Hace unos años tuve un novio que se podía demorar horas en llegar. Mientras él iba, yo ya había ido, vuelto y me había vuelto a venir. A decir verdad, un arreglo lo más cómodo, por no decir novedoso —después de todo, cuántas veces somos nosotras las del placer asegurado, las que nos venimos primero, las que nos podemos dar el gusto de preguntar comprensivas ¿ya?, o ¿cómo vas? —. Pasado un tiempo, sin embargo, mucho tiempo si sumamos los polvos que nos echamos y las muchas horas que duraron, la cosa se puso monótona. Antes de seguir aclaro: si me lo propongo, y en la posición adecuada, soy de las que pueden llegar en minutos, digamos que soy la versión femenina del eyaculador precoz, aunque tengo cierto control sobre mis orgasmos. Pero, después de 30 minutos de penetración (con este personaje en los días malos, una hora o más en los días buenos), un orgasmo, una que otra pausa y ninguna señal de vida por su parte, cualquiera literalmente se seca de tanto esperar. Por eso, un día, cansada, adolorida y, claro, con mejores cosas que hacer como darle de comer al gato, mientras tirábamos le pregunté por qué se demoraba tanto tiempo en llegar. Fue así que me enteré que además de tirar conmigo estaba concentrado haciendo unos ejercicios para retardar la eyaculación, "sentir más y más despacio...", decía, orgulloso y esperando quizás que yo le agradeciera tanta consideración.

Aunque novedosa, tristemente, la cosa no es tan rara. No es uno sino muchos los que creen que su virilidad es proporcional al tiempo que duran los polvos que se echan y que con "flexionar o retraer el músculo púbico-coccígeo (la parte baja del abdomen) para contraer o apretar el recto y a medida que se siente que va a llegar el orgasmo, contraer" —lo anterior fue sacado de un manual de sexo para hombres en internet— se convertirán en auténticas "máquinas sexuales y podrán complacer a la mujer más exigente" —y esto último de los comentarios a la página—. Otros se han adherido al tantra que, con el lema populista "el acto sexual es el primer escalón en el camino hacia la unidad universal con los dioses", promete un orgasmo continuo en el que el hombre nunca eyacula, siente un placer infinito, mientras su mujer se rinde ante él —pero de aburrimiento—. Se sabe, sin embargo, que además de las milenarias propiedades de sus ejercicios de respiración, en Occidente estos tienen el poder de acabar cualquier arranque de pasión (Ella: "¡Cómeme!", Él: "Piensa que eres una con tu respiración"; Ella: "Oooh, ahhh, ayyyy", Él: "1, 2, 3, inhala, 1, 2, 3, exhala, 1, 2, 3, eyacula"). Los seres humanos tiramos con el cuerpo. En un buen polvo no manda la cabeza, ni los ejercicios, ni la disciplina, ni los mismísimos dioses. Nada más aburrido en el sexo que el autocontrol.

¿Las razones, entonces, de su popularidad? De los hombres, los más ilusos pensarán que todas somos multiorgásmicas; los románticos, que los jugos del amor son eternos; los comprensivos —los que a fuerza de oír historias lacrimógenas de mujeres que no saben gozar— dirán que ponen todo su empeño en desagraviar su honor; y los inconscientes (la mayoría) creerán que porque no tenemos un termómetro eréctil que mida nuestra arrechera, siempre queremos más. Mis queridos señores, podrán sentirse orgullosos por "su desempeño", como el amante que toda mujer siempre quiso tener, regodearse en su infinita generosidad, pero la realidad es otra: nada capaz de secar tanto —ya saben lo que estoy diciendo— a una mujer como un hombre que se desviva en complacernos. Y la realidad es dura: mientras ustedes dan salticos de victoria cada vez que superan su propio récord en la maratónica lid en que se les ha convertido el sexo, los médicos le han dado nombre de síndrome a su extraña conducta: la del eyaculador retardado.

Si últimamente se habla tanto de que el orgasmo femenino es responsabilidad de la mujeres, mis queridos señores, ¿por qué insisten? Aprovechen las nuevas libertades que les ha dado la liberación femenina (que son más bien pocas) y quítense la absurda idea de la cabeza de que las mujeres solo cantamos al son de polvos de larga duración y que un macho, para ser alfa, tiene que tirar como un conejo —el de Energizer que dura y dura y dura—. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. 

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