Chef atribulado
Estimado profesor:
No vaya a creer que soy uno de esos chef modernos, que se inspiran en Adrià o en la señal Gourmet de televisión. Tengo setenta años y me inicié como chef en mi infancia, en un hogar de once hermanos, colaborando con mi padre en freír el pescado para toda la familia. En la actualidad, soy el dueño de un restaurante en la costa. Hará unos diez años que descubrí, leyendo una revista del gremio a la que no sé cómo quedé suscrito, que existe la comida afrodisíaca. Es decir, cierta clase de alimentos que, preparados de tal o cual manera, estimulan en la mujer el deseo de ser poseída. Como nunca he sido indiferente a los encantos de ellas, comencé a aplicarme en la preparación de estos platos como si fueran el único trabajo de mi vida. Pero los resultados han sido lamentables. Les he cocinado a un par de señoritas una ensalada de ostras con suficientes propiedades como para endurecer a un eunuco: jengibre, jing seng, guaraná. Y se han marchado lo más campantes, sin siquiera responder a uno de mis guiños de ojos. Pensé que tal vez en las jóvenes iba de suyo el ardor, y que debía en cambio soliviantar a una cincuentona que no se lo esperara. Pero luego de servirle mariscos y minerales que, según la revista, propiciarían como mínimo una orgía, la mujer respondió de muy mal modo cuando toqué uno de sus senos, al dejarle la cuenta sin precio en la mesa.
Estoy desesperado. ¿Cree que se ha acabado mi vida como chef? ¿Que estoy cocinando mal?

Querido chef atribulado:
No creo que se trate de un problema gastronómico. Por el contrario, habiendo hecho usted sus primeras armas en la cocina familiar, casi por supervivencia, intuyo que debe tratarse usted de uno de esos chefs vocacionales y experimentados, efectivos en cualquier plato que se propongan. Es más, estoy seguro de que las dos niñas a las que homenajeó con aquel manjar suculentamente sexual habrán marchado inmediatamente en busca de sus novios. Y la señora de cincuenta, en busca del suyo o, si fuera más afortunada, de su buen marido. La revista le explicaba qué platos provocan excitación, no cómo lograr ser elegido para apagarla. ¿Se quedaría tranquilo si supiera que los platos funcionaron? Me temo que no. Usted no quería ser El Chef, quería fornicar. Y esas son dos disciplinas muy distintas. Solo los rockers pueden asociar el éxito laboral directamente con la fornicación, y no en todos los casos. Existen, querido amigo, aquellos que lo consiguen todo sin siquiera esforzarse; y aquellos que esforzándonos hasta el límite nunca logramos ni lo necesario. Pero incluso este último grupo cuenta con uno de los pocos recursos equitativamente distribuidos: el azar. Ese es el único afrodisíaco personalizado que conozco.

La esposa ha vivido equivocada
Apreciado galeno:
Soy un habitual lector de sus columnas porque, aunque nunca he encontrado en ellas nada realmente novedoso, me confirman en mi sentido común. Mantengo relaciones con mi esposa desde hace más de un cuarto de siglo. Nos conocimos a los 19, y nos casamos a los 27. Desde tiempo inmemorial, porque lo vio en una película, ella fantaseaba con hacer el amor en medio de una escena de cocina: que le besara el cuerpo bañado en chocolate, o calentara un trozo de pollo entre alguna de sus protuberancias, o comiera una porción de fideos directamente de su vientre. Por supuesto, no soy tan torpe como para desconocer el efecto manteca, según la teoría de El último tango en París, y lo he realizado con éxito precisamente en esa ciudad. Pero para nuestro aniversario número 20 decidí darle el gusto, la llevé a un hotel cinco estrellas, me disfracé de Mickey Rourke y le cociné carne, pescado y pollo, mientras la amaba. Pero me quedé en el intento. No pude. La mezcla de cuerpo con alimentos no me resultó elocuente ni estimulante. Desde entonces, hemos permanecido medianamente fríos el uno con el otro. Yo la amo, y continúo considerándola la mujer de mi vida.

Estimado marido de la esposa que ha vivido equivocada:
Su solución, como casi nunca en las historias de amor, se halla en la literatura. Usted debe hacerle leer a su esposa el cuento de Roberto Fontanarrosa: El mundo ha vivido equivocado. Es uno de los mejores cuentos argentinos.
En este justamente célebre relato, el sabio rosarino expone una verdad que ilumina un aspecto hasta entonces ignorado tanto por la ficción como por la triste realidad: la comida, ya sea almuerzo o cena, es para después de fornicar; no para antes de hacerlo. ¿Por qué invitar a una mujer a cenar, si queremos acostarnos con ella? El acopio de comida en nuestro organismo nos volverá pesados, morosos, incluso somnolientos. El seductor, el amante, tienen muchas más posibilidades de ser exitosos antes de comer; y muchas más posibilidades de disfrutar de la comida después. Si uno de los más grandes maestros nos enseña que no debemos comer antes de fornicar, ¿quién se atrevería a aconsejar hacerlo durante? Su esposa ha vivido equivocada. Si este cuento no logra ilustrarla, no es por culpa suya que las cosas hayan llegado a un punto sin retorno.

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