El celoso

Querido maestro: 

Hace ya varios meses que leo sus consejos sexuales, ¿puede ser que haya pasado medio año desde que comenzó a iluminarnos con su sabiduría? El tema sobre el que quiero consultarlo me avergüenza y no me atrevería a ponerlo blanco sobre negro de no ser porque puedo conservar mi anonimato. No hace mucho tiempo mi amigo Nicolás y yo, ambos casados hace ya más de veinte años, conversando casualmente sobre el tedio de nuestras camas matrimoniales, concebimos una idea que puede parecerle a usted prosaica, pero que en su momento nos resultó insoportablemente excitante. Encontrarnos los dos con la mujer del otro. Y luego prestarnos cada uno la mujer al otro, para que las dos estén con cada uno de nosotros. Se lo pongo claro: Nicolás y yo estaríamos a disposición, al mismo tiempo, primero de la esposa de Nicolás y luego de la mía. Posteriormente, las dos esposas deberían atendernos a cada uno por separado. Los turnos se jugarían a la suerte entre mi amigo y yo. Antes de sugerírselo a nuestras respectivas, nos preguntamos si efectivamente seríamos capaces de compartir una habitación y una mujer, los dos desnudos. Para asegurarnos de que no nos echaríamos atrás una vez que nuestras mujeres nos dieran el sí, decidimos ejercitarnos con una muñeca de goma. Nos infundimos valor el uno al otro, entramos juntos al sex shop y compramos una androide de caucho realmente exuberante. Bastó con que la usáramos una vez, en el estudio de abogado de Nicolás, los dos al mismo tiempo, cada cual en la posición correspondiente en el momento dado, para descubrir que aquella muñeca muda, aún sin vida, valía más que cualquiera de nuestras dos mujeres. Sin renunciar al plan original, pero sin querer tampoco renunciar a la muñeca, arreglamos con Nicolás que nos prestaríamos la muñeca una semana cada uno. Como habíamos planeado hacer con nuestras esposas, nos la jugamos a la suerte y Nicolás ganó el primer turno. Desde entonces, no he vuelto a saber de Margarita, como en mi fuero íntimo llamo a la muñeca. Nicolás primero argumentó que su esposa lo descubrió y debió quemarla (a la muñeca). Luego, que en realidad se le pinchó pero no se animaba a confesármelo. Andando en el tiempo, sin embargo, he llegado a sospechar que, como yo, ha quedado prendado con la muñeca y no la quiere compartir. Lo he amenazado con intentarlo con su esposa, y me responde que con mucho gusto. ¿Puede que un hombre dispuesto a compartir a su esposa no quiera prestar una muñeca de goma? Profesor, estoy desesperado. ¿Qué debo hacer?

Querido Celoso:

El más inteligente de los escritores hispanoparlantes, Jorge Luis Borges, alguna vez aseguró en un poema: “Solo una cosa no hay, es el olvido”. Pero en alguna otra parte yo he escrito, querido amigo: “No hay nada que no exista”. Y su única solución en este drama es olvidar. Es cierto que la amistad entre hombre y mujer puede sobrevivir al sexo, o que puede nacer después; pero jamás puede sobrevivir al sexo con la mujer del otro; ni siquiera si se trata de una muñeca de goma. Usted debe dar gracias a la providencia que se ejercitaron con la muñeca. Por suerte se limitó a un drama. De haber pasado a la acción con sus respectivas mujeres, hubiera desencadenado en tragedia. Hay que siempre ser cauteloso para no caer en cosas peores aún que el aburrimiento. Si a usted le interesara en realidad esa muñeca, ya hubiera ido a comprar otra igual al sex shop. Pero lo que usted busca es la tragedia. Olvide, querido amigo. Agradezca que no puso en juego a su esposa ni a la de su amigo, y olvide. Y si no puede olvidar a su muñeca de goma, lamento no ser yo, con todos los elogios que usted me dispensa, el consejero adecuado. Ya sería tema para la psiquiatría, que tampoco cuenta con todas las respuestas para nuestra desdichada especie.

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