En el sexo me gustan las palabras sucias. Sola o acompañada. Desnudita entre mis sábanas, siempre empiezo en silencio. Incluso conmigo misma, sé que todo tiene su debido tiempo. Las palabras las dejo para el final. Me mojo un dedo y me toco los pezones hasta que se endurecen, me masajeo las tetas muy despacio y cuando siento que es el momento, bajo, me toco los muslos —me gusta sentir que están fríos mientras rozan las sábanas, me toco las nalgas, el vientre—, bajo más, separo los labios y me acaricio la punta del clítoris muy despacio hasta que se ponga duro. Siento cómo me mojo entre las piernas y me masajeo toda. Me embadurno de mí. Pero no entro todavía. Me gusta esperar, sentir cómo me hincho, debo estar ya colorada, estoy caliente. Me toco los labios —los de la boca, claro, quiero probar a qué sabe— y vuelvo a bajar. Me penetro hasta el fondo y con la yema del dedo me froto hasta donde puedo llegar: ese lugar donde la piel tibia y suave de mis entrañas se pone más dura. Por mi cabeza pasan fragmentos, imágenes: recuerdos de polvos pasados, fantasías que no han ocurrido. Frases sucias. "Dame más". "Estoy tan arrecha". "Soy tu perrita". "Métemela hasta el fondo". Ninguna dirigida a alguien en particular. Mi único objetivo es llegar. Tocar el elusivo Punto I (la imaginación), una movida imprescindible en una sesión de amor propio y un arma deliciosa, si se sabe usar, en sesiones de grupo.

Lo que no soporto, sin embargo, son esos hombres (y mujeres, porque poetas sexuales también las hay) que no hablan cuando tiran, sino que tiran cuando hablan. Que recitan de memoria el "Manual de instrucciones para echarse un buen polvo", en lugar de echarse un buen polvo. Que confunden el sexo oral con el sexo oral. Me explico: el segundo "oral" se relaciona a la primera definición de "oral" que aparece en el Diccionario de la Lengua Española: "Que se manifiesta o se produce con la boca o mediante la palabra hablada" y, no la segunda, que se refiere a todo lo perteneciente o relativo a la boca, incluyendo, como no, la lengua —y no, precisamente, a la que hace referencia el nombre del citado diccionario—. Porque en el sexo, la lengua es un órgano (no para hacer música y que me contradigan muchas). Nunca un tema de conversación. Y las palabras, un arma de doble filo.

Hace poco conocí un personaje que, en contra de una de las primeras reglas de etiqueta sexual ("no distraerás a tu prójimo mientras estás tirando"), se empeñaba en hacerlo: mientras me la metía, quería conversar. "Me encanta, Alexa, me encanta hacerlo contigo", decía. Muy bonito, gracias, estoy a punto de llegar. Y siguió: "¿No te gusta a ti? Dime, ¿no te gusta?". Error. Se me bajó todo (la arrechera, para empezar). La suya era una versión retorcida del temido "¿te gustó?" en plena acción y además quería que le respondiera. Quería —el descarado— convertir nuestro dulce intercambio de fluidos en un platónico intercambio de ideas. Establecer un diálogo, tener una conversación. No es lo mismo decir "voy hacerte sentir mi calor" a frases si bien más creativas y elaboradas, son más apropiadas en un concurso distrital de dicción que en la cama: "Voy a hacerte sentir mi calor allá abajo, vamos a explorar nuevas sensaciones, amor; llegarás a la cumbre donde no sabes si lo que quieres es placer o vas a estallar". Nada más y nada menos que 50 sílabas cuya pronunciación dura más que un orgasmo y... ¡¿cumbre?!. El clímax erótico de esa palabra data del siglo XIX con la publicación de un libro de la más tímida de tres hermanas que podrían ser nuestras tatarabuelas.

Moraleja: en la cama uno no "habla de cosas", uno las hace. Ya saben lo que hay entre el dicho y el hecho: tiempo suficiente para bajar la calentura más brava. Mis queridos señores y señoras, un buen polvo vale mil palabras.

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