En agosto, José Alfredo y yo cumplimos dos años de casados y tres de habernos conocido. Toda la vida vivimos en el mismo barrio pero nunca anduvimos juntos, ya él tenía una vida social muy activa y la mía era más calmada; sin embargo, sentía muchas ganas de conocerlo, pero yo me había mudado hace algunos años fuera de Bogotá. Hace tres años, unos amigos en común organizaron un paseo y fue la oportunidad perfecta para romper el hielo. Al reencontrarnos me llevé una gran sorpresa, porque descubrí que debido a la violencia de nuestra sociedad, nueve años atrás, José Alfredo fue víctima de un atraco, le dispararon en la cabeza y quedó invidente. En el paseo charlamos y aunque recordaba a mi familia no se acordaba físicamente de mí y tuvo que crearse una idea de la persona que después sería su esposa.

Desde ese momento mantuvimos comunicación telefónica constante, contándonos gustos y temores, compartiendo recuerdos del pasado y hablando sobre el futuro; teníamos una compatibilidad total. Pasada una semana fui a visitarlo a su casa en Bogotá, charlamos, nos tomamos unos tragos y dormimos juntos. Fue nuestra primera noche como pareja. Fue una experiencia nueva y a pesar de que sentía que debía ser cuidadosa e incluso ayudarle en algunos momentos, todo fluyó con naturalidad. La única diferencia fue la forma como me tocaba, ya que gracias a su gran desarrollo táctil, sus caricias son muy especiales, porque delimitan y dan forma a cada parte de mi cuerpo. La siguiente semana decidí invitarlo a mi casa en Cota y yo estaba muy nerviosa pues no sabía cómo lo recibirían mi familia y mis amigos.

En mi mente existía una pequeña confusión: ¿será otro más en mi vida? Hasta ese momento no se me pasaba por la cabeza que los príncipes azules fueran ciegos. Pero todas esas dudas desaparecieron al darme cuenta de que tenía a mi lado a alguien con las cualidades de un excelente ser humano. Después de un mes, cuando mi mamá entendió que la relación iba en serio, me presagió un futuro incierto a su lado y trató de separarnos, pero logró todo lo contrario: afianzar nuestro amor. Tomamos la decisión de irnos a vivir juntos mientras fijábamos la fecha de nuestro matrimonio, un año más tarde.

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