El olor de las mujeres me fastidiaba porque me hacía recordar a mi adorada mamá. Eso no impidió que estuviera con ellas, se suponía que era lo que debía hacer, eran los años donde lo normal era llevar a las novias a la casa para que los padres les dieran el "visto bueno" y los primos especularan sobre el buen sexo que tenía con ella. Eso me daba pereza.

Al tirar con las cuatro novias que tuve me aburría tener que satisfacerlas y conocerlas, cuando algo adentro (no sabía qué) me gritaba que una vieja no era lo que quería tener en mi cama, que su olor no me excitaba y que sus tetas, aunque me provocaran, no me llevaban al clímax. Esa delicadeza y ese extremo pudor no me dejaban explotar atómicamente para regar por todos lados mi salvajismo. Tiempo después, el azar me mostró el otro lado: los hombres.

Con ellos, supe que la fuerza me convertía en animal, y que en la cama y en la vida no quería cazar una presa ni ser cazado, lo que buscaba era una lucha en igualdad de condiciones donde la decencia que había que tener con las mujeres quedara esparcida por las sábanas. O simplemente esparcida.

En la transición entre dejar de ser lo que era y aceptarme como gay tuve un momento de bisexualidad, pude comparar el placer de follar con ambos sexos y descubrí que prefería ser devorado por un león y no arañado por una gatita, que me gustaban el olor y la pasión de un hombre que me rasgara la ropa hasta dejarme sin piel.

A muchas mujeres les gusta ser entendidas y amadas solo por ciertos lados. A los hombres nos gusta ser tragados literalmente por donde haya espacio, perder el pudor para jugar con cuanta cavidad se nos haya dado. No es solo sexo, es hacer el amor de la forma más desenfrenada, penetrándose por los sitios prohibidos, es romperle de frente la cara a un dios y encontrar puntos "ges" donde solo nosotros sabemos que existen, es jugar con lo que el Todopoderoso nos dio. Aquí no hay machos ni hembras: son dos humanos chupándose, sodomizándose, dándose y hundiéndose en la libido.

Una relación gay no indica mayores fijaciones de las que puede haber en una relación heterosexual. Hablar del tamaño del pene y su importancia en una relación gay es lo mismo: radica en el uso que se le dé. En una penetración anal, algunos prefieren luchar con el dolor y sufrir como metáfora de éxito y otros optar por un sutil placer para llegar a estados celestiales. En cuatro, de lado con la pierna alzada, uno encima del otro, en cualquier posición que se ocurra en el momento, como en cualquier tipo de relación. Cuando hago el amor con mi pareja la versatilidad e imaginación priman ante todas las cosas, siempre y cuando ambos estemos de acuerdo. Dura lo que dure y no siempre hay penetración, como con cualquier pareja. Lo mismo pasa con los gustos: que sean velludos o no es como para los hombres "normales" que las mujeres sean tetonas o no. Lo único que hace diferente al sexo entre hombres es que se trata de la lucha de dos leones enjaulados que se quieren destrozar el uno al otro.

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