Hace pocos días visité a una amiga que decidió someterse a una cirugía plástica. Aun cuando ya había visto antes la colección de morados que deja una operación como esas, sentí de nuevo los escalofríos de la violencia física.
A mi boca saltaron todo tipo de preguntas que venían directamente de la curiosidad sobre lo que implica echarse cuchilla, pasar momentos de mucho dolor y mal humor frente al tema de verse mejor o, como en el caso de mi amiga, de tratar de complacer a su pareja.
Margarita tiene tres hijos y siempre ha sido una mujer espectacular, de esas que parecen rusas, de pelo muy dorado. Es muy alta, con unas piernas largas torneadas y bronceadas, con poca cintura pero con un talle fino que termina en unas tetas enormes y muy bien puestas. Desde el final de los doce años, cuando ya parecía de veinte, empezó a tener relaciones sexuales gracias a su curiosidad por los hombres mayores, y fue por eso mismo que aprendió a dominar, con sexo, al sexo opuesto. Mientras las amigas nos hacíamos preguntas cargadas de moral e intriga, ella lo mamaba espectacularmente, manipulaba a sus amigos contemporáneos y enloquecía a los hombres de treinta y tantos.
Pero, como todos, creció, hizo una carrera y se casó. Formó un hogar junto a uno de aquellos hombres que la criaron en su adolescencia. Cuando tuvo el primer hijo, las tetas siguieron su curso natural y empezaron a mirar ligeramente hacia abajo. Fue la primera vez que su marido le puso el tema, pero no quiso operarse porque les tenía miedo a la anestesia y a los médicos. A los tres meses estaba esperando su segundo bebé.
Ir a la casa de ellos era bizarro para mí, porque el marido chistaba con frases del tipo de que como ella no había querido pararse las tetas, la había embarazado rápidamente para no tener que comérsela durante un tiempo. Y, al parecer, así era, porque una vez salió del segundo, ingresó al quirófano. En esa época me emputé y la regañé como si fuera mi hermana.
Yo, que tengo un hijo, y sé que rara vez la maternidad perdona, aproveché esta vez para hacerle preguntas sobre su vida sexual, y de paso poder husmear en la mía. Todas las amigas de Margarita se han operado el busto. Casi todas por solicitud de su marido, y han sentido vergüenza al momento de empelotarse frente a la persona con la que tienen más confianza. Margarita me contaba lo duro que fue par ella verse al espejo después de parir por segunda vez y el miedo que sintió las primeras veces que hacía el amor con su marido.
Con su excelente sentido del humor me contaba que durante mucho tiempo, cuando estaban en la cama, sólo dejaba que se la comiera estando ella de espaldas, lo que todos llamamos familiarmente "en cuatro". O trataba de evitar llegar a la cama sin que hubieran tenido relaciones: lo seducía contra las paredes, le bajaba la cremallera, se lo chupaba y, cuando lo tenía a punto de venirse, se paraba y abusaba de su outfit de falda y liguero sin calzones, para que él la embistiera y no pasara nunca de manosearle los senos sobre la blusa.
Ella se cansó. Él también, y por lo tanto, mucho antes de contemplar la llegada del tercer hijo, ella visitó a un cirujano. El doctor le dio esperanzas sobre una nueva vida sexual donde ella podía hasta llegar a tener la capacidad física de seducir adolescentes otra vez. Oh, my god! Eso lo digo yo. Porque la historia sigue muy buena cuando ella me cuenta que tras la primera operación el esposo estaba tan obsesionado con la perfección de su busto que había dejado de ser versátil y entonces nunca más la dejaba darse vuelta boca abajo, posición que ella sin duda disfrutaba mucho. El marido quería metérselo, agarrarla muy fuerte de los senos y luego venirse entre ellos, y el problema, como lo decía ella entre risas, "¡es que era siempre!".
Un día decidió visitar de nuevo al médico para ver qué podía hacerse en el culo. Necesitaba despertar el interés del marido en él. El médico le explicó que lo mejor era sacarle grasa del estómago y ponérsela en las nalgas y que "de una vez le contorneamos el abdomen".
Los actuales morados de Margarita ya no son en el cuerpo, ahora son en la cara y en los brazos porque con el tercer hijo vinieron también las arrugas, la papada y los brazos descolgados y entonces ella, que ama profundamente a su marido, también quiere ser deseada por los adolescentes que marcaron el inicio de su vida sexual y ante los que no quiere verse tan mayor.
Ella me importa y cuando la veo tan contenta con cada nueva cirugía, siento que aunque somos muy distintas, y que me costaría mucho trabajo dejar que me abrieran para mejorar mi cuerpo o mi cara según los estándares de las revistas, cada uno es libre de exponerse a lo que quiera y que si eso la hace sentir mejor polvo, está bien que lo haga. Parece que aunque yo no sabía, todo el mundo lo hace.

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