Creo que en mi adolescencia fui neurótica porque era virgen. Hoy me cuesta trabajo imaginarme una vida sin sexo, sin la ‘reseteada‘ de cerebro del orgasmo que da para vivir lúcidamente el resto del día. Por eso concluyo que mi constante irritación con el mundo cuando era una teenager era, como dicen por la calle, pura falta de verga.

La verga siempre fue un concepto novedoso para mí, venida de una familia matriarcal y prácticamente sin hombres, hasta los 4 años pensé que los genitales de todos eran iguales. Una vez un niño me vomitó encima en el kínder y nos desvistieron en el patio del colegio y nos bañaron con manguera. Yo quede sorprendida con lo que, en ese momento llamé una trompa de elefante, y le pregunté a mi mamá que por qué ese niño tenía algo tan poco práctico y extraño entre sus pantalones. Para orinar, me dijo. Y yo dije, bueno y yo por qué no tengo uno; porque eres una niña, y las niñas somos diferentes, me dijo. Eso fue una revelación que me disgustó bastante.

En primaria hice un dibujo de Adán y Eva y ninguno tenía genitales. Yo no los dibujé porque no estaba muy segura qué ponerle a Adán. Eso me hizo volver a pensar en las vergas, que para entonces me parecían mucho más prácticas, pues había conocido la desgracia de tener que orinar en baños públicos, y le pregunté a mi mamá que por qué yo no tenía una, qué diablos habíamos hecho las mujeres para merecer estas incómodas ganas de orinar que no podían saciarse hasta encontrar, por fin, un baño decente, en el que no hubiera que hacer gala de fuerza en muslos y pantorrillas, para ejercer ese inigualable legado que pasa de madre a hija, generación tras generación: la habilidad de orinar sin sentarse en el inodoro.

Entonces me explicó. Los bebés crecen en la barriga. Para fecundar la barriga se necesita un instrumento que pueda introducirse. Por eso son así los pipís. Oh. Creo que desde entonces estoy maravillada con el ingenio de la naturaleza que fundó la vida usando como pivote un sistema de engranajes.

Yo en la adolescencia estaba desengranada.

En los revolcones con mi novio del colegio siempre me asustaba cuando sentía crecer ese bulto entre sus piernas, y en esa época no había celulares. La idea de verlo, de que se descubriera, me producía unos nervios que me sacaban pitada de la hamaca, que era donde nos dábamos besos, porque quedábamos junticos y encajados como dentro de un útero (oh, sí, el primer amor).

Mi novio de la universidad fue paciente en extremo. Me hizo caer en la cuenta de que mis tetas eran más que un adorno y me hizo sentir por primera vez esas ganas de agarrar algo con mis piernas. Me costó trabajo hacerle cosas porque no entendía su cuerpo, solo estaba un poco familiarizada con el temblor de mi barriga, por largas tardes que pasaba feliz en el bidé, después del colegio.

Un día me pidió que se lo agarrara, así, con pronombre tácito, y yo bajé la mano y envolví los dedos en una cosa como vegetal, como llena de agua, como viva… me tomó tiempo acostumbrarme a esa naturaleza tan ajena a mí, sin ciclos, movida por impulsos. Que entrara por primera vez fue difícil, yo no parecía ser suficientemente amplia, no me dolía pero me asustaba.

Un día, en la camita auxiliar de mi cuarto, a Ricardo le pudo la arrechera y atravesó lo que parecía haber sido una gran barrera. Yo tragué en seco. Era muy extraño. Me preguntó, qué se siente. Y yo dije. Como si me fuera a partir. A partir en dos. A partir en dos en las caderas.

Fue el día en que entendí lo que era una verga, y aquí comienzan las historias.

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