Caerán rechiflas, insultos, diatribas. Pero las cosas hay que decirlas por su nombre: si usted es uno de esos hombres que está buscando sexo seguro, no lo dude más. Dirija su mirada al grupo de mujeres que ya sobrepasaron los 30 y que, por esas cosas del profesionalismo, la independencia económica, “el yo valgo porque me lo he ganado y no porque dependo”, andan aún solas defendiendo a capa y espada esas noches de domingo “en las que puedo acostarme en diagonal en la cama, comer maní con helado y ver Ally Mc Beal sin tener que aguantarme a un tipo que sólo piensa con el control remoto de la televisión”.

Vaya falsedad. Esas mujeres tan ejecutivas, tan profesionales, tan independientes, tan autosuficientes darían la vida (y todos los polvos que usted les pida) por tener segura una noche, un día, unas horas no más, con un hombre que la acaricie, la vuelva gata, la haga sentir lo mejor del mundo al decirle “mi amor, ¿comemos pizza en la cama?”. Todo por tan sólo unas horas que se asemejen a una relación de pareja estable, cotidiana, normal.

Reconocerlas suele ser fácil. A veces se les ve solas en los cines dominicales. Hacen fila con un libro en la mano, tienen cierto aire intelectual, salen pensativas antes de subirse raudas a sus carros impecables. También se les ve en grupo, en los bares de moda, en los restaurantes sofisticados. Van de a dos, de a tres. Nada grupal, nada infantil, nada que se asemeje a una fiesta adolescente en la que se busca tomar hasta el desquicio para desbocarse en una noche de lujuria y aventura. No. Las mujeres treintañeras fingen no querer involucrarse con nadie. Bailan solas y por eso a veces se mimetizan con el cada vez más amplio mundo de las lesbianas. “No necesitamos de un hombre”, dicen. Y es entonces cuando se emborrachan, lloran y gritan a los cuatro vientos estar hartas del maní, de Ally Mc Beal, de esa cama tan grande en la que bien quisieran que la ocuparan dos. Porque la naturaleza es así: a las mujeres se les educó para ser madres, esposas, reinas de hogares con
perros, chimeneas, hijos. Persiguen ese sueño siempre, hasta el final de sus vidas. Y cuando no lo cumplen antes de llegar a los míticos 30, es Troya. Hacen hasta lo imposible por engarzar con sus encantos hasta al más solterón de los machos.

Con estas mujeres, señores, como todo en la vida, hay ventajas y desventajas. Blancos y negros para ponerlo en colores contundentes.

Los blancos. Viven solas (no más polvos en los carros, quickies, moteles con olores dulzones) y atienden a su objetivo con todo tipo de encantos: sábanas mullidas, desayunos con croissants y café humeante, duchas infinitas en espumas, actitud de Geisha irredimible.

Los negros. Usted querrá no salir de allí. Le harán masajes, le cocinarán lo que pida, le darán uno, dos y hasta tres controles remotos para “que veas todo lo que quieras, mi amor”. Lo invitarán a comer (ellas pagan), le comprarán ese saco de cachemir con el que tanto había soñado, lo recogerán en el trabajo... Vida rosa ¿no? Por eso, antes de buscar un polvo infalible, tenga claro qué quiere. Si busca un buen “camastro”, concéntrese en seducir adolescentes que se saben el Kama Sutra de memoria. Pero si quiere croissants, masajes, sábanas mullidas y polvo garantizado, busque entre las jóvenes ejecutivas. El cómo desengatuzarse cuando le digan “¿a dónde vamos?”, pregúnteselo a Maquiavelo. No a Débora Dora.

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