"¿Siempre has tenido tanta disposición para el sexo?", me preguntó —ahora sé que la pregunta no era inocente—. "Sí —le respondí—. Si alguien me gusta, sí". Y no le dije más. Él me gustaba. Habíamos salido un par de meses, tiramos la primera noche que conversamos y, de ahí en adelante, siempre que nos veíamos lo hacíamos: por delante, por detrás, en la ducha, acurrucados frente a la cama, en la silla trasera del carro de sus amigos que acababa de conocer y que nunca volvería a ver, tres veces en una noche para rematar a la mañana siguiente. Así que su pregunta me cogió desprevenida. Ya estaba lista para abalanzarme sobre él, y aunque entiendo de palabras, en la cama, especialmente segundos antes de la esperada faena, con las pupilas dilatadas, bajé la guardia. Estaba completamente desnuda y mi respuesta fue cándida. Solo después entendería el verdadero sentido de su pregunta. Porque lista como estaba (desvestida y alborotada) se me antojó de lo más violento y cruel: una bofetada en la cara de mis ganas de tirar.

No me malentiendan, por favor. No soy de las que lloran porque no le dan lo que quiere. Más de una vez he estado con hombres que, reblandecidos (re-blandecido, es decir: dos veces blando, en cuerpo y alma) por las circunstancias —el recuerdo de una ex novia voraz, humillante, la temida versión sexual de la femme Nikita—, simplemente no funcionan. Y los dejo. Hasta que desaparezca el recuerdo (tristemente, rara vez sin ayuda de un profesional, en este caso, una prostituta) o hasta nunca.

Y no. No voy a hablar en contra de la violencia sexual ni psicológica, ni a hacer una apología de las insatisfechas. Puedo decir orgullosa que fui bautizada en los placeres del sexo a los 15 años; al mismo tiempo que conocí la violencia que implica y sus posibilidades. El tipo con el que tiré por primera vez, movido por una fijación vampiresca, no se contentó con llenarme el cuello de besitos o lamérmelo de arriba abajo hasta dejarme pegajosa y oliendo a babero. Una noche, admirando la esbeltez y la blancura del objeto de sus deseos, me rodeó el cuello con una mano y cuando vio que le daba la vuelta empezó a medir sus límites —y los míos—. En poco tiempo, el jueguito se nos convirtió en rutina en la cama o fuera de ella. El resultado: marcas inexplicables en el cuello el lunes en el colegio, morados, y un precoz conocimiento de causa de por qué los franceses —¡tan elegantes y tan eufemísticos!— le llaman al orgasmo une petite mort (una pequeña muerte). Nunca he sido remilgada. Desde entonces, me han mordido, me han pellizcado, han cogido mi pelo de riendas y me han dado palmadas que me han dejado las nalgas rojas como los cachetes de un bebé saludable. Me encanta la brutalidad con la que algunos hombres se me acercan ("¿qué, es que usted se cree muy inteligente? Venga le muestro lo que es bueno") y que en la cama me zarandeen, me agarren la cadera con mano fuerte y en menos de lo que dura un orgasmo me han cambiado de posición en 180 grados.

Me aguanto eso y otras cosas más. Lo que no me aguanto es ir en contra de la sutil etiqueta del sexo, fuente del polvo nuestro de todos los días: las palabras fuera de lugar, las preguntas retóricas y tontas, las sutilezas del lenguaje. Todo lo que de manera cortante y grosera (en plata blanca: violenta) en vez de seducir, separa, seca, baja y sí, por qué no, reblandece. ¿Que si siempre he tenido la misma disposición sexual? Sí, si alguien me gusta —una costumbre bastante común entre los seres humanos saludables, arrechitos como debemos ser—. La respuesta es simple; la pregunta es sutil. Porque, ¿qué quiere decir, exactamente, tener buena disposición para el sexo? ¿Que quiero tirar más de lo recomendado? ¿Recomendado por quién? Y recomendado para quién, ¿una señorita? ¿Detrás de mi supuesta disposición sexual no habrá, más bien, un macho asustado

; el pensamiento que distingue a los hombres brutos —que no brutales— de que si las mujeres que tomamos la iniciativa, ellos se quedan cortos (y se les queda corto)? Los sexólogos le tienen nombre a esta tara: el síndrome de la Madonna y la Prostituta (que en términos más coloquiales se resume en el dicho "señora en la casa, puta en la cama"). Yo lo llamo inseguridad, insensibilidad e ignorancia.

¿Cómo hago para explicarles, mis queridos señores? No es lo mismo decir "sexo bruto" a tener que aclararle a alguien "¡Esto es sexo, bruto!". ?

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