El auto loco
Estimado maestro:

Luego de veinte años de feliz matrimonio, mi esposa, por primera vez, me ofreció una sesión de sexo oral mientras yo conducía. La experiencia fue altamente satisfactoria, aunque igualmente riesgosa. Casi las cosas terminan contra un camión. Afortunadamente, no hubo que lamentar daños. Pero desde aquella inusual ocasión, ella no ha cejado de pedirme la repetición. Le he explicado que en una gran ciudad como la nuestra, con sus azarosas carreteras, su fantasía podría resultar fatal. Sin agregar que también corremos el albur de que nos descubra la Policía, o de que algún automovilista se crea con derecho a filmarnos con su celular. Pero Natalia es testaruda. De pronto, se ha empacado con que me la quiere mamar en el auto, o nada. Si no la dejo apoyarse en mi regazo mientras conduzco, que me la mame mi fallecida abuela, amenaza. Hasta esta carta que esperanzado le escribo, no he recibido mamadas, ni en la cama, porque ella se niega; ni en el auto, porque me niego yo. ¡Tenemos dos hijos, y no los dejaré huérfanos por una relación bucogenital!
Apreciado automovilista conflictuado:
Nunca he depositado esperanzas en el Kama Sutra o los grandes tratados de ballet sexual. Las contorsiones son para los malabaristas, no para los amantes. No obstante, sí creo en el Modesto Libro del Sexo; y en la página 3, en una de sus más atinadas reflexiones, señala: “A nadie se le niega una mamada”. Sugiere al hombre que no inicie el camino de la pareja con aquella mujer que le niegue el sexo oral. Puede perdonar la negativa femenina en muchos otros órdenes, pero no en la de la imprescindible mamadita, que aleja los malos pensamientos, impide guerras y mantiene unida a la familia. Lamento comunicarle, querido amigo, que lo contrario también es obligatorio: ningún hombre puede continuar llamándose así luego de haberse negado a ser mamado por su mujer. No existe un “no”. O se deja felar, o se separa. Ella se lo está ofreciendo, son palabras mayores, dogmas, imponderables. Y frente a esta indiscutible situación, es la mujer quien tiene derecho a elegir el escenario. “Te permito el sexo anal, pero en la Luna”. Pues bien, a estudiar de astronauta. “Te haré un trabajo manual, pero bajo el agua”. A comprar la escafandra. Aquí solo le pide que usted conduzca mientras se la mama: es una buena mujer. Debe usted elegir una carretera desierta, de las que no faltan en su país. O una llanura sin nadie a la vista. Está lleno el mundo de sitios despoblados por donde conducir sin riesgos. Lo que no se encuentra con tanta facilidad es una esposa que después de veinte años se la mame graciosamente en el auto. Y si por una de esas desgracias choca contra un vaca, o lo mata un rayo, le aseguro que no es la peor muerte a la que puede aspirar un marido de más de cuarenta.

El hermano
Querido profesor:

¿Se ha enamorado alguna vez? Perdone que comience mi consulta requiriendo una intimidad de su parte. Pero no me alcanza con un consejo lejano, quiero saber que mi consejero me entiende. Hace tres años que un compañero de oficina, en un encuentro casual en su casa, me presentó a su hermana, a quien llamaré Gloria. La primera vez que la vi, me impactó. Gloria tiene veinte años, pechos desbordantes y erguidos, labios gruesos, cola en asta, es dulce, es fresca, huele a rosas y golosinas. El amor llegó cuando Gloria vino a trabajar como secretaria y su hermano me sindicó como el hombre capaz de enseñarle hasta los más mínimos rudimentos de nuestro sitio laboral. Pronto noté que Gloria se acercaba a mi escritorio muchas más veces de lo que sus labores y consultas hacían necesario. La invité a tomar algo y aceptó. Ahora nos escribimos mails e intercambiamos cartas humorísticas en el trabajo. Sé que bastaría un encuentro a solas para poder concretar nuestro mutuo enamoramiento. Pero soy casado, tengo cuatro hijos y no sé cómo llevarla a algún lugar privado, lejos de la oficina. Sin embargo, ese no es el problema por el cual lo consulto. Atilio, el hermano de Gloria, me ha ofrecido su casa, al tiempo que me reveló que es gay. Atilio ofrece entregarme la casa y a Gloria en una misma tarde, a cambio de que yo le permita a él practicarme el sexo oral una vez. ¿Qué debo hacer, profesor? ¿Seré el mismo y podré con ella, después de pasar por semejante prueba? ¿Qué pasa si ella se entera? ¿Qué pasa si se enteran mi esposa, mis hijos, mis compañeros de oficina?
Estimado enamorado desesperado:
Su situación es tan acuciante que comenzaré por responderle sinceramente: sí, me he enamorado; una sola vez en mi vida, y continúo enamorado de la misma mujer. El asunto que usted me plantea es quizás de los más complicados con los que me he encontrado en esta columna; y casualmente coincide con una práctica sexual ya detallada en la consulta anterior, en esta misma página. Respecto a que Gloria se entere, yo daría por hecho que ya lo sabe. En rigor, ambos hermanos deben estar complotados. Yo podría sugerirle que usted consiga el lugar y la ocasión por su cuenta, pero me temo que Gloria no le dará lo suyo de usted, si usted no deja primero al hermano saciar su sed. Sin embargo, me pregunto: ¿entregará Gloria lo suyo posteriormente a la ofrenda homosexual, o es un doble engaño, en el que ni siquiera se lo recompensará? Mi sugerencia es que, en caso de que usted acepte el trato, ponga como condición, primero, la entrega de Gloria, y que el pago al hermano sea posterior. Pero, de todos modos, hay mucho para perder. La virginidad heterosexual es un bien muy preciado, y quizás una de las pocas posibilidades de virginidad que restan hoy día. ¿Vale esta mujer semejante sacrificio? Respecto a que el resto del mundo puede enterarse, yo no le daría mayor importancia a esa posibilidad: en la actual situación digital, todo se puede inventar y todo se puede negar. Lo que hemos perdido en intimidad, lo hemos ganado en capacidad de fabulación. Antes el in fraganti podía argumentar que habían visto a alguien parecido; hoy puede escudarse tras un holograma o un clon. Nadie cree lo que se publica en internet, ni lo que se graba con celulares, ni lo que se divulga por las redes sociales. Lamento no poder ser más preciso en mi consejo; pero sí le dejo la tranquilidad de que, en caso de que acepte usted la transacción, no será esta columna la que lo condene.

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