el frío de las siete de la mañana. En ocasiones me ponía tan nervioso en los debates en clase que seguramente de mi boca salieron mil estupideces que para ella eran algo encantador, como me lo confesó después.

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Una tarde salieron unas cervezas en alguno de los rotos cercanos a la Javeriana. Cuando nos sentamos en la mesa vi que mi profe pasaba caminando, salté de la silla y fui detrás de ella. Le propuse que nos acompañara y aceptó con cierta timidez y desconfianza. Mi intención era seguir alimentando la admiración que sentía por ella.

Con la misma sensualidad que mostraba en clase, la profe prendió un cigarrillo y la conversación se dio de manera espontánea. Intencionalmente le hicimos sentir que ella era el centro de atención y nos tenía locos. Las cervezas empezaron a hacer su efecto y me dediqué a echarle los perros. Todos se fueron y nos quedamos solos en la mesa, ella me calló y me dio un beso. Me quedé inmóvil, estupefacto, bobo. No sabía cómo actuar, no me lo esperaba. Los besos siguieron y las cervezas también.

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Ella tenía el control de la situación, me cogió de la mano sin dejar de lado su función de guía, de conductora o de sensei. Me sacó de la tienda y me llevó al parqueadero de la universidad con bastante discreción. Ambos mirábamos para todo lado para evitar que nos pillaran, al fin y al cabo esto de la relación profesora-alumno es un tabú. Llegamos a su apartamento, los besos se dieron en todas partes, nos quitamos la ropa que terminó regada entre la sala y el cuarto. En la cama fue la mejor de las profesoras, ella controló los besos, los ritmos, las poses, fue todo un tratado de academia sexual. Yo, como un alumno aplicado que soy, me dejé llevar por su infinita experiencia. Allá amanecí.

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Semana tras semana, en clase, seguí alimentando esa traga maluca. Desafortunadamente, las conversaciones de la mañana estaban plagadas de preguntas por parte de mis compañeros relativas a la materia, y no era mucho lo que podía avanzar en mi intención de concretar otra cita con mi profe.

Todo quedó en una relación académica pero cometí el error de ilusionarme. Sin embargo, existía un afecto especial hacia mí. Sus miradas eran siempre provocadoras, y sus comentarios retadores en clase. Cuando se terminó el semestre, mi profesora se fue de la universidad y no la volví a ver. Sobra decir que no perdí esa materia y me quedó una gran enseñanza de vida.

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