Un escritor ruso del siglo XX que me es muy querido, inventor de algunas mujeres inolvidables en la historia de la literatura moderna, en la nota número 8 de su novela póstuma, que lleva nombre de novicia, se refiere a una chica delgada cuyas costillas se marcaban y en quien los llamativos salientes de las caderas servían de marco a un abdomen tan plano que desdecía de la idea de panza. Lo cual ameritó, escribió el ruso, el deslizamiento de su exquisita estructura ósea en su novela, se convirtió en la estructura secreta de la obra y le ayudó a apuntalar después varios poemas.

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Este escritor siempre discreto que jamás se precipitó en la estridencia de lo obvio en sus prosas ni en sus versos, o mejor dicho, el párrafo que aparece en la página 38 de la traducción castellana de Laura me hizo pensar en la tendencia contemporánea a los amasijos, a las grandes masas, a la maximalización, si la expresión es permitida, de todas las cosas, comenzando por las pantallas de los embrutecedores televisores y pasando por las camionetas, que ha llevado al mundo a la consiguiente adoración de las mujeres de anchas siliconas, ondeantes caderámenes, muslos de basquetbolista, labios exagerados con bótox, extensas cabelleras a veces tomadas en préstamo a otras mujeres a quienes la pobreza llevó a vender sus pelambres, y todo montado en empingorotados tacones como si la estatura garantizara la percepción de los más amplios horizontes o estuvieran en plan de realizar el lanzamiento de un cohete rumbo al remoto Neptuno.

Todo tiende hoy al gigantismo. Los edificios de vivir y morir y los puentes y los estadios. Y por eso las mujeres menudas como la señorita que alababa el ruso en su novela nos resultan más apreciables a algunas personas por lo exóticas. Uno agradece que aún queden mujeres que no nos echen las sumas aplastantes de sus atributos a la cara como si nos hubieran invitado al matadero, con el todo orgullo animal de que son capaces, que a veces es la contraparte de un espíritu mezquino y de una estrechez inadecuada.

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Las mujeres menudas se parecen mejor al silencio de los ángeles que a la música tecno, por ejemplo, y cuando pasean desnudas por una habitación recuerdan la tenuidad de los rayos de luz que filtran las cortinas cerradas, no el aterrizaje de un cometa de colas excesivas y grandes senos helados; la llegada del vilano y no la contundencia del derrumbe; el milagro, no el cataclismo.


Las personas decentes que todavía quedan se aferran como yo, que quizás lo sea, a la música de cámara en medio del ruido ensordecedor de lo moderno; a la confidencia contra el estrépito de los parlantes de las camionetas de los criminales realizados o en ciernes; a los pequeños restaurantes contra el tumulto de las discotecas, y nos dejan impávidos las mujeres muy globulosas que arrastran pompis pomposos, arreglaos rotundos de los mentirosos quirófanos para enmendarle la plana al Gran Arquitecto. Que como nosotros ha de preferir las pequeñas caderas que caben en el cuenco de la mano, las mamas discretas que se ofrecen mejor a una boca no demasiado ávida, no a la moda hoy fincada en la pasión por lo olímpico, por la contundencia de las tetas sinfónicas y la vanidad de las nalgas oceánicas, que hablan de la vulgaridad de un tiempo de codicias, enviciado a la acumulación que distingue el carácter anal y prefiere las hamburguesas de cuatro pisos a las pequeñas porciones de los cocineros de genio.

Un video para homenajear las tetas naturales

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