Mi nombre es Bárbara. Soy española. Tengo 29 años y trabajo en una oficina de abogados en Madrid. Como buena europea, me encanta el Caribe y cada vez que puedo viajo a una playa caribeña para tomar algo de sol y pasar un buen rato con mis amigos latinos, que son muchos.

En mis últimas vacaciones, en diciembre, estuve en Colombia. Había roto con mi novio y pensé que lo mejor era olvidarme de él en Cartagena. Confieso que fue una sugerencia de Lola. La ciudad estaba repleta de gente, y entre mis amigos y los amigos de mis amigos, pues la pasamos superbien. No hubo una noche en que no saliéramos a cenar o a tomar unas copas por la parte vieja y hasta hicimos viajes a Barranquilla, que no conocía, pero que me pareció una ciudad divertidísima.

Bueno, hasta ahí mis impresiones pintorescas de vuestro país. Ahora vienen mis impresiones de los hombres colombianos. Cuando llegué a Cartagena conocí a varios, muchos atractivos y otros no tanto. Estuve saliendo con un par de ellos. Digamos, para proteger sus identidades, que uno se llamaba Alfonso y el otro se llamaba Rodrigo.

Alfonso era mucho más atractivo, pero Rodrigo era mucho más amable. Los españoles (o por lo menos los que me han tocado a mí) no son detallistas sino más bien brutos, de esos que te llaman de vez en cuando y solo para quedar en algún lugar, pero nunca a saludarte. Bueno, pues Rodrigo llamaba a saludar, me daba regalitos, y eso me parecía nuevo. Total que he decidido probarlos a ambos a ver cuál me gustaba más. El viernes acordé verme con Alfonso para tomar una copa en el bar de su hotel y luego subimos a su habitación. Nos empezamos a besar y a desvestir y cuando lo vi desnudo no pude disimular la sorpresa. Yo que siempre pensé que el latin lover era a lo Porfirio Rubirosa, con un asta de 25 centímetros; este tipo lo tenía chiquitito y con mi cara, pues se encogió aún más. En su favor, tendría que decir que lo que no tiene por un lado lo compensa con el otro, porque sus cualidades con las manos y con la boca fueron insuperables.

El sábado, previendo que Alfonso no iba a llamar, salí con Rodrigo. Como él se estaba hospedando en casa de sus tíos, lo invité a mi hotel. Tuve que insinuarme mucho, porque de lo contrario no se habría atrevido, pero cuando entendió, fue un magnífico amante. Aunque tampoco tenía tamaño de leyenda, era un poco más grande y se comportó como todo un conocedor.

Al final de mi periplo por Colombia concluí que el mito del latin lover va por otro lado. No lo tienen más grande. No lo tienen más grueso. Pero los colombianos son distintos a los europeos. Les gusta complacer. Los del viejo continente son fríos, predecibles en sus movimientos y hasta en su forma de besar. Por lo menos Alfonso y Rodrigo, los dos con los que follé en Colombia, me hicieron ver que cuando rompa con mi novio español tengo que viajar a pasar la tristeza en el Caribe. ¿Hay candidatos?
 
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